02 de mayo de 2020
02.05.2020
La Opinión de Murcia
Cartagena D. F.

Desfasados

Hace días que no salgo a aplaudir a mi balcón. Porque también se atribuyen nuestros aplausos. Ese espacio que, al principio, era un refugio para tomar aire y apoyar a quienes luchan contra esta pandemia, lo han convertido en un caos de citas

02.05.2020 | 04:00
Desfasados

No hay que ser ningún doctor en Derecho para saber que una sociedad democrática se rige por unas normas impuestas por una mayoría que todos debemos respetar. Tampoco hay que ser ningún lumbreras para aceptar que las normas no deben ser algo rígido y que han de adaptarse a las circunstancias de cada periodo, de cada momento. Eso sí, siempre que los cambios se lleven a cabo de forma dialogada, negociada y consensuada por la mayoría de la sociedad a la que afecta o de sus representantes políticos. Y, por último, resulta absurdo pretender que una norma sea del agrado de la totalidad de los miembros de la sociedad sobre la que se aplica, porque para gustos, colores y ya sabemos eso de que nunca llueve a gusto de todos.

En cualquier caso, me gustaría culminar esta breve y elocuente introducción apuntando que las normas, nos gusten o no, están para cumplirlas y que, solo algunas veces hay una muy buena razón para quebrantar las reglas, como nos enseñó mi amiga Susana en su cuento León de biblioteca, que pueden ver en el canal de Youtube Biblioteca Franciscanos CT.

Ojalá quienes nos marcan el camino a seguir para salir de esta crisis sanitaria escucharan a Susana y sus cuentos y aprendieran de los mensajes que vierten estas historias infantiles, aunque para nada son cosa solo de niños. En lugar de eso, nuestros dirigentes se dedican a vendernos sus propios cuentos y, más que conseguir que sus enseñanzas trasciendan, buscan el aplauso fácil. La realidad es que siempre lo consiguen, porque unos y otros cuentan con su público fiel y leal hasta la muerte, con incondicionales que tragan con todo lo que dicen y, por el contrario, desprecian y ridiculizan todo lo que procede del bando opuesto.

Las más de 25.000 muertes que casi con toda seguridad alcanzaremos hoy son una tragedia que nos pesa y nos pesará a todos. El coronavirus es un enemigo cruel y temible que ya está escribiendo unos cuantos párrafos de la historia más negra y fatídicia de la humanidad. Somos testigos de un derrumbe sin precedentes de nuestra economía. Y nos dicen que lo peor puede estar por llegar. Tenemos el miedo metido en el cuerpo, a flor de piel.

Y aún así, el auténtico drama es que en este país apoyamos ciegamente al que es de nuestra cuerda. Apenas existe el espíritu crítico. Y mucho me temo que son más los que aplauden esta gestión que los que la desprecian, porque después del 8M, de los test inútiles, de las mascarillas fallutas, del caos con las salidas de los niños, de las cuarentenas a medida, del desprecio a los laboratorios españoles para que hagan test masivos, de 38.000 sanitarios contagiados y de 25.000 muertos en la más lamentable y triste soledad, quizá es que tenemos lo que nos merecemos.

Hace días que no salgo a aplaudir a mi balcón... Porque también se atribuyen nuestros aplausos. Además, ese espacio que, al principio de este confinamiento, era un refugio para tomar aire y apoyar a quienes luchan contra esta pandemia, lo han convertido en un caos de citas, de convocatorias de protestas o de muestras de apoyo, de invitaciones a hacer cada vez más payasadas que no conducen a nada y que no van a matar a este bicho asesino. Mi balcón, nuestro balcón, es uno de los pocos espacios de libertad que nos quedan. No lo conviertan en otra herramienta para tomarnos el pelo y someternos como sumisas marionetas.

Entiendo que no sepan, que se equivoquen, que les venga grande, que nadie estaba preparado, que a toro pasado es más fácil criticar. Entiendo que merecían un tiempo, que no hay un manual previo, que no todo es previsible y que nos enfrentamos a un ser desconocido, aunque cada vez menos. Lo que no entiendo es la soberbia, la prepotencia y el morro de que sigan sacando pecho y diciendo que esto lo arreglan ustedes.

Estamos hartos de intentos, cada vez más indignados por sus fallos y despropósitos, hastiados con sus normas que, al principio, aceptábamos con la resignación del que otorga carta blanca a quien promete salvarle la vida. Han agotado sus garantías y sus normas se parecen cada vez más a imposiciones improvisadas y, en ocasiones, injustas. No es tiempo de mirarse los ombligos, pero me parece un despropósito que dos padres no puedan salir a pasear con los dos, tres, cuatro o los hijos que Dios haya querido darles porque ninguna de las franjas que nos han delimitado se lo permite. No les pedimos infalibilidad, no queremos políticos perfectos, sabemos que solo se equivoca el que actúa.

Pero eso no les da vía libre para hacer con nosotros lo que les plazca y para decirnos si debemos levantarnos con el pie izquierdo o con el derecho o cuánto debe medir cada uno de nuestros pasos. Porque nos estamos acostumbrando con demasiada facilidad a aceptar normas y límites que atentan contra nuestra libertad. Nos hemos convertido en seres sumisos que nos adaptamos a su antojo a las limitaciones que establecen día sí, día también. Les hemos prestado nuestra voluntad a cambio de qué.

No llamo a la rebelión. Dios me libre. Abogo por el cumplimiento de las normas que nos damos todos. Pero todos, no unos cuantos que se sientan en una mesa y tiran de dudosos currículum para determinar lo que es bueno para nosotros. ¿Para nosotros o para ellos? Hemos de armarnos de paciencia y estar muy atentos para que el bien de todos sea algo real y no un argumento que esgrimen para mantenernos 'atados'.

Las cifras de las que tanto presumen que nos sitúan como una de las naciones que mejor ha afrontado esta crisis sanitaria y social se revuelven contra ustedes y nos avergüenzan como país. La más dolorosa es la de nuestros 25.000 muertos sin funeral. La más insufrible y trágica es la de los que quedan por morir. La más demoledora es la de los cientos de miles de parados o 'erteados' que sumamos cada día, junto a la de un PIB decreciente por segundos. Por más que sumen o resten, ya no les salen las cuentas y han errado demasiado en las que han hecho hasta ahora.
¡Por Dios! ¡Por las miles de vidas que aún podemos salvar! Apártense a un lado y dejen que sean otros más preparados, más humildes y menos interesados quienes intenten, al menos, que esto se acabe. Su oportunidad ha caducado. Por muchas fases que nos marquen, ustedes ya están desfasados.

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