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Divinas palabras

Historia de una cebolla o cómo salvar a un rico

En el camino que emprende Jesús a Jerusalén sitúa Lucas una serie de controversias con los eruditos de la Ley y con los representantes de los poderosos. En uno de estos encuentros dispone Lucas a Jesús interpelando a los fariseos sobre uno de los aspectos clave de toda la tradición judía: la relación dialéctica entre riqueza y pobreza. No vamos a encontrar ningún tratado sobre el asunto, pero los relatos sobre ricos y pobres en la Biblia, denominados como tales en sentido sociológico y no meramente moral, permiten realizar algo así como una especie de tratado sobre la riqueza y la pobreza. En el caso de Lucas, tira de tradición para mostrar un típico cuadro donde se percibe la parcialidad de Dios hacia los pobres. Se trata del relato del rico que banquetea, al que la tradición llamará Epulón, y el pobre postrado a la puerta (Lázaro) que no recibe ni las sobras del banquete y solo cuenta con los perros que, lamiendo sus llagas, le hacen más soportable la existencia. Este mismo relato lo narra Dostoievsky en Los hermanos Karamazov, en la famosa historia de la cebolla, con un final distinto al evangélico pero del mismo sentido.

Como siempre en la Biblia, el rico al morir irá al fuego eterno, donde sufrirá por días sinfín. Mientras, el pobre Lázaro, al morir, es llevado al seno de Abraham, una forma de expresar el cielo o la gloria divina. Entre ambos se abre un abismo insuperable, pero el rico, alzando los ojos, es capaz de ver a Lázaro y a Abraham y solicita que permita a Lázaro mojar sus dedos en agua para calmar su sufrimiento. Abraham le recuerda que cada cual tiene lo que merece por su vida y que no hay forma de franquear el abismo entre el cielo y el infierno. A lo que el rico repone que envíe un muerto resucitado a sus familiares para que se conviertan y no sigan con la vida disipada de la riqueza. La respuesta de Abraham es terminante: tienen a Moisés y los profetas, si no les creen a ellos ni resucitando un muerto creerán (cosa que sucedió tras la resurrección de Cristo).

La moraleja es evidente para los oyentes de Lucas: Moisés y los profetas, es decir, el núcleo de la Escritura, muestran el camino para vivir según la voluntad de Dios, un camino que no pasa por la riqueza, sino por la misericordia y la justicia. Teniendo eso no es necesaria la resurrección, pues la resurrección misma depende de esa fe que muestra la Escritura.

La historia de la cebolla de Dostoievsky pone un final distinto, pero muy ilustrativo: Abraham pretexta que el rico no dio nada en vida por el pobre, pero Lázaro le corrige: «me dio una cebolla», «pues, bien», responde Abraham, «alarga la cebolla para que se coja a ella y lo subamos aquí». El rico se coge a la cebolla y comienza a salir del infierno. El resto de condenados, al ver que este subía agarrado a la cebolla, se cogieron a él. La cebolla no resistió y cayeron todos de nuevo.

En la tradición rusa, Dios habría salvado al rico por una cebolla que dio al pobre. La pregunta que lanza al oyente es: «¿Cuántas cebollas has dado en tu vida?».

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