Sobre la mesa

Beteta no mereciera tan buen caballero

06.08.2015 | 04:00
Miguel Ángel Alcaraz Conesa

Inclitos y paupérrimos es el lema en mi memoria de la generación del 98. Mentes excelsas que lamentan el presente de una nación vencida, que apenas llega a potencia de tercera clase. Para quien aprendió con la ESO habrá de aclararse que paupérrimo es el superlativo de pobre. Para lo demás, consulten siquiera la wikipedia. En los tiempos que nos toca vivir se devalúa todo, menos el euro, que tal vez espera el brutal descalabro. «D'ont worry, W. Shäuble, Deutschland über alles» (Alemania por encima de todo), probablemente para salvar Europa y el ´new´ marco, aunque el resto de Europa se hunda.

En esta época de neoliberales que cantan a la luna, como decía Machado de los modernistas, y admiran a los grandes industriales americanos, es preciso saber que en Estados Unidos se rinde culto a la oratoria. Su Senado, que tomó el nombre que diera Roma a la más insigne institución de la República, todavía tienen a gala hacer honor a la palabra. Aquí quedó sólo para ilustres vates que recogieron el polvo de aquel desastre patrio que fuera el 98. Años después, en tiempos de censura, Blas de Otero clamaba al viento «me queda la palabra».

Pero estos aprendices, estos botarates que ni siquiera pueden alegar ser casta, porque no llegan ni al bigote de Romanones, desprecian la palabra y desprecian la patria. Más les valiera confiar sus discursos a un profesional de la retórica que a su corta, que no deliberada, mediocre oratoria. Lo suyo no es impostura, ni tan siquiera performance, son así.

Asisto compungido a la toma de posesión del nuevo delegado del Gobierno, mi amigo z. Me alegro de que alguna vez se reconozca el mérito y la capacidad en quien hizo de su modestia el mayor compañero de aquellos. Pero quien en él delega envió un vocero en lugar de un heraldo para entregar el bastón de mando. El secretario de Estado de las Administraciones Públicas, Antonio Beteta, esgrimió estadísticas y habló del déficit público. Entre la nutrida concurrencia de ilustres y excelentes murcianos, vino a hacer proselitismo de un Gobierno tan lejano como la variante electrificada de Camarillas. Llegó para dejar claro que, no sólo para las grandes empresas privadas, sino también para la pública, la Jefatura de Zona en la que está Murcia siempre reside en Alicante. Y así hizo gala igualmente del natural desprecio de quien viene a provincia de 2ª B, como el mismísimo dueño del club pimentonero, señor Samper, ni siquiera un detalle de buena educación. Porque quien llega más de media hora tarde en plena canícula estival, obliga el respeto a disculparse ante la audiencia de altos cargos, siquiera porque algunos son ilustrísimos, otros tan excelentísimos como él, y hubo alguno que hasta magnífico. Que el motivo fuera un caso fortuito no le exime más que ante juristas, pues si hubiera utilizado el tren, hasta el cercanías es más puntual. Pero así puede comprender el heraldo ni siquiera alado lo lejos que queda Murcia del primer mundo que vive en Madrid.

Utilizó cifras y, por supuesto la magia de las estadísticas. Quien exhibe tan pobres armas, no merece ni el honor de la batalla; por eso no he de molestarme en rebatir sus viles alardes sobre crecimientos (relativos), reducción del déficit presupuestario (lo que quiere decir que nos seguimos endeudando) y otros indicadores falaces (pues tienen nombres comunes que esconden realidades esotéricas). En tan poca estima nos tiene Madrid que próximas las elecciones nos regala un discurso panfletario. Shakespeare ponía en boca de su Enrique V una feroz respuesta al Delfín de Francia, quien había osado enviarle como regalo de reconciliación unas pelotas de tenis: Decídle a vuestro señor, heraldo, que si jugar quiere con nos, se las devolveremos como corresponde a su recia estirpe y jugaremos un partido por la corona que a nos corresponde por derecho y que vuestro padre usurpa. Era toda una declaración de nada menos que la Guerra de los Cien Años, que asoló los campos de Francia.

Amigo Antonio, a quien deseo la mejor de las suertes, pues la valía la tenéis, permitidme que os recuerde el verso del mio Cid: «¡Dios, que buen vassallo / si oviesse buen señor!»

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