Yecla

Fervor y devoción envueltos en pólvora

Los yeclanos cumplen con la tradición y bajan a su patrona, la Virgen de la Inmaculada, desde el Castillo hasta la Basílica

08.12.2015 | 04:00
Fervor y devoción envueltos en pólvora

En los albores del nuevo día, la niebla y el olor tan característico de la pólvora invadían la atalaya del Altiplano murciano. Las diecisiete escuadras que forman la Asociación de Mayordomos de la Purísima Concepción se disponían a comenzar la escarpada subida que da acceso al Castillo de Yecla, donde se venera y custodia la Virgen que ostenta el patronazgo de la ciudad, para proceder a trasladar la imagen hasta la Basílica.

A la llegada al cerro del Castellar, donde se encuentra situado el Santuario, el Capitán Mayordomo del Bastón, José María Martínez, saludaba a las escuadras, cuyos miembros cumplían uno a uno el ritual de descubrirse para entrar a presentar sus respetos a la imagen mariana. Así daban por cumplida una tradición que tiene su origen en 1642, cuando un grupo de soldados, a los mandos del capitán Martín Soriano, subieron a dar gracias a la virgen, en aquel momento la Encarnación. El capitán quería en aquel momento mostrar su agradecimiento por haber regresado de la Guerra de Cataluña, seis meses después de ser llamados por el rey para prestar servicio el puesto de guarnición de Vinaroz.

Tras el almuerzo de campaña, las campanas del Santuario comenzaban a voltear anunciando la salida de la Virgen, que estaba acompaña por la curia que vestía la peculiar casulla azul, un color reservado para la Iglesia Española y que se suele utilizar en las festividades de la Virgen.

Cuando la patrona de Yecla cruzó el umbral de las puertas del santuario, bajo la escalinata, la esperaba emocionado el Alférez Mayordomo de la Bandera, Narciso José Botía, que comenzó con el primer juego de bandera ante la virgen, mientras su escuadra lanzaba las salves de avancarga, los trabucos históricos que se usan en el festejo.

Un sueño hecho realidad
Botía tenía muy claro cuando su familia se traslado por motivos profesionales desde la capital hasta la población del altiplano, en 1999, y conoció el festejo, que algún día le gustaría encarnar a la figura histórica local de Marín Soriano. El sueño se hizo ayer realidad y lo pudo compartir junto a su esposa, Concepción Albert, y su hija, que fue paje en el cortejo, Carmen Botía. Los juegos de la bandera se fueron repitiendo durante todo el desfile hasta llegar a la Basílica de la Purísima.

A su paso por la casa consistorial, el alcalde de Yecla, Marcos Ortuño, lanzó vivas a la virgen desde el balcón principal del Ayuntamiento. Ortuño estuvo acompañado de buena parte de la corporación. También estuvieron presentes en uno de los días grandes de las fiestas de Yecla el Diputado Nacional, Teodoro García; y el Diputado en la Asamblea Regional, Víctor Martínez.

Mientras la Virgen se paraba frente al Ayuntamiento, se lanzó una traca desde los aledaños del edificio consistorial.

Una vez que el cortejo, salvó la escalera de la calle Martínez Corbalán, que da acceso a la plaza de la Basílica, se vivió uno de los momentos más emocionantes de la jornada. El Alférez de la Bandera, rodillas en tierra, se giró ante la virgen y comenzó el juego de la Bandera. Un desfile en el que el encargado de portar la enseña, inspirada en los tercios de Flandes, va caminando de rodillas de espaldas, hasta llegar a la puerta de la Basílica, mientras la patrona del municipio se abre paso ante los miles de fieles que la acompañaron y el sonido atronador de los cientos de trabucos que no dejan de lanzar disparos al viento, es lo que se conoce como el paso de la bandera.

Por la tarde, las diferentes escuadras procedían a llevar a cabo la ofrenda de Flores a la patrona, tras un recorrido por las calles más céntricas de la ciudad.

Por otra parte, hoy se celebra otro día grande de las fiestas, el nombramiento de clavarios y el desfile de la soldadesca. Todos estos actos darán paso a la Procesión con la imagen de la Patrona, en la que el Mayordomo repite el mismo ritual con la Bandera, a la salida y especialmente a la entrada de la Virgen a la Basílica, en medio de un estruendo ensordecedor de los arcabuces disparando.

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