06 de octubre de 2019
06.10.2019
Literatura

Antonio Fernández: "En cuanto a la vida rural, parece que dejamos atrás la Edad Media a finales del XIX"

El futuro de estos pueblos es convertirse en parques temáticos, aldeas de cuento a las que va la gente a echarse la foto pero cuyas casas están vacías

06.10.2019 | 04:00
Antonio Fernández Jiménez posa en Inazares con su libro.

Periodista y escritor. Este joven bullense ha puesto rostro a la despoblación rural con su primer libro, Una vida retirada. Inazares, de camino hacia el cielo, en el que retrata las últimas pinceladas de vida en esta pedanía de Moratalla, que cuenta –según la NASA– con el mejor cielo de la Península Ibérica. Este viernes lo presentó en Murcia.

Allá arriba, en la montaña, hay un pequeño pueblo con el cielo más claro de toda la Península Ibérica; donde los vecinos viven de la tierra y los politonos que ponen banda sonora a la gran ciudad no interrumpen una siesta a la sombra de la higuera. Y no, no es esto el principio de un cuento, sino una realidad palpable –incluso lo del cielo está validado por la mismísima NASA–, y si no lo creen, pregunten a Antonio Fernández Jiménez, autor de Una vida retirada. Inazares, de camino hacia el cielo (2019). Este joven periodista bullense se pasó todo el año 2018 viajando a esta pequeña aldea en lo más alto de la Comarca del Noroeste para hacer un retrato de una era que agoniza, de un pueblo afectado por la despoblación rural que pone rostro a esa 'España Vaciada' de la que tanto se habla en los telediarios. Lo hace, según sus propias palabras, con un "reportaje de largo aliento", con una narración de estilo indiscutiblemente literario que este viernes presentó en la Casa del Libro de Murcia.

La primera pregunta es evidente: ¿Por qué Inazares?
Inazares, si no me equivoco, es el segundo pueblo más alto de la Región, y está en el Noroeste, que es donde yo vivo. Recuerdo, de pequeño, que cuando nevaba por aquí la gente siempre decía que donde más había caído era allí. Claro, en mi imaginario era casi como una ciudad de cuento [Ríe]. Pero realmente no visité Inazares hasta hace cuatro años: fui con mi familia a pasar un par de noches en un complejo turístico que hay allí, y justo yo venía de hacer el máster en Madrid; imagínate el contraste..., de la gran capital a ese pueblito tan chiquitito. Por aquel entonces, yo colaboraba con El Noroeste y escribí un pequeño artículo sobre mis impresiones acerca de Inazares; lo típico, cosas como que hacía mucho tiempo que no había visto amanecer, y que, al final, uno tiene que salir al campo para ver estas cosas. Aquello me dejó como un poso especial, como la querencia y apetencia de escribir sobre ello, pero no fue hasta enero de 2018 cuando empecé con este asunto.

Como hombre de pueblo, imagino que antes de lanzarse a escribir ya estaba sensibilizado con esta cuestión de la 'España Vaciada'. ¿Es una cuestión que le preocupa casi más desde un punto de vista personal que profesional?
En un principio, más que 'preocupación' diría 'inquietud personal'. Cuando en 2015 visité Inazares apenas sabía del problema de la despoblación; es verdad que eso es algo que se nota, que se sabe, pero no reflexionaba sobre ello desde un punto de vista sociológico. A mí lo que chocó realmente es que quienes allí vivían eran distintos, gente que estaba poco afectada por el lenguaje estándar de la televisión, por ejemplo, que tenían sus propias palabras; lo interpreté como que ellos eran, en cierto modo, los últimos de una época, pero aún no veía esta historia en esa clave de la 'España Vaciada'. De eso me enteré mucho después, a raíz de un curso con la periodista argentina Leila Guerriero; fue ella la que me puso en la pista de este problema..., y fue entonces cuando me dije: "Quiero hacer un reportaje sobre esto". ¡Ah! Porque como trabajo final del curso debía hacer un reportaje de actualidad de unas siete y ocho páginas que fue el germen de este libro. Leí La España vacía, de Sergio del Molino, El suicidio demográfico de España, de Alejandro Macarrón –demoledor...–, y algunos libros más para poder contextualizar mi artículo y me fui a Inazares.

¿Y en qué momento se da cuenta de que aquí hay un libro?
Mira, el curso fue de enero a mayo de 2018, y no es hasta julio cuando tomo esta decisión. Yo lo que tenía claro es que quería mover este reportaje, hacer algo con él; no alargarlo –no al menos en un principio–, sino simplemente aprovechar ese material y publicarlo. Pero, por lo que sea, había una cosa ahí que decía que esperase, que tuviera paciencia. El caso es que en julio volví a Inazares para ver un eclipse; vi que lo anunciaron en la tele y pensé que, como está muy alto, sería un lugar idóneo para verlo bien. Y allí, llegando al pueblo, me fijé en el cielo, de un color anaranjado que parecía aquello el final de los tiempos [Ríe]. Me sobrecogió. Me sobrecogió tanto que dije: "Creo que me han quedado cosas por resolver, preguntas por hacer. ¿Por qué la gente se va de aquí? ¿Y por qué algunos se quedan? ¿Qué está pasando?". Me sabía a poco el reportaje y decidí cerrar un ciclo de un año –hasta diciembre de 2018–, estudiando cómo se vive allí a lo largo de un año, en un pueblo que poco a poco se va vaciando, en el que antaño hubo juventud, pero en el que ahora apenas queda vida.

