360 grados

Derrotismo socialdemócrata

10.08.2015 | 04:00
Joaquín Rábago

Dicen que la canciller alemana, Angela Merkel, quiere presentarse a las urnas por cuarta vez. Los cristianodemócratas y sus correligionarios, los cristianosociales bávaros, aspiran a conseguir una mayoría absoluta, aunque la propia Merkel se muestra prudente al respecto.

Es tal la popularidad de la canciller dentro de su país, en abierto contraste con el rechazo que encuentra en buena parte de la opinión pública de los países que sufren el rigor presupuestario que les ha impuesto Berlín, que algún dirigente socialdemócrata parece dispuesto a arrojar la toalla antes de tiempo.

Nunca había mostrado tamaño y tan preocupante derrotismo el SPD, el otrora orgulloso partido de Willy Brandt y Helmut Schmidt, y actual socio minoritario de los cristianodemócratas en el Gobierno federal.

Muchos reprochan al jefe del Gobierno del ´land´ (Estado federado) de Schleswig-Holstein, Torsten Albig, que se dé por vencido cuando faltan aún dos años para la próxima convocatoria electoral al declarar que los socialdemócratas deberían renunciar a presentar a un candidato en 2017 porque Angela Merkel «está haciendo un trabajo excelente».

En dos años pueden pasar muchas cosas en política, sobre todo tal y como está Europa, pero sobre todo lo que no puede hacer un partido es desconfiar hasta tal punto en las propias fuerzas y defraudar a quienes todavía y pese a todo siguen confiando en él.

El abrazo de la CDU de Angela Merkel parece ser el abrazo del oso, como ya tuvieron ocasión de experimentar sus anteriores socios, los liberal-demócratas, que quedaron incluso fuera del Parlamento en las pasadas elecciones generales.

Sin llegar a tanto, los socialdemócratas bajo su líder, ministro de Economía y vicecanciller, Sigmar Gabriel, parecen desorientados y perplejos. Su único éxito en el Gobierno de coalición ha sido la fijación por primera vez de un salario mínimo y la jubilación a los 63 años, aunque tras nada menos que 45 de cotización.

Por lo demás, Gabriel no ha dejado últimamente de dar bandazos: se solidarizó en un principio con los griegos para luego mostrarse más duro con el Gobierno de Syriza casi que sus socios cristianodemócratas.

Y algo similar parece ocurrir con el tratado de comercio e inversiones que negocia actualmente la UE con Estados Unidos: Gabriel ha terminado decepcionando a sus correligionarios con sus continuas vacilaciones en temas tan polémicos como el de los tribunales privados de arbitraje para dirimir disputas entre las multinacionales y los Estados, algo que suscita fuerte oposición en su propia izquierda.

Muchos dicen que todo esto sucede por haber renunciado el SPD a sus principios y haber comulgado con la rueda de molino neoliberal de que no hay alternativa a la política que han impuesto los partidos conservadores que marcan el paso actualmente en Europa.

Si no hay efectivamente alternativa, si da igual quién nos gobierne, ¿para qué celebrar entonces elecciones? ¿Para qué ese ejercicio periódico de la democracia? Renunciemos a la política y dejemos entonces que gobiernen los tecnócratas.

Si todo se reduce a elegir entre dos partidos a los que cuesta cada vez más distinguir por sus políticas como uno puede escoger entre la Coca-Cola y la Pepsi-Cola, si lo único que cuenta es una visión tecnocrática de la economía, si no hay varios modelos posibles de sociedad, ¿para qué molestarse entonces acudir a las urnas?

Lo que vemos que ocurre hoy en Alemania con un partido socialdemócrata que parece haber renunciado a sus principios, a formular con imaginación propuestas claras, a tener una política propia, auténticamente de izquierdas y no una versión edulcorada de la que practican con entusiasmo y convicción los conservadores, es lo que puede suceder mañana, lo que está ya sucediendo en otras partes. Y la alternativa, ya lo estamos viendo, los populismos nacionalistas de la peor especie.

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