El contenedor

Sin noticias de Carmen Bilbao

15.10.2016 | 00:09
Sin noticias de Carmen Bilbao

Es natural en este caso que tras el titular el lector se pregunte «¿Y quién es Carmen Bilbao?». 'Sin noticias' en la presente ocasión' no aventura 'buenas noticias', como dice la máxima periodística. No sé si vive o se ha convertido ya en la luz de un recuerdo hermoso para quiEnes la conocimos; no sé, por tanto, si escribir en presente o pasado, ese es el drama que expongo.

Carmen Bilbao fue la enfermera, cuidadora, alegría, es decir, la compañera necesaria del pintor Antonio Gómez Cano, la mujer formidable que ayudó a que el artista realizara una obra eterna en el último tramo del camino cuando, por fortuna, acabó (en gran medida) el abuso y el infortunio que el destino le diera en su vida al maestro. Primero vivieron juntos en un trastero un zulo más que otra cosa de una calle cercana a la de Hortaleza, en Madrid, donde el pintor tenía estudio en una pensión de estudiantes. Después se trasladaron juntos al primer piso del número 8 de la calle de la Farmacia, en el mismo escenario urbano de la capital. Eran los años setenta del siglo XX. Se habian conocido en Bilbao, en la época vasca del artista, veinticinco años antes. Ella le servía de comer en el restaurante familiar del monte Archanda, hubiera o no hubiera dinero para pagar la modesta cuenta. Antonio por entonces llegó a establecerse en el caserío de los Bilbao; allí pintó algunas piezas de un veronés espectacular.

Ronda la tragedia pensar que en Murcia, en esta tierra tantas veces agria con sus hijos, de limón y naranja, como escribiera Andúgar, el poeta de Santomera, no se pueda preguntar a nadie si Carmen vive o murió. Así de duro. Yo no lo sé y solo se me ocurre llamar a Alfonso Albacete para que pueda darme una pista. Cuando A Antonio, ya enfermo, lo trajeron a morir a su tierra natal, Carmen quedó en Madrid en total silencio. Una llamada por teléfono de un amigo le dio la noticia del fallecimiento de su compañero. Al poco vendió el modesto piso de Madrid y con ese dinero compró el viejo caserío familiar de Bilbao.

Allí fuimos a verla mi hijo Juan Pedro y yo, en enero del 2000. Todavía cabalgaba los montes con su robustez rural, sus zapatillas de paño y sus calcetas, tan vasca como la que más. Vivía franciscanamente, como fue su vida, con goteras en el caserón destartalado y modestísimo y, también, aguaceros en el alma. Ella que habia cobijado a toda una generación de intelectuales murcianos, buscándoles con afán el mejor bacalao por los mercados de Madrid para agasajarlos. Ella, diáfana y sin rencor, nos abrazó sin límites, si acaso de la memoria que ya le fallaba, lo que estimé importante para el olvido y el perdón. Su teléfono y el de sus allegados en Bilbao hace tiempo que dejaron de contestar. No sabemos nada de ella, ni siquiera si agarraron el melocotonero y el albaricoquero que le llevamos y que plantamos en el caserío aquella mañana blanda con el Guggenheim allá abajo.

Así somos, tristemente. Así de malditos son algunos imprescindibles en nuestra historia, insoportablemente.

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