Este tiempo nuestro

La dificultad de una nueva izquierda

Las últimas encuestas no hacen sino recoger el desnudo hecho de que es mucho más difícil fundar una nueva izquierda que una nueva derecha

25.10.2015 | 04:00
José Luis Villacañas

Podemos hace bien en no vincularse a IU. No es ese el motivo por el que baja en las encuestas. Nadie más allá de las clientelas propias quiere a IU. Y es lógico que así sea. Pocos desean seguir a un grupo de burócratas instalado en su cuota electoral y en sus maximalismos trasnochados. La causa del desprestigio de la guerrilla colombiana es que nadie entiende que los guerrilleros mueran de viejo y en la cama. La causa del desprestigio de IU es que todo el mundo ve que el fondo de armario del partido se sigue alimentando de los viejos dirigentes del PCE. En algo se parecen los todavía fieles a esas siglas a los que las abandonaron y colonizaron la intelectualidad española durante décadas: autocrítica, nula. Quizá esperen su momento histórico. Y quizá lo tengan, quién sabe. Pero la izquierda democrática hoy no puede pasar por esa formación. Podemos hace bien en no unirse a ellos. Esta me parece una condición para definir una izquierda democrática popular y moderna a la altura de los tiempos.

Ese no es el problema de Podemos. La clave de sus problemas reside en la incapacidad de los líderes centrales de Podemos de prolongar la euforia del éxito indiscutible en las elecciones regionales y locales pasadas. Esta incapacidad tuvo su causa en el sencillo hecho de que Podemos cerró su máquina central de listas sin tener en cuenta estos resultados electorales, blindó sus estructuras a los líderes locales y regionales, y confió la manera de seleccionar sus cuadros a sus formas internas de votación y, sobre todo, al tirón de su único líder, que lanzó un órdago a la organización imponiendo su lista cerrada. ¿Tenía derecho Iglesias a conformar una cohorte de incondicionales? No. Sobre todo si quiere que éstos reciban el refrendo de electorados tan diversos como el vasco, el gallego, el aragonés, el catalán, el valenciano y el andaluz. Al no estar relacionada esta lista con las fuerzas locales a nivel electoral, ha generado una superestructura política que no tiene otro criterio que la fidelidad personal y la amistad. Es lógico que no entusiasme al electorado.

Esta decisión no ha podido leerse como le hubiera gustado a Iglesias, como un derecho de su liderazgo. El cierre de las listas no respondió a una cierta y necesaria comprensión afectiva de la política. La épica del 15M generó un inmenso magma del que Podemos tenía que seleccionar a sus líderes. Este vínculo se elevó a sacrosanto y los juramentó en un compromiso capaz de esfuerzos ingentes. Pero participar en esta epicidad no fue la razón suficiente de la confección de las listas, como no lo fue de las formas internas de organización. Esa epicidad también la compartían los excluidos y quizá con más intensidad. Así que esa decisión se ha leído como la formación de una cohorte del líder, y esto no puede funcionar para ganar votos en la nueva izquierda. La señal que se dio fue que esa nueva izquierda democrática no estaba en condiciones de configurar una forma organizativa eficaz y diferente, pues ésta no consiste en ofrecer medios técnicos de votación electrónica. Consiste en permitir que el poder se logre desde abajo, en una lucha electoral ante la ciudadanía (las verdaderas armas propias); pero sobre todo en garantizar una cooperación entre los que han acumulado poder popular en esa lid, y en lograr una dirección capaz de manejar la heterogeneidad y la pluralidad resultante de forma cooperativa y respetuosa con la complejidad. Esa señal no se ha dado. Los vencedores de las elecciones de mayo y la estructura central de Podemos son dos galaxias que orbitan sin formar un sistema visible.

Los estratos de población que apuestan por una nueva izquierda democrática no pueden ser tratados como los estratos de población que desean una nueva derecha democrática. Podemos no puede configurarse como Ciudadanos. Los votantes de esta formación quieren la fortaleza de un líder que le inspire confianza, orden, jerarquía, decisión, seguridad, y esto, junto con su talante reformista, es lo que lanza a Rivera en las encuestas. Pero la gente que apuesta por la izquierda democrática son virtuosos políticos, su grado de exigencia normativa es muy intenso (aunque a veces no sea verbalizado ni explícito) y sólo en situaciones de entusiasmo acumulado mantienen la expectativa política. Por eso el margen de error de una nueva izquierda democrática es mucho menor que el margen de la derecha. La prueba es el PP: ha superado todos los umbrales de cometer errores y, sin embargo, ahí está, bajando lentamente. No creo ni mucho menos que haya tocado suelo, como dicen las encuestas, pero en todo caso no ha caído tanto como una conciencia ciudadana adecuada exigiría.
El entusiasmo es un bien político lábil y sólo se mantiene en la victoria. Por eso Podemos debe prever que la primera derrota pondrá a prueba su futuro con una virulencia que no conocerá ningún otro partido. Carente de funcionarios propios, carente de bases institucionales sólidas, sostenido por la épica, reciente la entropía de las asambleas, cada vez más lejanos los momentos más críticos, las deserciones de votantes iban a ser numerosas tan pronto se diera la señal de que la victoria no progresaba en escalada. Eso es lo que dicen todas las encuestas, que no hacen sino recoger el desnudo hecho de que es mucho más difícil fundar una nueva izquierda que una nueva derecha. Pero aquí se han cruzado dos errores: el primero, la decisión del partido en las elecciones catalanas; el segundo, la comprensión de que las elecciones generales son plebiscitarias y ofrecen el marco adecuado para apoyar una imagen personalista y carismática de la política, como la que ofrece Iglesias. La secuencia es peligrosa: al ser posteriores, las elecciones generales pueden recibir todos los efectos positivos, en caso de escalada, pero también todos los efectos negativos, en caso de derrota. Y estos efectos se pueden dejar sentir de forma concentrada en la persona del líder con pretensiones carismáticas y plebiscitarias.

