11 de octubre de 2020
11.10.2020
La Opinión de Murcia
Los dioses deben de estar locos

Bibliotecas de nuestros padres

Estanterías y cajones custodiaban juegos de café, sábanas, cuberterías de ajuar y copas de reluciente vidrio; también fotografías de niños y personas mayores que eran ramas del mismo árbol familiar...

10.10.2020 | 18:49
El cuento de hadas, de Walter Firle

Háblame Memoria, condúceme a aquellos lugares por mí mismo largo tiempo olvidados; llévame a aquellos oscuros rincones que delimitan el habitáculo de mi conciencia primera, y muéstrame de qué manera fueron mis ojos abriéndose al mundo más allá de la mirada infantil.

Fue con libros, me dices sin dudarlo. Dime cómo el niño que yo era se adentró en cámaras encantadas, aposentos desconocidos y comenzó a escuchar pensamientos inéditos, voces nuevas y nombres procedentes de mundos aún lejanos. Memoria del hogar y de la infancia, ahora me llevas a aquel espacio de la casa, a una dependencia más amplia que las demás; habitualmente tranquila, solo más agitada los días de fiesta cuando nos reuníamos en torno a una mesa generosa. Casi siempre apacible y recogida, presidía la estancia un reloj de pared cuyo mecanismo oíase funcionar como el latido de un ser vivo.

Un mueble de humilde madera, oscurecida por el barniz hasta parecer algo más noble, recorría la pared. Estanterías y cajones custodiaban juegos de café, sábanas y cuberterías de ajuar, así como copas de reluciente vidrio; también fotografías de niños y personas mayores que eran ramas del mismo árbol familiar y cuyos nombres, circunstancias, lugares de nacimiento y paraderos actuales conformaban una primitiva forma de historia, una genealogía homérica de andar por casa, y la primera manifestación con que tu presencia sagrada, todopoderosa Memoria, se manifestaba saliendo de los labios de la madre.

Una sección de aquel sólido mueble debía albergar, según el consenso parental, los libros serios, de mayores, que no debían faltar en ningún hogar, así como también aquellos que habían complacido al cabeza de familia, como era un Don Quijote de la Mancha, envejecido ejemplar de la Colección Austral tras de cuyas solapas había escrito mi padre su nombre mostrando una fina caligrafía, inclinada poderosamente hacia la derecha, con trazos delgados y cortantes; la tinta azul, recuerdo, había sido prácticamente borrada por el tiempo. Allí habían encontrado refugio antiguos libros para ejercitar la escritura, que igualmente conservaban la firma, esta vez en lápiz y con unos trazos más suaves y redondeados, levemente inclinados a la izquierda, de mi madre.

Primero atraen a los niños los libros con dibujos, fotografías, mapas y variopintas ilustraciones, aunque no sean plenamente comprensibles. Así abría sin permiso los voluminosos tomos de la Historia Ilustrada de la Guerra Civil, de Ricardo de la Cierva, cuyo discurso político me traía en aquella época sin el menor cuidado; no así las fotografías de los líderes políticos y militares de ambos bandos, los mapas de los frentes y las batallas de aquella época terrible de sangre y rabia. Justo al lado, un libro del cual no constaba ni autor ni editorial, cuyo título rezaba escueto Las Revoluciones. La leyenda familiar decía que se trataba de una obra inacabada, publicada por fascículos, que las autoridades de la última dictadura habían prohibido. Libros tan opuestos en lo ideológico me fascinaron muchos años. Mientras que en aquel la última fotografía era para soldados españoles que marchaban sobre las nieves de Rusia, en este, escenarios de selvas tropicales y combatientes de color que luchaban por su libertad enarbolando banderas desconocidas para mí, despertaron la añoranza de lo extraño, de lo lejano y de lo exótico.

Deseos que se avivaron cada vez más con la llegada por tomos de la Enciclopedia Espasa-Calpe, pagada en religiosos plazos. Más de una vez habían de llamarme y despertarme del ensimismamiento en que había caído al hojear los primeros volúmenes, digamos hasta la voz 'África' y contemplar deslumbrado aquellas magníficas láminas con armas, lanzas, escudos, máscaras de pueblos que, sin yo saberlo, ya habían desaparecido para todos, menos para ti, sagrada Memoria, en cuyo seno lo muerto revive. Otros libros, turbadores para mí, me hablaban de sensaciones, misterios y conflictos que no entendía. Por eso, Memoria, entre otros me muestras ahora Watergate. Historia de un Abuso de Poder, de Víctor Alba, cuya portada, con un expresivo presidente Nixon que levantaba el puño cerrado en pleno discurso me infundía más temor que curiosidad. Le siguen en el desfile que has puesto ante mis ojos La muchacha de las bragas de Oro, de Juan Marsé; Los Organillos, de Henri-François Rey, y Queremos Vivir de Cecil Roberts. Si bien aún no sabía valorar tan dispares obras ni otras que allí había, entendidas por mí imperfectamente, aquella incipiente amistad con los libros me aprestaba y me preparaba para un universo más complejo todavía por venir. De aquel pequeño rincón nacieron todas mis fuerzas sin que lo supiera.

Yo te bendigo Memoria, señora del tiempo, pues escucho otra vez el tic-tac del reloj de pared y recordándome al desplegar las páginas veo nuevamente lo que fue, es y será.

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