Al cabo de la calle

Tierra de promisión

11.08.2017 | 22:39
Pedro J. Navarro

Soy un pecador y hago en mi barquilla rota la travesía de la noche», nos dice Santiago Agrelo, el arzobispo de Tánger que divisa cada día las ansias, anhelos y sueños de quienes ven en Europa esa tierra de promisión. Con el mismo deseo que el poeta colombiano José Eustasio Rivera titulase una gran colección de sonetos, con versos tan dulces como estos: Rendido ante el dolor de la penumbra,/ mi ser, que es una luz, se apesadumbra;/ después, con los murientes horizontes / me voy desvaneciendo, me evaporo€ / y mi espíritu vaga por los montes /como una gran luciérnaga de oro.

Esa travesía de la noche es la misma que vivieron los inmigrantes que desembarcaron esta semana en la playa de Los Alemanes, a plena luz del día, en la gaditana Zahara de los Atunes ante la atónita mirada de los veraneantes. Turistas accidentales a los que interpelan esas miles de almas oscuras que se juegan a diario su existencia a cambio de qué€ ¿De reencontrarse con los suyos? ¿De poder llegar a esta Europa que mira hacia otro lado, que se muestra impasible ante quienes alimentan los fondos del Mediterráneo? ¿Ante quiénes son víctimas de mafias y desaprensivos pederastas que rondan los campos de refugiados en la Grecia milenaria?

Nunca habrá cuchillas en forma de concertinas, muros, guardacostas y policías suficientes para proteger las fronteras de quién sabe qué. De qué sabe qué. Y sobre todo, para qué. Gastar en protección de fronteras lo que habría de ser invertido en proteger a los pobres, da la medida de nuestra inmoralidad, lanzaba en un tuit el arzobispo Agrelo el jueves. Mientras tanto, impasibles seguimos porque se haya pagado por un jugador de fútbol más de 200 millones de euros. Preocupados andamos porque en Cataluña se juegue con las identidades y se emplee nuestro tiempo y recursos en que si referéndum sí o referéndum no. Alarmados estamos por esos ataques adolescentes al turismo masivo y sin control, pero miramos hacia otro lado cuando explotamos los recursos naturales y agredimos a la madre tierra con nuestra manera de vivir.

Nos empeñamos estos días en recorrer el mundo. Bueno, en realidad una parte de nuestro pequeño mundo, porque parece que el derecho al descanso hay que ejecutarlo rápidamente. Con energía, con ímpetu, con arrebato. No vaya ser que tengamos un tiempo de silencio para la consciencia, para descubrir quiénes somos, para hallar algo más que una sucesión de hechos sin un hilo conductor. Hacemos y deshacemos las maletas y seguimos desnudos. Sin ropa que ponernos ni calzado que cubra nuestros torpes pies. Seguimos careciendo de entrañas de misericordia ante los que nos rodea. Las fronteras a los pobres las pone el egoísmo, la injusticia, la crueldad, la indiferencia, el cinismo€

El horizonte, sin embargo, está preparado para dejar escapar haces de luz repletas de esperanza. En la vida solo se puede vivir desde el miedo o desde el amor. Si escogemos la primera opción, nunca seremos libres y nuestra existencia la marcarán otros. Si elegimos la segunda, seremos capitanes de las barquillas rotas en las travesías de las noches hacia la tierra de promisión, pese a que no haya pacto previo.

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