Escondidas, olvidadas, tiradas, guardadas en una caja, descubiertas en una maleta, compradas en una subasta o en cualquier mercadillo de domingo, y, en el peor de los casos, envueltas entre la podredumbre de un sucio contendor de basura. Esa es la triste historia que arrastra la fotografía desde sus inicios, una injusta condición de objeto no valorado que hasta hace bien poco necesitaba de toda una justificación explicativa sobre su verdadero valor artístico. Es en torno a ese contexto de omisión de su valía donde surgen historias tan sorprendentes que merecen ser contadas para no olvidar que en ese incierto universo que es la casualidad también caben los finales felices. 

No es la primera vez que el conocido rastro barcelonés de los Escants se convierte en ocasional protagonista por guardar ciertos secretos desvelados por uno de tantos cazatesoros, curiosos, amantes de la historia y de los objetos de colección que cada semana recorren sus calles con la esperanza de descubrir aquello que pasó desapercibido a los ojos del resto. Sucedió con el hallazgo de unas fotografías inéditas de la Primera Guerra Mundial: la biblioteca al completo del artista Ráfols-Casamada, pero también con el descubrimiento de un cráneo humano auténtico, y es que en este paraíso del mercadillo puede pasar de todo. 

En el año 2001, uno de esos turistas ocasionales compró un sobre lleno de viejos negativos fotográficos de autor desconocido, unos doscientos en total. Guiado por esa curiosidad que anima a todo coleccionista, no lo pensó dos veces y volvió a Seattle con un nuevo álbum fotográfico bajo el brazo; las suyas, las de su familia, las había perdido en la última mudanza, así que aquellas enigmáticas imágenes fueron una buena opción para suplantar las propias. Nada más llegar a casa, Tom Sponheim –nombre de este ávido descubridor– escaneó los negativos y los imprimió comprobando que no eran fotos casuales, sino el trabajo de una persona formada en la materia. La primera escena le dejó bastante asombrado: dos ancianas charlando mientras una joven las mira en un segundo plano extrañada. A ésta siguieron otras no menos interesantes: unas niñas vestidas de comunión tras los pasos de una monja, un pequeño comiendo un trozo de pan con chocolate, tres sacerdotes caminando cerca de la catedral, niños y gentes diversas, costumbres y fiestas... Un detallado documento de la sociedad barcelonesa de los años cincuenta y sesenta comprado por solo tres euros y medio. 

Una de las fotografías de Caturla. Colección Tom Sponheim

De inmediato supo ver y valorar la calidad de ese nuevo álbum familiar, que desde aquel instante pasó a formar parte de la decoración de su casa para disfrute propio y de las visitas, que no escatimaban en elogios cada vez que las veían. Pero un descubrimiento como aquel no podía quedar así, Tom necesitaba saber quién era el autor de semejante obra, así que no se le ocurrió más que abrir una página en Facebook con el nombre ‘Las fotos perdidas de Barcelona’ y contratar publicidad con la esperanza de poder encontrar alguna respuesta. Gracias al artículo escrito por un periodista del diario El Periódico, poco a poco comenzaron a llegar algunos datos: el nombre de tal calle, quiénes eran las monjas..., y poco más; de la mano ejecutora, nada.

Pero como toda gran historia necesita un poco de magia, en la nuestra llegó de la mano de otra fotógrafa amateur Begoña Fernández, quien de inmediato se percató de que el autor debía ser una mujer, pues no hubiera sido propio en esa época poder hacer tantas fotografías de niñas con tal cercanía, eso sólo era posible si tras la cámara había una mujer. Así iniciaron una colaboración que comenzó a dar sus frutos gracias al gran ímpetu e instinto investigador de su nueva compañera. Un antiguo ejemplar del diario La Vanguardia de 1961 sería la clave: una de sus páginas anunciaba un concurso de fotografía proponiendo a los participantes algunos enclaves de la ciudad, y estos aparecían en las fotografías compradas por Sponheim. Desde ese momento ya tuvieron un pequeño hilo del que tirar que les llevó a buscar a los ganadores entre los archivos de la Agrupación de Fotógrafos de Cataluña. En uno de aquellos documentos encontraron por sorpresa una fotografía que les resultó familiar, una anciana en actitud de rezar con un rosario entre las manos. Su título, Fervor, ganadora del cuarto premio; su autora, Milagros Caturla. El misterio quedaba por fin revelado.

Otra imagen sacada de aquellos negativos recuperados.

Otra imagen sacada de aquellos negativos recuperados. Colección Tom Sponheim

Caturla nació en Barcelona en 1920. Nunca se casó, tenía el título de maestra pero no ejerció, era una gran apasionada de la fotografía y trabajaba en la Diputación de Barcelona. Tal era su afición que hacía incluso horas extra para poder gastar ese dinero en su gran debilidad. Tenía una cámara Leica y montó su propio laboratorio de revelado en casa. En un sector preferentemente masculino, no tuvo que ser fácil ir con su cámara por la calle; no era habitual que una mujer hiciera eso, así que no es raro que tanto a ella como a otras tantas las insultaran y las mandaran a fregar los platos a su casa. Y esto no es algo ficticio: es el testimonio de una de aquellas compañeras de la Agrupación de Fotógrafos que, con tristeza, lo relató en una entrevista.

Una red de inesperadas coincidencias desvelaron el trabajo de Milagros Caturla, la llamada Viviane Maier española –fotógrafa americana descubierta también bajo los designios de la más pura casualidad–, ambas apasionadas de la fotografía, desconocidas, ajenas a los roles asignados a la mujer en ese momento, ambas reporteras de la calle, observadoras de su entorno y siempre atentas para no perder ese instante poderoso que en un solo segundo desaparece del objetivo, ahora el destino caprichoso ha querido que el trabajo de las dos nunca más permanezca en el olvido. No son las únicas, hubo muchas más mujeres dedicadas a la fotografía, quizás nunca las conozcamos, quizás sí, estad atentos la próxima vez que os encontréis con unos negativos anónimos, puede ser que tengáis entre vuestras manos la clave para seguir desvelando los nombres de algunas de ellas.