Apuntes

Hijo de Maravillas

17.09.2015 | 04:00
Antonio Abril

Y de Ramón, todos ellos de Cehegín. El primero, torero desde el pasado lunes, día 14, teniendo como padrino a El Juli y de testigos a Perera y a miles de personas, cientos llegados de su tierra natal, a los que encogió el alma y llenó de orgullo.

Yo también sentí lo mismo y no, no me van a quitar el placer, ni los que están en contra o a favor de las corridas de toros, del sentimiento ni de la emoción que el joven de Cehegín desplegó y transmitió sobre el ruedo de arena caliente de la Vieja Condomina. No me van a robar la satisfacción de haber visto la estilizada y bellísima estampa del torero llegado de las duras tierras del Noroeste murciano, tomando la alternativa con la ilusión nerviosa del que estrena la que puede ser la proyección de su vida y la recompensa para unos padres luchadores que han buscado ayuda en este mundo y en el otro. Al fin y al cabo, Maravillas tiene conexión casi directa con Dios, a través de la Patrona del pueblo, a la que ella acude y cuida, en el Convento de los Franciscanos, yo creo que a diario y que, en su vuelta a su Santuario, no pudo acompañar, para estar en el gran acontecimiento de su hijo.

Y a sus padres les correspondió la nobleza del hijo, ofreciéndoles el primer brindis de su carrera. Si fuerte fue el aplauso que recibió en la cariñosa ceremonia de la alternativa, la plaza se cayó cuando Antonio Puerta se dirigió a ellos para iniciar la faena. No, no me pueden hurtar haber contemplado el hermoso gesto del hijo que colma de gratitud a los padres. Tampoco me podrán privar de haber visto a un elegante Pepín Liria, maestro de los que se inician en este arte, sufriendo, padeciendo y gozando cada momento, cada lance de Antonio quien, su en generosidad, le dedicó su segundo astado. Puerta no defraudó. Se dejó el cuerpo y el alma, en el gran sueño de su juventud. Una actuación honrada, valiente, de entrega total, robando el protagonismo a dos de los grandes de la fiesta. Al día siguiente, portadas, crónicas y fotografías plasmaban la humanidad y torería del joven ceheginero, acompañado por la hermosa sinfonía de unos paisanos que tocaron palmas y cantaron su nombre. Y en mi corazón, un latido y un sentimiento, el ceheginero mayúsculo que me desbordaba ese trallazo de cal pura, que clamaba el desaparecido y buen poeta Lorenzo Fernández Carranza, atravesó también lo más hondo de las entrañas de los cehegineros que estábamos allí presentes, con su alcalde actual, José Rafael Rocamora y el anterior, Pepe Soria, o el presidente del Club Taurino de Cehegín, todos orgullosos de tener un pueblo que pare gentes tan grandes como Antonio o Pepín.

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