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La Opinión de Murcia

Senza fine

De Casablanca a La Habana

De Casablanca a La Habana JULIO PÉREZ-MUELAS ALCÁZAR

Casablanca es mucho más que una obra maestra. Vista con la perspectiva del tiempo parece uno de esos milagros que de tanto en tanto aparecen y se quedan a vivir para siempre entre nosotros. La película de Michael Curtiz retrata la soledad de un hombre, los amores perdidos y, en última estancia, el nacimiento de una amistad como no ha vuelto a suceder en la historia del cine. Casablanca tiene, además, el privilegio de ser una fuente de inspiración inagotable. Han sido muchos los que se han acercado al club de Rick a tomar un trago. La lista de clientes va desde el gran Howard Hawks de Tener y no tener hasta el sorprendente Woody Allen de Sueños de un seductor. Aunque, sin lugar a dudas, fue el Sydney Pollack de Habana el que se quedó a vivir en aquella barra mitológica.

Habana recoge toda la esencia y parte de los detalles de Casablanca y los incorpora a su trama. La Segunda Guerra Mundial es ahora la Revolución cubana. Estamos en 1958, en los últimos días de la dictadura del general Batista, y la isla caribeña se ha convertido en un enjambre de abejas con traiciones, emboscadas y asesinatos a la vuelta de cada esquina. En este contexto se presenta Jack Weil, un tahúr profesional que anda detrás de la partida de póker de su vida. Parece uno de esos tipos duros que no conocen el miedo, que caminan de un lado para otro escapando ilesos de cualquier peligro, pero algo se rompe dentro de él cuando conoce a Roberta a punta de pistola, su rostro se ilumina y ya nunca vuelve a ser la misma persona.

A partir de este momento todos los pasos de Jack Weil nos llevarán hasta Rick Blaine. Cuando Robert Redford se sienta sobre el tapete verde y contempla sus cartas hay un puente directo a aquel jugador de ajedrez pensativo que era Humphrey Bogart. Son dos hombres honestos, con un marcado sentido por las causas justas. Ahí está la manera en la que se enfrentan al amor. Elsa es el pasado de Rick, su felicidad es un flashback a aquel París de coches descapotables, bailes de salón y paseos a los pies del Sena de antes de la guerra. Por otro lado, Roberta es el universo desconocido para Jack, un paraíso caribeño de daiquiris que acaba de posarse ante sus ojos. Pese a tener por delante un futuro prometedor con la mejor de las compañías posibles, ambos se deciden por la soledad, por poner a salvo los matrimonios de sus amantes.

El final de Casablanca pasa por unos salvoconductos y un Rick avanzando bajo la niebla nocturna de un aeropuerto, mientras que Jack mantiene la esperanza cada tarde de que uno de los barcos del horizonte de Miami le traiga a Roberta de regreso en Habana. Hay en esos héroes difuminados con los títulos de crédito un aire de eternidad, y la sensación de estar ante una misma persona en dos mundos diferentes.

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