Estelas en la mar

Un murciano en Barcelona

«Todo a mi alrededor, sentado en las Ramblas, rezuma tranquilidad. No percibo ninguna tensión especial, ningún atisbo de ambiente prerrevolucionario"

08.10.2015 | 23:26
Un murciano en Barcelona

Esbozo este artículo sentado en una terraza en las Ramblas. Y mientras veo pasar ante mí un río humano de gente de toda procedencia y condición, y oigo hablar a mi alrededor lenguas de aquí, de allá, de los confines de la tierra, caigo en la cuenta de que me encuentro en un territorio, una región, una nacionalidad, un país, una nación, ¡qué sé yo! en que casi la mitad de la población quiere proclamar de aquí a unos meses una declaración unilateral de independencia.

Sin embargo, todo a mi alrededor rezuma tranquilidad. No percibo ninguna tensión especial, ningún atisbo de ambiente prerrevolucionario. Ninguna efervescencia política que vaya más allá de la normal. Sólo las esteladas que cuelgan de algunos balcones, junto a algunas pancartas pidiendo independencia me recuerdan lo que está en juego. Por cierto, que si las contamos, vemos que es éste otro ´referéndum´ que los nacionalistas no han terminado de ganar.

Los catalanes siempre me han parecido gente discreta, educada y tranquila. No hay nadie a quien se le pregunte algo por la calle que no conteste en castellano o se explaye dando explicaciones. Aunque tenga que recurrir al tópico, no me duele decir que en muchas cosas siempre han sido más ´europeos´ que el resto. No hay más que ver sus pueblos, sus calles, su industria? Además, no asustan, porque son más persuasivos que impulsivos. Por eso Rajoy cree, pero se equivoca, que puede mantenerse indefinidamente en el inmovilismo. Que puede enrocarse en sus posiciones y dar de vez en cuando alguna coz sin coste alguno (la reforma del Tribunal Constitucional ha sido la última). Frente al ´español que embiste´, el catalán español busca persuadir, y si es nacionalista, convencer de sus quimeras, de su historia reescrita, inventada, idealizada, imaginaria. Pero lo hace intentando convencer. Y se toma su tiempo.

Por utilizar un símil castizo „y quién sabe si ya fuera de tiempo„, el español es el toro y el catalán nacionalista el torero que lo esquiva, que lo lleva para aquí, para allá, y por arte del birlibirloque lo hace entrar por el pitón derecho (Aznar) o lo cita al natural (Felipe González y Zapatero). Y que espera su tarde de gloria en que dará la estocada de la independencia.

También me parecen los catalanes gente reflexiva, por lo que no termino de entender cómo han podido, tantos y en tan poco tiempo, dejarse embaucar por los cantos de sirena de Mas o Junqueras. Puede que la deriva independentista no sea tal, y en el fondo, para el votante, sólo sea un tacticismo con el que conseguir más autogobierno (que a fin de cuentas es más independencia). Si antes lo hicieron ´colaborando´ con los Gobiernos de Madrid, toca ahora, cerrada esa puerta, explorar otras vías. ¿Realmente alguien se cree, empezando por ellos, que se den actualmente las condiciones ´objetivas´ para una secesión?

Lo cierto es que tras el fatídico 62 (que ha venido a complicar más las cosas) aquí no se percibe ningún ambiente de proclamación de nada. Se respira más bien un aliento espeso a resaca, tras una borrachera electoral con vino peleón. ¿Dónde están los ganadores del ´referéndum´? Y si ni Mas ni Junqueras tienen visos de ser presidentes del germen del nuevo estado catalán, el primero vetado por los anticapitalistas de la CUP, y el segundo por los capitalistas de Convergencia, ¿quién lo será entonces? ¿El que iba de florero como número uno en la lista de Junts pel Si? ¿Romeva? ¡Vaya galimatías! El marrón, mira por dónde, lo tiene la CUP, cuyo electorado se debate estos días entre el amor a la madre independencia y la fideldad al padre anticapitalismo.

Pero no nos engañemos. Es verdad que esta victoria amarga y pírrica del independentismo no es, de momento, el principio de nada, pero sí la continuación de algo. De un largo camino que abocará irremediablemente en la ruptura, en la independencia, a no ser que el resto de España deje de ´embestir´ y empiece a utilizar las armas del que quiere mantener en su seno: las de la persuasión y la seducción.

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