Pero el hecho es que la estrategia de Podemos en Cataluña fue errónea, y los efectos negativos sobre Iglesias proporcionales. Seguro que el candidato no fue bueno. Y seguro que Colau no apoyó. Pero Iglesias no lo hizo bien. Se dejó ver en Cataluña con demasiada frecuencia, lo que en sí mismo no era bueno. Pero sobre todo se dejó ver con un discurso que no estaba a la altura de la complicación de la situación catalana. En todo caso, no ganó votos ni allí ni aquí. Lo que hace que Rivera gane cinco puntos en dos semanas es que su partido apareció con claridad como parte activa en el problema catalán. Eso da votos en el resto de España. Y obtuvo ese claro éxito porque supo ver que cuando la situación está en el punto de la decisión, no se puede permanecer en la indecisión. Esto es lo que hizo Podemos. Lo prueba el que Mas todavía sigue contando a sus votantes como parte del sí. Pero Podemos no podía quedarse en la propuesta de un referéndum al estilo escocés. La situación ya no está ahí. En las elecciones pasadas sólo había dos opciones: Estado catalán o Estado español, y Podemos tenía que haber dicho sí a otro Estado español. Pues el sí al Estado catalán ya lo tenía la CUP. Esto hubiera sido lo único coherente en esa situación, por mucho que un Estado español diferente pueda hacer un referéndum pactado sobre la independencia. Pero en la presente situación eso no era lo relevante. Lo decisivo era la voluntad de permanecer juntos, con otra política y otra bandera, pero juntos. Eso hubiera diferenciado su propuesta de todas las demás. Con lo que hizo, apenas se diferenciaba del PSC, y por eso se invocó de igual manera a los extremeños y andaluces. En suma, no era la promesa de una nueva izquierda popular.

La segunda cuestión es muy compleja e implica a los elementos populistas, jacobinos y cesaristas de Iglesias. Esa izquierda de cuño latinoamericano no será la nueva izquierda democrática española. Y por eso el atractivo de Iglesias no será suficiente para mantener el tirón popular. Creer que es así se debe a un defecto en la comprensión del modelo populista. Pero al margen de este asunto, está la cuestión central: una nueva izquierda democrática sólo puede ser federal, algo que los modelos que inspiran a Iglesias no entienden. Esto es letal. El único voto asegurado de Podemos era el que logró en las elecciones regionales y locales, y su problema reside en que no ha sabido garantizar la fidelidad de ese voto. Por ello no ha logrado crecer en estos meses. Pero una fuerza emergente „como sabía bien Maquiavelo sobre los principados nuevos„ si no crece, cae. La cuestión decisiva es que ni el PSOE ni IU crecen, lo que significa fundamentalmente que Podemos desmoviliza a sus seguidores. La politización que se había forjado entre la ciudadanía se desactiva poco a poco. Un aumento del 5% del electorado en las próximas generales, como dicen las últimas encuestas, no es el tipo de crecimiento que permite iniciar una época caliente, de esas que conducen a reformas sustantivas en la constitución de un país.

Podemos tiene todavía tiempo. Primero, porque dos meses son muchos días para recomponer su mensaje. Y segundo, porque solo los más optimistas pueden ver despejado el horizonte de crisis. Lo mejor que puede pasar es que Podemos se constituya en el núcleo de la nueva izquierda democrática y que juegue en el medio y largo plazo. Pero aquí sigue siendo verdad que solo un político que conoce su pueblo puede dirigirlo, y que lo peor para esa empresa de conocimiento es tener modelos rígidos y ajenos. Una nueva izquierda democrática surge de afectos y sentimientos, desde luego, pero también de evidencias racionales, de estrategias pragmáticas y de argumentos de legitimidad. Y hay tantos déficits en nuestro Estado, de su constitución política, institucional, económica y social, que sería bastante culpable no proponer a la ciudadanía alternativas solventes y construidas sobre evidencias, capaces de atender los intereses materiales, culturales y simbólicos de la mayoría de la población.

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