Ya le ha mencionado, e incluso le cita en el libro, pero es que imagino que es difícil obviar a Sergio del Molino y La España vacía en un texto como este. ¿Fue igual, también, una inspiración a la hora de continuar con su reportaje?
Bueno, yo sobre todo lo leí y lo quise usar para el contexto, para darle una apoyatura teórica, ¿no? Esto no solamente iba a ser un reportaje del tipo: uno va hasta allí, habla con la gente y escribe; no. Había que poner en contexto la situación, ver qué está pasando en España, y entonces ya hablar de Inazares, que es un buen ejemplo de aquello de lo que habla Del Molino. Digamos que este libro concreta a La España vacía: él habla de algo genérico, yo centro el foco.
En cualquier caso, Del Molino también me hizo darme cuenta de algo que es vital en este trabajo. Hay escritores españoles que ya volcaban esta cuestión en sus reflexiones durante los años sesenta, cuarenta o incluso a principios del XIX: en España el campo no ha evolucionado; en Francia la vida rural ha ido adaptándose, con mejoras y ayudas de la administración, pero aquí parece que dejamos atrás la Edad Media a finales del siglo pasado, que es cuando la gente empieza a largarse en masa de los pueblos y los niños dejan de hacer tareas u oficios propios de la generación de sus padres. De hecho, en el libro, hay un personaje que enseña sus herramientas de labranza, y nos damos cuenta de que no ha variado nada en cientos de años. Ese es el problema que Del Molino me hizo ver.

Además, bueno, él en su libro trae un mapa en el que indica qué lugares son la 'España vacía', y pese a que Murcia, a diferencia de otras comunidades, tiene un crecimiento positivo, también aparecía señalada; en concreto, en la zona del Noroeste. Digamos que me quedé tranquilo al ver que él también validaba mi teoría [Risas]. Pero bueno, esto no solo lo digo yo, ni Sergio, también algunos académicos de la Universidad de Murcia que han estudiado este tema y que, por supuesto, también han sido fuente de información para este libro.

Pero ahí está la clave: este no es un libro de datos, un estudio, sino un retrato. En él recoge el testimonio de una muestra más que sustanciosa –lamentablemente, porque al final solo son un puñado de vecinos a los que entrevista– de la población de Inazares. ¿Cómo se puso en contacto con ellos?
Pues era como una red, como una telaraña: me acercaba a uno, le contaba, le preguntaba, y me contaba algunas cosas; a lo mejor, incluso, me llevaba al salón social y me presentaba a otro vecino, y éste, a sus compañeros de partida, que me decían: "Mira, ahí vive el más mayor del pueblo". Lo que quiero decir es que yo no iba buscándolos, no lo necesité; yo llegaba a Inazares y de vez en cuando aparecía alguien nuevo para mí.

¿Y cómo era su relación con ellos? ¿Qué pensaban de usted?
Bueno, poco a poco me iban conociendo todos, pero imagino que al principio dirían: "¿Pero este tío a qué viene aquí?" [Ríe]. Piensa que yo a lo mejor aparecía por allí en pleno enero, al atardecer, y no había nadie por la calle, y me plantaba en el salón social con cuatro o cinco vecinos alrededor de la estufa jugando al dominó; imagino que sería extraño... Pero me preocupaba de explicarles bien de qué iba el tema –primero, el reportaje; después, en verano, el libro–y poco a poco se acostumbraron a mí. Es curioso porque que yo 'estuve' más tiempo con ellos que ellos conmigo; quiero decir, cuando yo volvía a casa, seguía escuchando sus voces: me pasaba horas transcribiendo conversaciones, trabajando con los diálogos, con el texto, tratando de describirles... Y realmente llegó un punto en el que los llegué a concebir como amigos. Claro, cuando llegaba al pueblo, iba con ilusión de encontrarme con este o con el otro y luego, cuando les veía, pues... [Ríe]. Era todo una ilusión. Pero bueno, sí, hoy puedo decir que con alguno de ellos he hecho, igual no amistad, pero algo parecido. Al final es gente que me ha contado cosas muy íntimas...

Delicadas.
Sí. Y yo he procurado describir fielmente todo lo que me decían, pero desde el respeto más absoluto: hay cosas que no se tienen por qué decir, por ejemplo; y otras que igual no es relevante contar, claro. Lo que yo he hecho en este libro es un 'recorte' de la vida de este pueblo, pero, ojo, si lo hubiera escrito otra persona, habría salido algo muy distinto. Es cuestión de la mirada.

