Estelas en la mar

Europa ¿A quién le importa?

24.02.2016 | 04:00
Antonio Balsalobre

El Consejo de Europa ha escenificado, con tramoya y suspense incluidos, el pacto que puede evitar la salida de Reino Unido de la Unión. Con lo conseguido, ya tiene Cameron munición para defender en el referéndum la permanencia. Los demás, motivos para temer lo peor. Ha funcionado el chantaje y se consolida la ´excepción´ británica. Pero no nos engañemos, esto no es nuevo. Hace tiempo que Europa se acabó. «L´Europe, c´est fini, on a raté le coche», sentenciaba hace un par de meses el exprimer ministro francés Michel Rocard, europeísta convencido. Europa, como Capri en la canción, es un amor que queda atrás, que se esfumó. Hemos perdido el tren de la verdadera construcción europea y esa oportunidad, lamentablemente, puede que no vuelva.

Se fue el tiempo en que creímos en una Europa común, en un destino común. Los demócratas españoles siempre vieron en aquella naciente comunidad europea el marco político y económico donde afianzar y preservar nuestras libertades, secuestradas por la dictadura. El espejo donde mirarnos mientras salíamos de nuestro ancestral tercermundismo.

Luego vino la crisis económica y las políticas de austeridad con que las autoridades europeas masacraron a la población. Se rescató a bancos mientras se desahuciaba a familias sin recursos. Se recortaron derechos, creció la desigualdad y se disparó la pobreza. Apareció una crisis migratoria de dimensiones colosales que ha puesto en entredicho nuestra capacidad de acogida y nuestros valores humanos. Y ahora surge una amenaza autoritaria de países recientemente incorporados como Hungría o Polonia que socava los cimientos democráticos de la Unión. Y por si faltaba algo, la semana pasada se cedió al chantaje británico.

No es de extrañar que, así las cosas, muchos de los que creyeron se hayan vuelto agnósticos, escépticos, cuando no furibundos anti-europeos, mejor dicho, anti-unionistas, para ser más exactos. El Brexit es un reflejo más de lo que impera en nuestro tiempo. La atomización. A los fenómenos concéntricos les suceden los centrífugos. Y ahora toca la disgregación frente a la unidad. El ´out´ gana al ´in´. Lo que oímos a Camerón con respecto a Europa se lo oímos a los nacionalistas con relación a España. Si queréis que nos quedemos, dadnos lo que queremos.

La cuestión es quién paga este chantaje. ¿Y quién va a ser? Pues los de siempre: los trabajadores y sus derechos sociales. Y que nadie piense, como viene a decir Croissandeau en su columna del Obs, coincidiendo con Varoufakis, que el espectro de la desintegración no es una amenaza real. Cuando todo el mundo empieza a culpar a Europa de sus males, incluso los Gobiernos progresistas, cuando los intereses nacionales prevalecen sobre los generales, cuando se sientan precedentes de excepcionalidad, qué futuro se le puede augurar a esta Europa.

Aun así, todavía me encuentro entre los que se resisten a dejar de creer en el sueño de una Europa unida y social. Europa será lo que quieran sus ciudadanos y la correlación de fuerzas actuales (con predominio de Gobiernos neoliberales e insolidarios) la está abocando a su descomposición. Habrá, pues, que recomponerla desde premisas distintas, con Gobiernos distintos. Invirtiendo, como dice Forges, esta inercia de cada vez menos Europa y más euro. Apostando por más integración, y en ningún caso por menos.

La ayuda que reciben los hijos de los emigrantes es, entre otras, la razón esgrimida por el Reino Unido para justificar la excepcionalidad. Y no será la única. Si no, al tiempo. Este caballo de Troya terminará por socavar los cimientos sociales comunitarios porque detrás de una excepcionalidad vendrá otra, hasta reducir el sueño europeo a un mero proyecto mercantil.

Quienes más necesitamos una Europa solidaria, democrática y social deberíamos ser los primeros en defenderla, pero a estas alturas y en estos tiempos de disgregaciones, una Europa así, ¿a quién le importa?

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