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Ramón Jiménez Madrid

Nunca escribo de temas políticos porque cedo la palabra a personas más curtidas en el complicado engranaje de las tramas y corrientes alternas, en las intrigas, hipótesis y conjeturas (que es parte de la ciencia ficción por la que nunca he sentido inclinación), en un panorama en donde es preciso tener información, documentación y paciencia para desentrañar los muchos misterios que salen de las sedes de los partidos (no hay peor enemigo que la propia cuña), garitas o sedes (que luego hay que pagar), de las maquinaciones de los gerifaltes de antaño y de ogaño, de las triquiñuelas que hay que hacer para sobrevivir en los sillones de alcurnia y de las mil maniobras envolventes (Maquiavelo en la esquina) al que conlleva el arte de disponer de los dineros de la res pública. Incluso de las muchos movimientos que hay que hacer -sobre todo si no cuentas con parientes que te coloquen a la manera de Sarkozy en el país vecino o de un sobrino en terreno cercano- para quitarle el sillón a los muchos competidores que se acercan al fuerte olor de las ventajas que reporta participar en los altos cargos (sueldos alejados de los mileuristas, a años luz de los pensionistas y cercanos a la presidencia de Gobierno) que proporciona estar en el escalafón político. Observo sin embargo, en la actualidad, tanto a nivel regional como nacional, que hay como un velo que impide tener la conciencia de que todo sea cual expresan los que mandan y dicen los que están fuera. Como si se vivieran realidades distintas y tan distantes que no fuera la armonía lo que prevaleciera.
Los que mandan dicen que no se les debe juzgar a todos con el mismo patrón, que por cuatro golfos (la verdad es que últimamente se estira la escala tanto que va a ser posible llegar a las alturas celestiales) que saquen comisiones, trajes, regalos, recalificaciones, no todos van a ser iguales, aserto en el que le doy la razón. Entre ellos, siguen diciendo, predomina la gente que está en el juego político porque siente la vocación de echar una mano al servicio de la comunidad, algo interior que los lleva a intentar mejorar el bien del ciudadano, que es como un impulso que no pueden contener. Un deseo de velar por los principios generales y puntuales de todo un pueblo que reclama su participación. Y que patriotas, se dejarían la última gota de sangre (suele acudir a los tópicos, que suelen ser dichos consagrados y a lugares comunes) por salvar a la patria, ahora incluso en peligro de que le retiren los créditos internacionales por la bancarrota que nos cerca y aprisiona. Y añaden un montón de cosas que no te queda más remedio que aceptar que efectivamente, no son todos unos golfos, acaso una buena parte la que se deja llevar por la ambición, por el trinque, por el negocio íntimo o por la promoción individual.
Y lo que afirman los otros, los que nada tienen que ver con las poltronas ni los consejos de administración, es que todos nuestros altos cargos son unos vendidos, que todos tienen un precio, que no hay sino poner la tentación en el cogote para que se coman todas las alcachofas, acepten todos y los muchos regalos que le manda el personal de toda alcurnia para conseguir buenos contratos y que tarde o temprano, sólo hay que esperar, ha de salir a la luz las sombras oscuras de todo dirigente. Que incluso es malo que no brille trapo sucio alguno, prueba de que la democracia todavía no le ha hincado el diente a los sacian sus afanes. Que todo el mundo, sigue diciendo la plebe de los políticos, tiene un precio y que tarde o temprano acaban sucumbiendo al encanto de la pasta fácil, al juego divertido de la especulación, al mecanismo complicado (sobre todo de constatar) de la comisión.
Un divorcio, pues, rotundo entre unos y otros, entre nuestros dirigentes y la plebe restante en la que estamos muchos más. Unos, los primeros, se preocupan pero tratan de pasar página cuando asoman los diputados -de uno y otro partido- que andan enredados en turbios negocios; y lo mismo cuando caen alcaldes -de aquí y de allá- que compran concejales para conseguir la mayoría o que han de pasar por chirona para darle los buenos días a los guardias que en otro momento tuvieron a su cargo; cuando salen asuntos oscuros en coches de ojos suntuosos, relojes de precisión, concesiones de urbanizaciones y los mil y un asunto que procede de la parte alta.
Del graderío bajo no sale sino el desaliento y el insaciable combustible de la cólera inmediata, la sensación de que los otros prosperan para poder engañar, de que han escalado puestos para dar salida a su desbordada ambición, a esa que nació cuando tenían cortos los incisivos, breves los años. Ganas de no votar ni a unos ni a otros en las próximas elecciones, de ensalzar la figura de los que pasaron (Felipe González, Adolfo Suárez) convertidos ahora en personal de primera calidad, en estrategas, al lado de quien no sabe (y va por Zapatero y Rajoy), incapaces de ordenar su propia casa. Uno porque no hay manera de llegar a fin de mes y el otro porque deja que los menores (que se le suben a la barba) le muevan los muebles alborotando el parqué. Los de arriba, condescendientes, piden calma, como Casillas para su Madrid. Los de abajo, desanimados, se quedan sin paciencia para aceptar tanto chanchullo y yo, entre los unos y los otros, me decido por una vez a meter el dedo en la llaga. Porque en las próximas elecciones....

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