Este tiempo nuestro

Retórica y 'auctoritas'

"Nuestros tesoros más preciados, como la auctoritas, no se adquieren en un mercado. Es preciso hundir las manos en la tierra y disponer de un corazón limpio para lograr aquello que, en verdad, nos reconforta y apacigua"

11.11.2017 | 20:20

Confieso mi amor por la palabra. Con el verbo me ocurre lo mismo que con la la literatura, la música, la pintura, las artes escénicas; con la cultura, en general. Son o debieran ser el fruto de lo mejor de nosotros y ejercidas desde la honestidad atesoran una fuerza arrolladora y pacífica, transformadora de la realidad.

Expresar la propia opinión, sin censura ni coacción previas, constituye una de las piedras angulares de la democracia. Los helenos así lo entendieron y, a pesar de los desmedidos esfuerzos por impedir su pleno ejercicio, ha perdurado hasta nuestros días. La retórica (para algunos una mera técnica, para otros, entre los que me encuentro, ciencia) podría ser definida como una disciplina que suministra normas para persuadir con el lenguaje. Al término 'retórica' se la ha conferido un inmerecido sentido peyorativo. No es extrañar que el auge de la retórica coincida con la justamente llamada 'primera Ilustración europea': la Sofística. El arte de la palabra, como mecanismo esencial para la crítica radical, se convierte en un baluarte de la razón, de la Democracia, de la verdad. Parece pacífica la idea de que el sofista Gorgias de Leontino fue quien antes, más y mejor contribuyó a la perfección del lenguaje. Impulsó la dialéctica como arte para disputar y confrontar ideas, y la retórica como habilidad para confeccionar discursos.

He defendido, en más de una ocasión, que Europa necesita una nueva Ilustración. Y por supuesto, el valor de la palabra al servicio del bien común debe volver al foro con celeridad. La democracia, a fuerza de usarla indebidamente, se ha devaluado de forma peligrosa. La decadencia de la política y de la palabra es notoria. En todo discurso y dialéctica políticas, la preparación, la claridad, la verosimilitud, la demostración, la refutación y el epílogo deberían estar siempre presentes. Antes al contrario, la improvisación, el obscurantismo, la falsedad, el insulto y los malos modales parecen haberse adueñado de nuestros concejos y parlamentos nacional y autonómicos. Esta virulencia verbal no sólo resulta estéril sino que termina trasladándose a la calle, incrementando artificiosa y exponencialmente una indeseada disensión ciudadana.

Para que la palabra posea verdadero valor, el político ha de tener lo que en la antigua Roma llamaban 'auctoritas'. Es decir, la autoridad que confiere la honradez, la coherencia, el ejemplo y el valor. Pondré algunos ejemplos. En mi modestia opinión, que no ha de ser necesariamente compartida, el señor Julio Anguita o el expresidente de Uruguay, don José Múgica, gozan de esa auctoritas a la que me refiero. Cuando ellos hablan se hace el silencio y todos, afines y opositores, escuchan con atención. Son personas que, huérfanas de rencor, hablan desde la cordura y la sensatez, que viven como piensan y que han hecho gala de una contrastada integridad y coherencia. Nuestros tesoros más preciados, como la auctoritas, no se adquieren en un mercado. Es preciso hundir las manos en la tierra y disponer de un corazón limpio para lograr aquello que, en verdad, nos reconforta y apacigua. El dinero y el atrezzo compran mercaderías de escaso valor y presencia efímera.

Alguien dijo, y con razón, que la palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha. Observo, no sin preocupación, demasiada hostilidad. Deberíamos percatarnos de que estamos donde algunos, interesadamente, quieren que estemos: en una continua disensión. Hay voces que merecen ser oídas y muchas otras deben pasar inadvertidas; solo hemos de estar atentos para escuchar solo las primeras.

La política, en general, y la retórica, en particular, se enfrentan a un espeluznante enemigo: la corrupción. Ni el mismísimo proces puede hacernos olvidar que la corrupción es el verdadero cáncer que está carcomiendo las entrañas de nuestro país. Me tengo por patriota pero me temo que mi bandera no es lo suficientemente grande como para dar cobijo a tanta podredumbre. Aspiro a un reino bien distinto. No importa cuán alta sea la torre; todas, sin excepción, deben caer. O acabamos con ella o se llevará nuestros sueños consigo. Avisados estamos.

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