30 de diciembre de 2018
30.12.2018
La Opinión de Murcia
Tragedia

En la Región de Murcia aún preocupan los refugiados

El sacerdote murciano Joaquín Sánchez visita los campos de Moria y el Monte de los Olivos, en Grecia, donde sobreviven miles de personas

30.12.2018 | 04:00
Un niño mira a la cámara mientras otro juega con un balón en Moria, también en Grecia.

Volvemos de nuevo a Grecia, a los campos de refugiados de Moria y El Monte de los Olivos, al campo de refugiados de Ritsona y a Atenas, a reencontrarnos, desde la cercanía, la ternura y la solidaridad, con esa gente encerrada y vigilada por el ejército griego y la policía en campos que perfectamente se pueden llamar de concentración, por las condiciones inhumanas, con el objetivo de que pierdan toda esperanza en Europa, se desanimen y vuelvan a sus países de origen.

¿Qué han hecho para que los gobiernos europeos los traten como una amenaza? No han cometido ningún delito, sólo han hecho lo que cualquier persona haría, lo que cualquier padre o madre haría y no es otra cosa que huir para vivir, poner a salvo a sus hijos e hijas. ¿Cómo es posible que haya personas que no entiendan esta situación de muerte y destrucción?

¿Cómo es posible que los gobiernos europeos no los acojan con humanidad? Les robamos sus riquezas para mantener nuestro bienestar; en cambio, no queremos a esas personas que sólo buscan sobrevivir.

Lo primero fue ir a la isla de Lesbos y reencontrarnos con Julio, responsable del proyecto The Movil Kitchen, un proyecto que da una comida decente al día para más de 200 personas, y con Eric y Fhilipa de The Hope Projet, un proyecto de desarrollo cultural y artístico. En estos proyectos, los refugiados participan activamente y con responsabilidades. ¡Ni qué decir que nos fundimos en un emotivo abrazo donde algunas lágrimas brotaron!

Son personas que donan su propia vida para dar vida, para aliviar el sufrimiento humano, en una situación donde las autoridades les acosan para que dejen de ayudar a los refugiados, donde la solidaridad se criminaliza y se intenta arrinconarla y esto ocurre en Europa, siguiendo las directrices de la Unión Europea ¡Qué vergüenza! Ellos expresan su miedo de que les impidan seguir con su labor hacia adelante, y tienen que convivir con el chantaje y la amenaza de que si no aceptan las condiciones y limitaciones que quieren imponer las autoridades griegas, les cierran el proyecto.

A pesar de ese miedo y esas amenazas permanentes siguen ofreciendo una solidaridad llena de humanidad y ternura, de un trato digno y de amistad. Nosotros colaboramos con ellos para que esos proyectos sigan hacia adelante.

Al día siguiente fuimos a los campos de refugiados de Moria y El Monte de los Olivos para compartir un trozo de vida, para que la indiferencia y el olvido no tengan la última palabra. El campo de Moria es un campo que está acotado por un muro con concertinas, vigilado estrechamente por la Policía y el ejército, al que no se puede entrar sin autorización, con una capacidad de unas 2.500 personas, pero, en la actualidad hay unas 8.000, amontonadas en los ixovox (contenedores metálicos) y en tiendas de campaña.

Además, en su interior está dividido por zonas mediante alambreadas con concertinas y hay una prisión destinada, fundamentalmente, a aquellos que no aceptan quedarse en Grecia en un campo de refugiados como destino último; en este sentido expresan que «preferimos volver y morir en la tierra que nos vio nacer, antes que vivir en esta 'cárcel' sin futuro ni esperanza».

Es un campo con pocos baños y duchas, donde para desayunar tienen que hacer colas de tres horas, para comer tiene que hacer colas de cuatro horas y para cenar tienen que hacer colas de tres horas. Tienen un solo médico y apenas tienen actividades, solo Unicef tiene una pequeña escuela, y los adultos no tienen nada, absolutamente nada, hablas con ellos y su mirada está vacía, es una mirada perdida, inexpresiva.

