Pensando en voz alta

Escribir cada semana

02.01.2018 | 04:00
Francisco Marín

Pensando en voz alta inició su andadura en el mes de septiembre del año 2015. Todos los lunes, con muy pocas incidencias, puntualmente se encuentra con los lectores de este diario. Ninguna semana sin línea. George Sand afirmaba que escribir es liberar una corriente retenida: se abre el grifo o se cierra, a voluntad. Y Hemingway se obligaba a escribir con o sin ánimos: «si llega la inspiración que me encuentre escribiendo».
Es posible que ese viaje de la tinta por el papel sea a veces soliloquio y a veces muchedumbre. A horas, una lectura (esa amiga íntima tan olvidadiza), en otras el contorno que forman los hechos, las figuras, los lances sociales cuando por azar tienen un extravío espiritual. A veces me gustaría que ese papel escrito fuera en el mundo no mucho más que un trozo de silencio.

Escribir todas las semanas un artículo en un periódico es un ejercicio de regularidad. Cuando uno se pone en camino no puede responder, de antemano, del resultado de la carrera; se echa a andar sin pensar en la longitud del camino. No entiende demasiado la resistencia que le ofrecerá este maratón. Pero el camino es largo, aparentemente, no tiene fin. Apenas si, en el curso de su marcha, nota uno mismo por las oscilaciones de su jadeo la capacidad que posee y los índices de su cansancio. A veces se le hace angustiosa la sensación de no poder parar. Sigue adelante.

Al cabo de un tiempo, el caminante advierte con extrañeza todo lo que ha dejado atrás. ¿Es posible? La pregunta le deja atónito: ha pasado ya un año, dos años. Son tres, casi, los años que han pasado. El caminante revisa mentalmente todo el recorrido. Entonces se pone a mirar con espíritu crítico los meandros y las curvaturas de su camino. Tres años sin alterar aparentemente el pulso ni torcer la intención, cruzado con un solo resoplido, son mucho tiempo almacenado. Nos invade un suave sentimiento, que es una especie de constricción. La prosa ha salido puntualmente, como el tic-tac en el reloj; lo que era su sonido era también su tiempo. El pequeño latido del tiempo. Mesurado de este modo, implica una noción de monotonía y de fatiga. Por lo menos habría que cambiar el ritmo de nuestro paso. El de su marcha. Irá en adelante con más lentitud o más aprisa; correrá a unos trechos, en otros, lo tomará con parsimonia. El ejercicio de regularidad no sufrirá con eso. Pero puede uno atesorar sus fuerzas en un momento dado, combinar su paso a las excelencias del camino. No es preciso avanzar con la obsesión misma de la marcha. Se puede entretener o distraer en los recodos, hasta pudiera parar a sorber un poco del agua del manantial, si fuera preciso. La cuestión es mesurar la propia agilidad y acoplarla al curso del sendero.

Hace tres años que eché a andar. A medida que discurre el tiempo y a medida que uno se aleja de su punto de partida va adquiriendo la sensación de que se encuentra acompañado. Uno emprende su marcha en soledad; pero luego, a medida que uno se aleja de su punto de partida va adquiriendo la noción, misteriosa y cierta, de que muchos le acompañan. Los lectores de este diario son para mi como parientes desconocidos, como un séquito de familiares, con facultad para alentar o para discrepar, pero inexorablemente ciertos al contorno.
Y yo pienso: esa turba de fantasmas amigos a los que has hecho una confidencia o con los que, sin saberlo, has tenido una constante comunicación, ¿no estarán también, como tú, deseosos de cambiar la marcha?

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