Por cierto, ¿tan claro es el cielo? [A lo largo del libro se menciona varias veces que el cielo de Inazares es el mejor de la Península, según la NASA].
Fíjate, en el libro hay una escena, una conversación con Ángel Luis Hurtado, un paleontólogo, en la que le pregunto por este tema y me dice: "Puedes no darte cuenta de que tienes el mejor cielo del país si estás acostumbrado", y resulta que cuando yo iba por allí, iba tan acelerado que a veces no miraba al cielo siquiera. Pero si hubo una noche en la que fui consciente: fue en verano, cuando en un momento que también reconstruyo en el libro, uno de los protagonistas mira hacia arriba y me dice: "¡Mira que avión va por ahí!", y entonces me quedé mirando y dije: "¡La leche!". Se veían las constelaciones, las estrellas... Era una barbaridad, como si estuviera en el centro del universo [Ríe].

Antes de entrar directamente a relatar la vida en Inazares, da una pequeña explicación, casi justificación: habla de "periodismo de largo aliento". ¿El periodismo de diario, que lo ha practicado, le supera? ¿Las prisas, en su caso, no son buenas consejeras?
Este es un periodismo literario, narrativo, y autónomo, algo que he hecho porque me ha dado la gana y que he disfrutado un montón. Pero es que es algo que lleva mucho tiempo; te puedes tirar dos, cuatro, seis o doce meses recopilando información. Leila Guerriero –que es una de las grandes representantes del género, por cierto– ha estado como dos años para hacer un perfil del pianista Bruno Gelber, por ejemplo. Pero, claro, ¿hay hoy día editores de periódicos que apuesten por esto? En cualquier caso, si me preguntas qué prefiero, no te sé decir... Aunque soy un poco hipertenso, y me cuesta llevar las cosas al día, así que... [Risas]. Pero esto no deja de ser periodismo, ¿eh? Simplemente empleo herramientas de la ficción para contar una historia real. Yo no he recreado nada, he reconstruido; ahí hay una diferencia palmaria...

Pues una de las máximas del periodismo es, como autor, no incluirse en el relato, pero imagino que en una historia así ha sido difícil conseguirlo. ¿Cómo ha llevado lo de mantener la distancia?
Pues es una cosa que me planteaba constantemente, sobre todo en la última fase, en la reescritura. A veces decía: "Este texto exige una primera persona más emotiva, que cuente esto desde un punto de vista más...», pero dije: "No, voy a mantener la tercera persona, que desde el punto de vista periodístico hace invisible al narrador». Creo que quien lea el libro se dará cuenta de que hay un periodista que hace preguntas, evidentemente, pero que no aparece apenas, que es 'invisible'. No obstante, hay una contradicción ahí: por un lado, está esta supuesta objetividad –llamémosla mejor 'invisibilidad'–, pero, por otro, este tipo de periodismo, como te he mencionado antes, exige una mirada, y eso es algo completamente subjetivo; al final, estás posicionándote. Pero creo que hay que usar la elegancia de la 'invisibilidad'; esa neutralidad puede ser muy interesante a la hora de escribir; al final. Y, joder, que los que hablan son los personajes; ellos son la noticia, no yo. Debemos despojarnos del ego y dejar hablar.

Antonio, ¿por qué hay que luchar por Inazares y por otros tantos pueblos condenados a desaparecer? ¿Es pura nostalgia o hay algo más?
Eso debe decidirlo el lector. Yo al final lo que he querido es dejar constancia de la existencia de este pueblo pequeño, del testimonio de, posiblemente, los últimos hombres y mujeres que vivieron allí toda su vida. Dicho esto, y como te decía antes, ¿cómo es mi mirada como periodista hacia Inazares? Es una mirada quizá levemente melancólica. Lo de Una vida retirada hace alusión, además de a lo evidente, a que es una época que termina: no solo un pueblo se vacía, sino que una forma de vida se va; unos valores, una forma de relacionarse..., todo eso se pierde. A mí eso me convoca. Quizá sea porque yo he pasado mucho tiempo con mis abuelos y me he criado en ese ambiente, y cuando ya no están te das cuenta de que con ellos se fue una forma de narrar, de mirar... Y luego, claro, pretendo poner sobre la mesa una cuestión complicada como es la despoblación, pero, en mi caso, poniéndole un rostro humano.

En un momento de la narración, pregunta a uno de los vecinos por el futuro de Inazares, y obtiene una respuesta poco halagüeña. ¿Qué cree que será de Inazares dentro de... diez, quince, veinte años?
Pues no lo sé, pero recuerdo que en la presentación que hicimos del libro en Bullas, David López Sandoval y yo hablamos sobre que el futuro de estos pueblos es convertirse en parques temáticos, aldeas de cuento a las que va la gente a echarse la foto, pero cuyas casas están vacías. En Inazares, por ejemplo, tenemos que dar gracias a que hay un complejo turístico más o menos potente, un lugar en el que la gente se queda a pasar unos días. ¡Ojo! Lo del 'parque temático' no lo digo en un sentido negativo, simplemente es una posibilidad más. Pero "el futuro es incierto", que me decía una de las vecinas; igual pasa algo, yo que sé qué, y la gente vuelve a subir a Inazares... En la agricultura hay un nicho importante, por ejemplo, pero a ver quién es el guapo que quiere irse al campo a trabajar...

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