Pasado a limpio

Pongamos que hablo de Madrid

11.04.2016 | 04:00
Miguel Ángel Alcaraz Conesa

Una ciudad enamora cuando encuentras en ella huellas de la pasión que otros dejaron. Una ciudad se ama cuando se anduvo en ella enamorado. Madrid no es sólo la capital, a la que se acude, como don Lino Torres, en busca de un cargo „motivo turístico que aún cultivan algunos de nuestros prebostes, que buscan a la sombra del supremo sacerdote del partido lo que aquí no consigue su carisma„. Para otros es el retiro ideal donde vivir de la rentas aquí obtenidas. Madrid es mucho más que un altar de los divinos o un cementerio de elefantes.

Hubo un tiempo en que la musulmana Mayrit fue un sueño, luego una pesadilla, para terminar siendo sencillamente deseo. Por eso, retornar a ella, siquiera un día, es volver a soñar y volver a desear. Y al cabo del tiempo y la distancia, cuando el recuerdo no hiere ni lástima, lo que queda es la ciudad añorada, la urbe querida. Pasear por sus rincones, recorriendo con lentitud las calles que hollaste hace años o las que descubres por primera vez ojiplático, son pequeños placeres que uno debiera darse con más frecuencia. En ese mismo momento no existe el ruido; ni siquiera la lluvia podría mojarte, tan sólo hacer más sentidos los recuerdos con las gotas humedeciendo tu camisa.

En una plazoleta próxima a la Puerta del Sol me detuve a escuchar el más sentido Romance Anónimo que no saliera de las manos del maestro Yepes, pues en aquella ocasión fui el único espectador del gozoso prodigio de la música, tan anónimo como el guitarrista que lo hacía sonar.

Del bolsillo flaco de estudiante dejé una moneda y el intérprete saludó con una sonrisa de magra complicidad. Treinta años después, seis lustros, la plaza fue ocupada por la terraza de un bar, ni rastro hay de un trovador vagabundo, pero la música que recreaba en mi memoria fue oída por mi compañera mientras buscábamos un madrileño bocata de calamares. Esa magia sólo existe para quienes hemos pasado el nivel de iniciados.

Perderse por sus calles y, a la vuelta de una esquina, descubrir la Historia en un rincón, Daoíz y Velarde, nombres que evocan gestas narradas por Galdós „lucharon como leones y en su honor se llaman así los de las Cortes„; comprar en un librovejero una edición princeps y refugiarse del aguacero en un portal; todo parece, y es, un lujo, como el que en el cofre que es El Prado esconde la mejor pintura del mundo, que prolonga la estancia donde se ubica, en un viaje a través del tiempo, para que el inefable Velázquez haga un retrato de cada espectador que la contempla.

Sabina vio la jeringuilla en el lavabo y la muerte que huye en ambulancias blancas. Pero cuando los trenes eran un símbolo de fuga y de esperanza a un tiempo, bajó de uno que venía del sur, años antes que yo, pero en mi misma estación de Atocha. Cuando patear Malasaña era una aventura para asistir a una jam session alucinante „sin necesidad de costo que fumar„ frente a una cerveza que se calentaba, porque el escuálido presupuesto no daba para más. Así que en los tiempos de las calles oscuras, cruzaba el Parque del Oeste sin más seguro que la bolsa vacía para dormir junto al Puente de los Franceses, como una prueba de resistencia donde la tierra se tiñó con sangre en más de una cruenta batalla. Porque también los franceses anduvieron enamorados de Madrid, malgré tout, y vinieron con intención de quedarse. Boccherini lo hizo antes que ellos, en tiempos de Carlos III, el mejor alcalde, pero vino sin bayonetas, por amor, para retratar sus calles nocturnas en pentagramas.

No sé si en Madrid queda sitio para nadie, pues una y mil veces regreso al sureste donde nací. Mas cuando vuelvo, quiero pensar que se quedarán sin beatas las catedrales, que diría Sabina, porque aún siguen los gatos buscando el abrigo de los portales.

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