18 de mayo de 2018
18.05.2018
Espacio Abierto

Felicidad express

18.05.2018 | 04:00

El 21 de junio empieza el verano. Con olor a libertad y vacaciones, muchos niños se despedirán felices de pupitres y pizarras hasta septiembre. Más de dos meses de kit kat estival para desconectar, recargar pilas y disfrutar, sobre todo disfrutar. Así pues, ojo con los deberes y las tareas en casa, aunque sea hacer su propia cama. ¡Pobrecitos míos! Sobrecargarles puede causar estrés. También habrá que tener cuidado con castigarles o, en su versión más light, constructiva y pedagógica, ponerles consecuencias naturales, ya que podríamos provocar daños irreparables en sus autoestimas. Finalmente, al menor atisbo de aburrimiento, pongámonos en alerta máxima y preocupémonos de entretenerles con todo lo que esté a nuestro alcance, pudiendo usar el comodín de la televisión, la videoconsola o el móvil cuando nuestra creatividad, paciencia o nivel de batería estén bajo mínimos. Su felicidad debe ser nuestra máxima.

Y es que para este verano 2018 lo afectivo está de moda. No sólo eso, va a ser lo más. Trending topic. De la mano de acertadas ideas y teorías como las de Elsa Punset y su educación emocional, la actitud que multiplica de Víctor Küppers o la importancia de la autoestima de Martin Seligman y sus positivistas 2.0, entre otros teóricos de lo emocional, contamos ya con gran cantidad de tópicos personalizables que podemos usar como soluciones a la hora de afrontar muchos de los conflictos a los que nos enfrentamos en esa exigente carrera de fondo que es la educación de los hijos.

Sin embargo, algo está fallando. Paradójicamente, en pleno boom del mindfulness y de la inteligencia emocional, esos niños sin deberes, sin castigos, sin límites y sin aburrimiento no están siendo el reflejo de esa actitud que multiplica o de esa autoestima positivista que rebosa autonomía, equilibrio y felicidad. Hemos cambiado la receta y así el plato no sale bien. Algo estaremos haciendo mal cuando con cocinas más modernas, utensilios más eficientes e ingredientes más buenos y variados, el plato no sale como queremos. No hace falta ser un Masterchef para saber que si cambias las cantidades el resultado no es el mismo. Nuestras madres y abuelas cocinaban al igual que nosotros con amor, mucho amor, pero con más cantidad de respeto, dedicación y humildad. Nosotros, hoy en día, abusamos de un ingrediente tan perjudicial como engañoso: la sobreprotección. Educar entre algodones hace que el sabor no sea el mismo, que la actitud de nuestros hijos les reste y que su autoestima sea frágil y negativa.

En los 80 no estaba tan de moda lo afectivo. Aquellas infancias fueron diferentes. Nuestros veranos también. Teníamos momentos de aburrimiento, nuestras tareas (Vacaciones Santillana y cuadernos Rubio incluidos) y algunos límites con sus correspondientes castigos. Muchos hemos vivido la hora de la siesta de nuestros padres. Esas horas donde la premisa bajo ´pena de pescozón´ era estar tranquilos y no hacer ruido. De la mano de la creatividad y la imaginación hacíamos que esas dos horas de siesta se convirtieran en dos horas de diversión con el mute puesto. Sin nuevas tecnologías. Sin adicciones. Y si en la siesta éramos capaces de eso, ya sin tener que guardar silencio en la playa, en el campo o en un cuarto con un palo y una caja de cartón éramos capaces de todo. Un festival de diversión donde las horas no corrían, volaban.

En esos veranos azules lo afectivo ya estaba implícito. Ahora tenemos más teorías, más herramientas. Tantas que las aplicamos de forma incoherente. Un poco de aquí y otro poco de allá. Preocupados porque no se traumaticen o por no traumatizarnos nosotros, les evitamos todo tipo de contrariedades y malestares. Se deja los deberes en clase, los pedimos en el grupo de Whatsapp. No entiende un examen que tiene mañana, me lo estudio para ayudarle. Rompe su móvil, le compro un Smartphone mejor para que disfrute de sus redes sociales. No ordena el cuarto, se lo recojo y le regalo más cosas para que lo desordene mejor.

Los niños necesitan aburrirse, equivocarse, estar tristes o tener miedo. No es algo nuevo. Ya era así en los 80 cuando Seligman, máximo representante de la psicología positiva, dio la campanada con su «si lo único que tuviéramos fueran emociones positivas, nuestra especie habría muerto hace mucho tiempo». Y sigue siendo así ahora, con Pixar y Disney recordándonos que tan importante es conocer la alegría como el miedo, la ira, la tristeza y el asco. Y si lo dicen los de Disney, algo habrá.

En definitiva se trata de eso: sentir, probar, conocer, afrontar, errar, aprender... Regalarles la felicidad, como si de un acceso directo se tratara, es el camino rápido y fácil, pero al mismo tiempo es lo que distorsiona la receta. Enseñarles a ser felices por sí mismos seguro hará que el camino sea más largo y complicado, pero al igual que las mejores recetas, la educación de nuestros hijos es un plato que debe cocinarse a fuego lento.

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