27 de abril de 2013
27.04.2013

El idílico paraíso de Manuel Pérez

La Fundación Pedro Cano de Blanca acoge desde
hoy la exposición del pintor murciano 'Un jardín, un lobo'

27.04.2013 | 00:00
El artista Manuel Pérez, horas antes de inaugurar Un jardín, un lobo.

La Fundación Pedro Cano de Blanca acoge desde hoy (20 h.) la exposición Un jardín, un lobo, con cuadros elaborados en acrílico sobre lona de algodón y sobre tablero, que el pintor Manuel Pérez (Murcia, 1976) ha realizado ex profeso para esta sala. Veintisiete exposiciones individuales se suman en la trayectoria profesional del pintor, desde que comenzó a mostrar sus obras por vez primera en una muestra organizada por el ayuntamiento de Murcia en 2001, y también ha participado en más de un centenar de colectivas. La creatividad de Pérez se ha contemplado en EE UU, Francia, México, Italia, Corea del Sur, etc. y en numerosas ciudades de España.
En la sala se exhiben 15 magníficas obras de gran formato. En las composiciones escenográficas, de pincelada abrupta y gozosa, el artista invade intencionadamente paisajes cotidianos para transitarlos y, después, con ritmo escarpado y eufórico, convertirlos en recintos trascendentales, constitutivos de un paraíso idílico en el que conviven con sintonía sensorial diferentes especies de la creación. La brillantez de cada espacio definido en el lienzo eleva la intensidad de la luz sonora, embriagando toda la obra con parábolas cromáticas, y de esta forma desligarla de su entidad objetual, trascenderla de figuraciones tardías para no restarle propósitos utilitaristas.
Contaba Ortega y Gasset que "la belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora". Los parajes fragmentados que pinta Pérez seducen y enamoran rápidamente, de manera involuntaria, porque su obra conecta con un público variopinto. En esta nueva exposición-instalación, el artista convierte la sala en un sugerente bosque-jardín, infinito y misterioso, por donde revolotean colibríes, acechan zorros, pasean presumidas caperucitas, y crecen gerberas, crasas, cactáceas, palmeras, pinos y árboles frutales, entre los que deambulan otros personajes trazados por senderos de materia abstracta. La luz transforma, ciega el pensamiento, y la escena se prolonga del cuadro para invadir las paredes de la sala, porque el artista las interviene, las ilustra pintando sobre ellas monocromas secuencias efímeras de un relato imaginario, de un próximo Decamerón que destila energía y placeres.

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