Los puedo describir como personas que respiran, que se mueven, que les dan comida (y una comida pésima, que algunos califican de mierda), pero que no tienen vida. Ellos te enseñan algunas fotos envueltas en plásticos, para que el agua no las destruyera cuando cruzaran el Mediterráneo, donde aparecen sus casas, sus hogares, sus familias, su ciudad, sus trabajos.

Cuando muestran sus fotografías lo hacen esbozando una pequeña sonrisa, notas que sienten un pequeño orgullo de hacerte saber que han tenido una vida, una vida arrebatada ahora por la avaricia y la codicia de los poderosos para saquear su país. Cuando cierran el cuadernillo donde guardan sus fotografías, su mirada vuelve a entristecerse, a perderse en la desesperanza y a preguntarse '¿qué será de nuestros hijos?'.

En este campo se producen intentos de suicidios, incluso, entre niños de cuatro años ¿Qué vivirán estas criaturas para intentar suicidarse? Nos decía un refugiado una frase que te atraviesa el alma: «Si nos tratan como animales, ¿cómo quieren que nos comportemos?»

Pegado al campo de Moria está el campo de El Monte de los Olivos. Es un campo considerado ilegal, donde conviven unas mil personas en tiendas de fabricación casera, que no aíslan del frío y la humedad: cuando llueve todo se convierte en un auténtico barrizal, donde el agua penetra dentro de las tiendas. No tienen luz y utilizan el fuego para calentar y, como no tiene cazos, ponen las botellas de agua al lado del fuego para calentarlas. Ves a muchos niños deambulando de un lado para otro con poca ropa, a pesar del frío, porque la poca que tienen, si la lavan, tarda días en secarse. Esta gente, en su pobreza, te acoge a sus tiendas, te ofrecen lo poco que tienen y lo hacen con una sonrisa y con una hospitalidad que te conmueve; una acogida y una hospitalidad que no reciben de Europa. Pero no responden con rencor, ni siquiera con recelo.

Destacar que fuimos a una zona donde se amontonan miles y miles de chalecos salvavidas de las personas que han llegado, son montañas de chalecos entremezcladas con goma de botes y con ropa, mucha de ellas de niños y niñas. Ver zapatos y ropa de bebés te hiela el corazón. Es una visión que nos sobrecoge, ante la que no puedes articular palabra, solo contemplar que en esas montañas se encierra el miedo, el dolor y la esperanza de miles de personas.

Fuimos al campo de refugiados de Ritsona, que lleva varios años funcionando y es un campamento cada vez más abandonado, donde viven unas 900 personas con una pequeña ayuda económica que les hace pasar hambre. El médico va de lunes a viernes por la mañana y nos decían que falta muchas veces, y por la tarde y los fines de semana no tienen atención sanitaria. Es un campamento donde la gente mira a ninguna parte porque se sienten invisibilizados.

Como final del viaje estuvimos en Atenas, donde se mantienen los mismos problemas: jóvenes no acompañados durmiendo en las calles, compartiendo esas calles con miles de griegos empobrecidos, y que caen en manos de los pederastas; refugiados echados de las plazas y escondidos en las periferias por la Policía, y la extrema derecha ejerciendo la violencia que se traduce en palizas, y las mafias abusando de ellos por su desesperación.

Termino esta crónica resumida con una frase de dos amigos (no son refugiados para nosotros) que nos decían: «Olvidaros de nosotros, seguid con vuestras vidas y no os preocupéis más». Una frase sobrecogedora que es expresión de su desesperanza con el paso del tiempo, un tiempo que se hace cómplice con la inhumanidad de los poderosos.

Nosotros queremos hacer del tiempo presencia, denuncia y compromiso, un compromiso que pasa por concienciar en nuestros entornos y en volver a reencontrarnos con ellos. No les vamos a hacer caso porque son nuestros amigos, compañeros y hermanos y vamos a seguir construyendo caminos de dignidad, conciencia y esperanza.

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