16 de septiembre de 2018
16.09.2018
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Los dioses deben estar locos

Regreso a un hogar desconocido

"Los supervivientes de la accidentada expedición han regresado con las evidencias físicas indiscutibles de que existe vida fuera de nuestro planeta y han encontrado pruebas de vida microscópica en un satélite de Júpiter, Ganimedes, pero el existencialista silencio de Dios se ha convertido ahora en el silencio del mundo"

16.09.2018 | 04:00
Regreso a un hogar desconocido

Alan Weisman imaginó nuestro planeta vacío en su conocida obra El mundo sin nosotros donde la humanidad, desaparecida como por arte de encantamiento, dejaba tras de sí tan sólo la fantasmagórica huella de su cultura material, destinada a desaparecer engullida progresivamente por la naturaleza como en un gigantesco Chernóbil mundial o una Pompeya futurista. Una serie documental dirigida por David de Vries, La Tierra sin humanos, abundaba en el mismo escenario. Los últimos sonidos parecidos a los humanos eran emitidos por loros domésticos evadidos de sus jaulas que continuaban imitando las voces de sus amos muertos en una sorprendente psicofonía coral. Esta imagen espectral de un mundo vacío resulta un elemento constante en nuestras obsesiones necrófilas como civilización; es la consciencia palpable de las poderosas capacidades prometeicas que pudieran poner en marcha fuerzas desmedidas y aniquiladoras fuera de nuestro control. Si no creamos el mundo, nuestra vanidad y nuestra temeridad nos convencen de que podemos al menos destruirlo. Así se sugiere en la extraordinaria película Ran, cuando Akira Kurosawa nos muestra al anciano señor la guerra Hidetora Ichimonji contando que en un mal sueño se vio a sí mismo convertido en el último habitante de un mundo vacío y desolado; será el prólogo funesto a la obra destructora de la guerra y del caos que exterminará su estirpe y su nación, provocada por la desmedida ambición humana y que él mismo ha puesto involuntariamente en marcha contra sus tres hijos, cada uno gobernante en las tres regiones en que se divide su reino, imagen cósmica del mundo. La última guerra que afrontaría la humanidad es el escenario de Vendrán lluvias suaves, el relato de Ray Bradbury (sin humanos y cuyo único ser vivo es un perro vagabundo) en el que se describe el funcionamiento automatizado de un hogar inteligente parcialmente destruido, pero aún operativo, tras la muerte de sus habitantes en un holocausto nuclear. Testigos mudos del acontecimiento son las sombras carbonizadas de la familia que habitaba la casa y que han quedado en las paredes exteriores, una alusión a las ´sombras atómicas´ de Hiroshima.

Esta tentación estética (a veces morbosa y mortificante, a veces elocuente como un grito desesperado de advertencia) por contemplar nuestro propio fin como civilización y hasta como especie sobre la Tierra se ha visto reflejada muchas veces en el cine y la literatura. Es una de las Erinias que acompañan a la humanidad afligiéndola por su conducta impía. Uno de los intentos más elocuentes se llevó a cabo cuando el cineasta y escritor Rainer Erler dirigió en 1977 Operación Ganimedes. Al margen de ciertas deficiencias formales de la película, la historia refleja aquellos puntos oscuros de la civilización contemporánea, sus límites, sus obsesiones y sus miedos. El trasfondo de la historia es clásico, convencional incluso. Los restos de una maltrecha expedición espacial con sus escasos supervivientes llegan a la Tierra.

Como si fuera la flota de Magallanes y Elcano, tan solo una nave con una reducida tripulación internacional ha conseguido volver a puerto. La proeza de los modernos navegantes supera con creces a sus predecesores. Los supervivientes han regresado con las evidencias físicas indiscutibles de que existe vida fuera de nuestro planeta y han encontrado pruebas microscópicas en el agua de un satélite de Júpiter, Ganimedes. El enorme sacrificio de vidas en aras de la ciencia se ha asumido con fortaleza heroica. A la vista del planeta azul todo se da por bueno y los astronautas ansían el desfile, la gloria, el recibimiento y los honores que la humanidad les brindará como los descubridores del secreto de la vida. Desgraciadamente para ellos es otro el escenario que encuentran, y aquí es donde Rainer Erler se muestra como un verdadero autor que trasciende los tópicos de la literatura postapocalíptica de ciencia ficción. El existencialista silencio de Dios se ha convertido en el silencio cósmico del universo. En el espacio profundo, la nada envuelve progresivamente a los que serán últimos representantes vivos de la especie humana en el universo, que no escuchan ni son escuchados. Por el prolongado silencio y la ausencia total e inexplicable de contacto con la Tierra el universo parece vacío, máxime si comprendemos que no es la música de las estrellas lo que habían salido a buscar quienes iban fundamentalmente en pos de la gloria.

Ni del control de la misión ni de la superficie llega señal de radio alguna. He aquí algo inaudito, y no es buen presagio un hecho incomprensible en un planeta tan tecnificado y habitado como la Tierra, pues incluso cuando ni siquiera se les estuviera esperando habrían sido avistados igualmente. El descenso, una vez que ya no pueden mantener la órbita, tiene lugar a la desesperada, sin seguimiento ni instrucciones, en un lugar deshabitado e impreciso de la costa, adonde nadie acude a rescatar a los náufragos del espacio. La nada, ahora, se vuelve más evidente y opresiva. La visión, mientras buscaban inútilmente ayuda, de ruinas y naturaleza muerta, así como la contemplación de dunas cubriendo carreteras vacías antaño muy transitadas, extermina cualquier esperanza, y suscita una hostilidad mutuamente homicida en el grupo, pues han llegado a la única conclusión lógica en apariencia: solo una guerra nuclear entre sus extintas naciones ha podido convertir la Tierra en un planeta vacío. Antes de caer en la degradación homicida y en la ruina psíquica, comparece en la mente de los astronautas la dolorosa contradicción. Forzando al límite las fuerzas técnicas y humanas se habían conseguido las pruebas de que la vida existe en todo el universo, pero esas pruebas estaban ahora en un planeta muerto. La especie humana, que había alcanzado los confines del sistema solar buscando la vida, había sido capaz de exterminar la misma vida que estaba buscando en su propio hogar.

La expedición había caído bajo el mito y hechizo de la peligrosa atracción de Júpiter, el potente y belicoso dios que se apoderó del bello Ganimedes elevándolo hasta el cielo en un rapto semejante a una apoteosis. Operación Ganimedes es una versión moderna del célebre rapto. Como en la tradición clásica, los viajeros espaciales habían sido atraídos, raptados y seducidos por la belleza de un relato épico, esto es, el deseo de lograr una hazaña insuperable que les deparara la inmortalidad y demostrara la fe en el progreso y la capacidad humana para desentrañar el misterio de la fuente misma de la vida. De la apoteosis a la catábasis.

El regreso a la Tierra aparece entonces como un descenso a las tinieblas, precipitado por las esperanzas abruptamente truncadas de la pasión prometeica por el dominio de la vida y el sueño de la preeminencia humana sobre el universo. No hay forma mejor para ilustrar el mundo de la guerra fría y sus obsesiones que, lejos de haber quedado atrás, nos persiguen con peligrosa actualidad. La Erinia no descansa.

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