01 de diciembre de 2019
01.12.2019
El artista en su salsa

El amante del óxido

La exposición 'Oxide Lover' amplía hasta el 8 de diciembre su estancia en el Palacio Consistorial de Cartagena

01.12.2019 | 04:00
El amante del óxido

Algunas esculturas, muy pocas, se convierten en iconos de una ciudad. No, no son iconos, no son señas de identidad, no son figuras emblemáticas: son mucho más. Son parte del acervo afectivo, son un factor vertebral de la emoción que la ciudad suscita en nuestro espíritu. Son patrimonio más inmaterial que material. La Sirenita, en Copenhague. El Peine del Viento de Chillida, en San Sebastián. O el Elogio del Viento, en Gijón. Figuras tan integradas en el paisaje, en el corpóreo y en el sentimental, que están ahí como está un bosque, una montaña, un río. La Cola de Ballena de Fernando Sáenz de Elorrieta, en Cartagena, pertenece a este grupo restringido. La cola asoma de las aguas calmas de la dársena, sugiriendo un enorme corpachón ya sumergido.

Recientemente se avistaron orcas – ¡orcas! – en el mismo puerto de la trimilenaria. «Para los que decían que qué hace una cola de ballena en Cartagena... Hay que navegar más», escribe en su muro de Facebook. Junto a la cola de acero, surcan estas aguas ballenas hechas de carne y de sangre. Él ya lo sabía. Por eso se le ocurrió la idea: «Fue tras mi estancia en la Antártida. Las dibujaba y fotografiaba. Y luego, navegando por nuestras costas, veía muchos cetáceos. Comencé haciendo composiciones, primero en barro y luego en hierro. Las metía en las playas y las fotografiaba. Mi primera intención fue poner la cola en la salida del puerto de Cabo de Palos, en un bajo, pero cuando lo propuse al Ayuntamiento, la alcaldesa dijo que la cola iba al puerto de Cartagena. Y conseguí financiación de la CAM».

Y no solo del mar, también de las montañas se ha enseñoreado el artista cartagenero. Su Cristo de los Buzos se ubica en un cerro junto al monte Roldán. Cien kilos de Cristo. Más de metro y medio de Cristo. En su cruz, con unas vistas de ensueño sobre nuestro mar. El Cristo de los Buzos, doliente en su martirio, disfruta al menos de una balconada incomparable sobre Cabo Tiñoso, sobre el Mediterráneo de la ciudad portuaria. Un Cristo pequeño, colocado por un buzo en agradecimiento al cielo por haber salido vivo de un accidente mientras se hallaba bajo las aguas, había sido sustraído ya dos veces en ese mismo lugar: «Y yo, como buzo y escultor, me ofrecí a hacerlo gratis para que nos protegiera a todos los que nos sumergimos en aquellas aguas».

Recuerdo mi primer contacto con el óxido como elemento artístico. Finales de los años ochenta, la ciudad estrena el nuevo edifico de la Asamblea Regional. Hay quien lo considera cucamente vanguardista; en general, sin embargo, se alzan las voces contra semejante pastiche. Las columnas del exterior se rematan con capiteles de hierro oxidado. Alguien me explica que se trata de un óxido pretendido: se busca el contraste entre lo innovador y lo vetusto. Yo, que estudio entonces en el instituto vecino, el Isaac Peral, que paso cada mañana frente al edificio de marras, soy demasiado joven para forjar un juicio estético coherente, pero tiendo a pensar que aquello es feo como pegarle a un padre. Y ahora, tantos años después, me encuentro de nuevo con el óxido transustanciado en arte. Oxide lover, o sea: amante del ácido, se titula su última exposición. Ahoga sus creaciones en ácido para lograr la oxidación anhelada. Y de nuevo el Cristo. Esa obsesión por el Cristo en la cruz. Más de cuatro metros de Cristo, bien oxidado: ¿cómo puede el hierro y el acero transmitir tanto? El Cristo colgó, bajo una bóveda, en la Parroquia de San Diego. Impactaba la figura del nazareno, brazos abiertos en una cruz imaginaria, ingrávido en el silencio reverencial del templo. Impacta igualmente la figura tumbada, sugiriendo una derrota consumada ante el captor romano. No sabe uno si esos brazos extendidos son de crucificado o de quien demanda un abrazo fraterno. O tal vez ambas. «La cruz la omito; cada cual tiene la suya, pues que cada cual ponga la suya». Afirma que se están barajando opciones para que el Cristo se quede en Cartagena: «Sería un orgullo y, además, así lo podría ver de vez en cuando». Qué orgullo henchiría mi pecho si mis obras salpicaran mi ciudad, la trimilenaria, como le sucede a este hombre. Anda que me iba a dar yo poco pisto. Y él aquí está, como si tal cosa.

Ese Cristo de la Piedad de Miguel Ángel, de cuerpo tan delicado; esos Cristos de El Greco, de figura alargada hasta lo inverosímil. Así son los Cristos de Sáenz de Elorrieta, pero en metal, como si en ellos resonaran las minas ancestrales de La Unión, de Mazarrón, de Cartagena.

Pero no solo de Cristos vive el escultor, y encuentra uno también exóticas figuras moldeadas en el óxido: la cabeza de un elefante reclama atención. Se trata de Sirvs, el más valiente elefante del general Aníbal. Imponentes orejas, colmillos amenazantes, trompa contundente. El metal oxidado que nos recuerda que también el elefante envejece, muere. Y una pieza que reclama atención: un corazón que nada tiene de oxidado, rojo encarnado y latiendo con luz interior. «Tras una dolencia cardiaca, me comunicaron que estuve a punto de ser trasplantado. Ahí encuentras la respuesta de esta composición».

Y zancudos. Y mujeres en sillas de larguísimas patas. Cada uno con una bola, en el regazo o a modo de globo. Dedo acusador de quienes van siempre a su bola. Se dan un aire al célebre Hombre que camina, de Giacometti, cuyo carácter distante es en realidad síntoma de fragilidad.

Pero qué injusto sería hacer creer que es la Cola de Ballena la única obra de Fernando incluida en la herencia estética de la ciudad cantonal. Meditabundo en un banco, junto al puerto, junto a la grácil mole modernista del Palacio Consistorial, el Monumento al Soldado de Reemplazo. Qué tiempos aquellos en que andaba Cartagena cuajada de quintos. Bien rasurados. Bien ilusionados. Percibo en el joven soldado un aire nostálgico y una propensión a la reflexión excesiva. Afectado de mal de amores, quizá, ha buscado consuelo junto al mar. Me lo imagino alzándose y dirigiendo sus pasos al puerto. Paseando meditabundo junto al Mediterráneo calmo. El petate pesa en la espalda, pero más pesan las invisibles heridas del corazón. Vuelve la mirada a la ciudad – el Ayuntamiento majestuoso, los edificios modernistas, las calles enlosadas – y se pregunta si no será en esa ciudad, por ventura, donde le aguarda la verdadera aventura de su vida. Y desde el puerto, con su melancolía y su petate en ristre, enfila el camino hacia la ciudad.

Ay, Dios, cómo no sentirse identificado.

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