12 de enero de 2020
12.01.2020
El artista en su salsa

Pablo Carbonell, el arquitecto social y medioambiental

12.01.2020 | 09:51
El artista posa para LA OPINIÓN en el Monasterio de La Luz de Murcia.

La arquitectura es el testigo menos sobornable de la historia», dijo Octavio Paz. Las construcciones permanecen en las ciudades, dando fe de nuestro pasado y de sus valores. Su testimonio no es fácil de obviar; uno puede no leer un libro, no escuchar una canción, no contemplar un cuadro, pero no puede dejar de pasar por las calles jalonadas de edificios. Los arquitectos son los artistas ubicuos, inevitables, insistentes.

Todos los artistas modelan nuestro ánimo con sus obras y los arquitectos más que ninguno. Aunque se trate a menudo de una influencia sutil e inadvertida. Pero contundente: no compare pasear entre construcciones elegantes y palaciegas o entre hórridos bloques de hormigón. No, no es lo mismo pasear por el centro de Viena que por Detroit. Por las calles graciosamente modernistas de Cartagena que por el insulso océano de urbanizaciones de Torrevieja.

He emprendido desde esta sección una cruzada contra el llamado 'arte moderno' – o posmoderno – y también hoy lanzo mis dardos. ¿Cómo hemos permitido que nuestras ciudades se nos cuajen de insípidos edificios de cristales de espejo que nada transmiten? ¿Cómo los hemos permitido crecer donde antes existían construcciones con resonancias clásicas, barrocas, modernistas?

Yo de arquitectura no sé nada; él lo sabe todo. Él es Pablo Carbonell, alma mater del estudio de arquitectura Ecoproyecta. «Arte y arquitectura recorren caminos muy distintos que a veces se tocan. En primer lugar, no es comparable la forma de producción artística y la arquitectónica. En nuestro trabajo debemos tener en cuenta una enorme cantidad de condicionantes que ponen nuestra disciplina en un camino muy distinto al de la pintura, la escultura, la música o la literatura. Debemos enfrentarnos a una normativa complejísima, a una tramitación tediosa o a unas demandas y necesidades por parte del cliente que delimitan mucho el marco de trabajo».

Añade: «Lo que me interesa de la arquitectura, fundamentalmente, es cómo puede ayudarnos a resolver demandas sociales y medioambientales. Si una obra concreta es arte o no, es una cuestión secundaria. De hecho, creo que cuando los arquitectos buscan deliberadamente crear una obra de arte con sus proyectos, centrando la reflexión en la formalización y en lo objetual, el resultado es algo superfluo, incluso kitsch en el peor de los casos, como ocurrió con el posmodernismo de los años 80 y 90, en donde le preocupación estaba en concebir una nueva arquitectura moderna, pero recuperando recursos del lenguaje formal clásico, como frontones y columnas. El resultado fue un pastiche terrible para las ciudades. Hoy en día también hay una cierta corriente que centra sus esfuerzos en lo formal, como la obra de Frank Gehry o Zaha Hadid. En definitiva, una obra de arte tiene sentido en sí misma; sin embargo, la arquitectura tiene sentido en tanto que dialoga con una problemática externa, ya sea un paisaje, una función social o un reto medioambiental».

Me cuenta que la obra más artística que ha realizado nunca es un panteón familiar. «Puede sonar tétrico, pero es así, porque ahí estás sometido a muy poquita regulación y, por tanto, puedes echar a volar tu capacidad creativa». Que un panteón resulte un oasis de innovación: ¿ironía?

A finales del siglo XX, decían dos visitantes ingleses, Hugh James Rose y Augustus J. C. Hare, que Murcia era la única ciudad que Adán reconocería si volviera otra vez al mundo. No había entonces altas torres que rasgaran el cielo levantino desde la capital del Segura. Pero no, Murcia ya no es esa ciudad que prescribiera César Cort: Que el conjunto de los edificios, contemplado desde lejos, produzca una silueta eternamente supeditada a la masa dominante de la catedral, sin tolerar la petulante competencia de desmesurados edificios. Ay, las torres de las Atalayas.

«Hace poco escribí un artículo para la publicación de mi amigo, el artista Eduardo Balanza, en donde planteaba esta misma cuestión, la muerte de las ciudades a manos de la arquitectura moderna. Las ciudades se viven en planta baja y por tanto lo que un edificio pueda aportar a una ciudad está en buena medida en cómo toca el suelo, y no tanto en cómo se eleva. Esas torres que comentas y en general los bloques y edificaciones de la arquitectura moderna han olvidado su relación con el suelo, con la calle, dando lugar en muchos casos a barrios con edificios totémicos, pero con calles abandonadas. Es el caso del barrio del Infante, la Fama o de todo el entorno de los centros comerciales en la ciudad de Murcia.

