Al Azar

Jon Stewart, informar a carcajada limpia

12.09.2015 | 01:26
Jon Stewart, informar a carcajada limpia

La mayor revolución informativa del último siglo no corresponde sorprendentemente a la RTVE norcoreana de Kim Il Rajoy. El título está reservado para el cómico norteamericano Jon Stewart. Durante casi dos décadas al frente de The Daily Show, se ha dedicado a informar a carcajada limpia. Pese a su esfuerzo humorístico, la audiencia se lo tomaba muy en serio, hasta convertirse en la principal y casi única fuente informativa para el segmento decisivo entre 27 y 54 años de edad. (Puede confesar que a usted le sucede lo mismo con el Gran Wyoming, no hay ningún presentador de telediario burocrático escuchando). La comparación de Jon Stewart con David Lettermann en el apartado de magazines se ha intensificado porque ambos apellidan Show a sus programas, que además han abandonado simultáneamente.

Sin embargo, el innovador de las madrugadas contaba con un precursor de la magnitud de Johnny Carson, a quien se limitó a proyectar hacia la postmodernidad. Stewart se adentró en la terra incógnita de la rabiosa actualidad sin mapas ni más precedente que las homilías engoladas y engominadas de los cien hijos de Walter Cronkite. A cambio, comparte con Lettermann la feroz inteligencia que le permite pilotar sus raptos de audacia. Ambos se enfrentaron al dilema de informar distendidamente sobre el 11S, y salieron airosos del envite. La pregunta clave plantea si Stewart entronca con el periodismo. Más le vale al periodismo, en España se puede repetir la incógnita respecto a las obras completas de Umbral, que presumía de ser el único periodista que nunca había dado una noticia. Sin embargo, sus crónicas distorsionadas iluminaban la política con una claridad más allá de los analistas con barba.

La influencia capital de Stewart se mide en la cifra de seguidores y, sobre todo, de imitadores. El conductor que aparenta tomarse a risa la agenda política aporta hoy un ingrediente capital a la parrilla de todas las cadenas. En lugar de acomodarse, el director del Daily Show arriesgó cada vez más. No fue avaro con su talento, el rasgo egoísta típico de los directores de programas. Fue generoso al apadrinar la carrera cinematográfica de Steve Carrell, la proyección del inglés John Oliver a un programa similar en la HBO o la entrega del trono de Lettermann a su lugarteniente Stephen Colbert. El irreprensible Stewart contó con la ayuda de la ultramontana Fox, pero dirigió sus dardos más envenenados contra una extraña diana. Él mismo.

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