Danzas y filigranas entre cabos y corceles

Mursiya aclama a sus tropas

Kábilas y mesnadas se vistieron con sus mejores galas para el desfile previo a la conquista cristiana de la ciudad

13.09.2015 | 12:06

Cada grupo festero deleitó al público de Gran Vía, no solo con vestidos y armaduras de época, sino con pasos, bailes y malabares al son de sus comparsas. Sin embargo, fueron los jinetes y sus caballos quienes recibieron las mayores ovaciones de la noche, con su marcha medieval

El desfile empezó minutos antes. Murcianos –y foráneos– de todas las edades caminaban en procesión hacia el Puente de los Peligros por una Gran Vía engalanada para la ocasión. En el camino, moros y cristianos rascaban las primeras sonrisas a los niños, que amenizaban la espera jugando con los cetros y abalorios de estos marchantes desacompasados. Pero no solo los más pequeños aguardaban con ilusión –«e incluso nervios»– el paso de los ejércitos. Espectadores más veteranos, recordando pasadas ediciones, esperaban con alegría la remesa de ropajes y colores que comenzaban a aventurarse con tambores de guerra desde el Jardín de Floridablanca.

Un luminoso recibía a las tropas al pasar el puente. La leyenda iluminada ´Moros y Cristianos´ daba la bienvenida a kábilas y mesnadas sobre la arteria principal de la ciudad que unos defienden y otros buscan conquistar. Fueron estos últimos, los cristianos, quienes encabezaron y protagonizaron el primer tramo de esta marcha conjunta que perpetuó un año más –y ya van 32­– una tradición que se repite sin tregua cada mes de septiembre desde que se retomara en 1983.

Estandartes bordados, armaduras abrillantadas, motivos medievales y espadas y hachas de trazado imposible hicieron las delicias de los pequeños más guerreros, que entre pasos y espectáculos rememoraban la historia con espadas de madera más allá de la tercera fila. Y es que si bien los murcianos respondieron puntuales al acto central del aniversario de la fundación de su ciudad, la Gran Vía parecía más desahogada que años pasados.

No obstante, hay detalles que nunca cambian. Una vez más, jinetes y, sobre todo, sus caballos, se llevaron las mayores ovaciones del público asistente. Con coreografías sobre el alfalto y el resonar de sus herraduras iluminaron la cara de los más pequeños e, incluso, cortaron el llanto de algún niño al que poco parecían convencerles los sobrios pasos cristianos. Pues la belleza y seriedad de los ropajes templarios y sus marchas milimétricas, acompañadas de solemnes melodías de comparsa, contrastaron un año más con el exotismo de las kábilas, que inundaron de color y misticismo el Gran Desfile.

De hecho, no faltó la rivalidad sana entre los bandos y sus partidarios, unos con devoción por los cristianos y otros deseosos de ver aparecer por el Puente de los Peligros a los moros; que, por cierto, este año eran un grupo más –ocho contra siete– con el debut de las huestes de Abenamar.

Túnicas con filigranas, turbantes, babuchas y sonidos llegados del norte de África inundaron a todo aquel que se acercó al desfile; aunque entre tanta tradición también hubo sitio para hacer referencia a la otra cultura de nuestro tiempo. Y es que, entre Moros y Cristianos, una mesnada ataviada con plumas y pieles oscuras marchó con la melodía de la popular serie norteamericana Juego de Tronos, poniendo un toque de humor al evento.

El muestrario de telas, lentejuelas, espadas y carrozas desplegó toda su magnificencia por toda la Gran Vía, dejando a su paso la habilidad y simpatía de los cabos, el tronar de sus tambores y el danzar de sus damas. La Plaza de la Fuensanta ponía punto y final a la exhibición de kábilas y mesnadas y decretaba la entrada definitiva a Mursiya de moros y cristianos, que al término de la marcha volvieron al campamento medieval de los Jardines de Floridablanca.

Y es que hoy les espera una jornada ajetreada: un nuevo pasacalles por la mañana, la ofrenda floral a la Virgen de la Arrixaca, un alarde al arcabucería y, por la noche, el plato fuerte, la entrada del Infante Alfonso (encarnado en Celestino Avilés Pérez) en la ciudad y la posterior entrega de llaves por parte del último rey musulmán murciano, Aben Hud (Agustín López Ruiz).

El abrazo de paz entre los dos festeros (Plaza de Belluga, 21.00 horas) pondrá así fin a los actos de los Moros y Cristianos, dejando atrás Mursiya para recibir un año más el nacimiento y fundación de Murcia. Aunque solo sea hasta el próximo mes de septiembre, cuando, como marca la tradición, las tropas de los diferentes bandos volverán a disputarse el mando de la ciudad entre música, color y espectáculo.

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