El espacio público

Lo cierto es que el urbanismo moderno está matando la ciudad, al menos esa idea de ciudad mediterránea, donde la gente hace uso del espacio público para reunirse, conocerse, entablar relaciones. Lo cierto es que las ciudades actuales lo están poniendo difícil para que el espacio público haga su papel tradicional por la suma de varios factores, uno es la propia arquitectura enajenada del suelo, sin locales comerciales, sin espacios donde la gente pueda estar, sino simplemente pasar. Pero por supuesto la muerte de la ciudad mediterránea es el resultado de una trama compleja en donde la arquitectura tiene su papel, pero también la movilidad invadida por el coche particular, o el propio modelo de ciudad que zonifica barrios y deja zonas monocultivo dedicadas al comercio, otras al trabajo y otras al dormir».

«A mediados de siglo XX una periodista y activista norteamericana llamada Jane Jacobs empezó a avisarnos de que la ciudad necesita de vida en las calles para tener sentido, a hablarnos de lo importante que era el pequeño comercio en las plantas bajas para generar esa vida, para el encuentro de las personas, para la sensación de seguridad en la calle. Urbanistas como el dánes Jan Gehl nos dieron herramientas para el diseño más humano de las ciudades, cuidando la escala de los espacios públicos, jerarquizando los espacios públicos, pensando en cosas tan tontas como colocar un banco en el lugar adecuado. Algo tan sencillo como colocar bancos en los espacios públicos es hoy en día un logro; fíjate en eso, Juanjo, busca bancos en las calles y plazas. Verás que no es fácil encontrarlos».

Percibo en Pablo no solo la convicción de que el elemento social, funcional, resulta prioritario sobre el artístico cuando de arquitectura se habla, sino también de la voluntad de poner la arquitectura al servicio de la naturaleza. Me hace replantearme la visión del arquitecto como el gran devorador del patrimonio natural. Y por eso le pregunto por los pozos de nieve de Sierra Espuña, cuyo plan de conservación le ha sido encomendado a Ecoproyecta. «El proyecto de los pozos de la nieve ha sido uno de los trabajos más bonitos que he hecho últimamente. Por un lado, por la temática, que aúna el patrimonio cultural y el paisaje, la comunicación entre lo construido y lo natural. Los pozos en sí tienen sentido dentro de un territorio, Sierra Espuña, que ha sido transformado a lo largo de la historia y ahora es uno de los parques naturales más ricos de nuestra Región tanto en recursos naturales como en patrimonio histórico. Pero, por otro lado, lo interesante del plan director ha sido la experiencia de dirigir un equipo multidisciplinar en el que hemos formado parte arquitectos, historiadores, arqueólogos, paisajistas y botánicos».

Cúpulas geodésicas

Pero lo que parece que le está granjeando la fama son esas casas de formas casi extraterrestres y exótica denominación: las cúpulas geodésicas. «Todo empezó porque una persona me encargó una pequeña escuela con cúpulas geodésicas. Tras ese encargo, que finalmente no fructificó, conecté, junto con mi amigo y arquitecto Carlos Abadía, con unos carpinteros de Yecla que construían cúpulas geodésicas en madera y surgió el primer proyecto de una vivienda en Yecla. Después surgió otra vivienda en Jumilla y ahora estamos terminando la última en Castellón. Estos proyectos de cúpulas geodésicas nos han dado una repercusión mediática que ningún otro proyecto ha conseguido. Esto es algo sobre lo que he pensado y, sinceramente, todavía no tengo claro a qué se debe. Podría ser a que es una arquitectura poco convencional y por tanto llamativa, pero lo cierto es que hay otros proyectos que igualmente son poco convencionales, pero no han tenido el mismo eco. Algo tiene la geometría geodésica que atrae, y quizá sea el hecho de que proviene de los sólidos platónicos, el icosaedro y el octaedro, que aun sin saber nada de matemáticas ni geometría, todo el mundo reconoce como figuras de la naturaleza. También parece que hay algo misterioso en estas geometrías que atrae a personas dentro del entorno de lo esotérico y que hablan incluso de 'geometría sagrada' con capacidad de curación. A mí me interesa lo científico del asunto, la rigidez de una estructura que paradójicamente es muy ligera y fácil de montar o la capacidad de ventilación natural que tiene un volumen de estas características».

Desde que hablé con Pablo parezco un jubilado: todo el día a la caza de un banco en la calle.

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