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José María de Loma

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José María de Loma

Edmundo Bal

Edmundo Bal. NICO RODRIGUEZ

Quienes piensan que Sánchez es un killer inmutable tienen ya la prueba de que su supuesta sangre fría puede también albergar cierta dosis de cólera. Bien disimulada. Embozada en sonrisa. El diputado Edmundo Bal, de Ciudadanos, lanceó con él la pasada semana en el Congreso de los Diputados. Y cuando todo parecía transcurrir por la senda de la normalidad, es decir, el insulto, los venablos, pateos, abucheos o aplausos, llegó la invectiva política. Que duele más que cuando te mientan a la madre.

El hombre que mejor sabe mezclar la arrogancia con la templanza se levantó de su escaño y le dijo a Bal: «Cuando le escucho he de reconocerle su cualificación técnica y su brillante oratoria. También me solidarizo con usted porque debe ser bastante frustrante ser tan bueno y tan poco reconocido cuando se presenta a las elecciones, que no es capaz ni de conseguir el escaño en las autonómicas».

Al presidente del Gobierno lo llaman todos los días etarra, traidor, impostor e ilegítimo. Nefasto y arribista, también. Tanto le han dicho que al final estalla. Bomba de racimo contra la autoestima del oponente.

Edmundo Bal Francés venía crecido, reivindicándose, refregando el currículo en la cara de cualquiera que se cruzase con él. Faltan testigos que le hayan visto diciéndole a los leones de las Cortes que es abogado del Estado. Pero Sánchez tiene una tesis doctoral sobre cómo tumbar enemigos, principalmente, pero no solo, si son compañeros de partido. Frente a la tenacidad, la disciplina culiferra de opositor a abogado del Estado no tiene mucho que hacer. Sánchez no es la horma de su zapato, es su garrote.

El presidente lo despachó también con desdén, chulería y placer. Estupor en la Cámara. Claro que en las sesiones de control al Gobierno causan más estupor las críticas políticas aceradas como esta que los insultos. El realizador nos hurtó un rato la imagen de Edmundo Bal, que no sería un poema y sí un texto triste y prosaico. Una cara como de aforismo de decepción después de haber recibido un epigrama en todo el morro. Un rostro de boxeador noqueado por golpe en el esternón.

A Edmundo Bal le pasa lo que ya es una tradición política en España: cae bien pero no se le vota. Bueno, no. No lo sé. Escribir es dudar. Bal no duda de sus méritos y por eso tal vez no escribe. Sánchez no duda de nada y por eso permanece en el poder. Escribir es dudar, pero ya estamos haciendo afirmaciones categóricas. Como Bal y Sánchez.

El diputado de Ciudadanos tiene la vehemencia de los templados, una faz como de Cristo no bien captado por pintor renacentista, va en moto, corre por las mañanas y fue represaliado como abogado del Estado por ser más partidario que el Gobierno de empurar a los golpistas catalanes.

Nacido onubense, no ejerce de andaluz y aprobó las oposiciones a los 25 años, edad a la que la mayoría no hemos ni empezado a estudiar lo que es la vida. Casado y con dos hijos, llegó a la política en 2019, en esa época en la que todos desconocíamos cómo se destroza una carrera política, cosa que iba a enseñarnos Albert Rivera. Hizo campaña con el sobrenombre de El Cesado, verbo, cesar, peligroso, ya que, como la vida, puede ser tomado por transitivo o intransitivo sin que uno sepa nunca la verdad.

A la política hay que llegar ligero de equipaje, aunque si las maletas las traes vacías puedes albergar la tentación de llenarlas. Hay que llegar si acaso con ideas, espíritu de servicio y tragaderas. Pero él llegó también con lecturas y resentimiento. No es la última esperanza de Ciudadanos porque ya lo fue.

Si los naranjas no sacan nada en Andalucía, a Bal se le irá poniendo más cara de anacronismo o excrecencia. A Arrimadas ya solo se la ve en la Feria de Jerez, aunque este sábado ha tenido una convención en Córdoba a la que llaman refundación tratando de evitar el aire de sepelio. Las autonómicas andaluzas serán su todo o nada.

El presidente Sánchez se quedó a gusto ciscándose en Edmundo Bal, que tiene nombre de haberse escapado de El conde de Montecristo. Comparado con ese tipo de diputados que Ortega llamó jabalíes (porque solo embisten), incluso sin comparar,, el diputado en cuestión es un tipo formado y preparado, con años cotizados y la vida resuelta. Su futuro es prometedor: no tiene asegurado seguir en política.

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