La Murcia que se nos fue

De fiestas, santos y epidemias

03.02.2016 | 08:28
Alberto Castillo

CONVOCATORIA DE LAS FIESTAS DE PRIMAVERA
Había un festejo en Murcia que, como tantas otras cosas, se ha perdido incluso de la memoria colectiva y ya nadie recuerda que en estos días de las fiestas de la Candelaria y san Blas se hacía una cabalgata alegre y colorista por las calles de la ciudad para anunciar la cercanía de las Fiestas de Primavera. Es cierto que este festejo desapareció hace muchos años y eso ha sido otro impedimento para que se conozca en nuestros días. Se estuvo celebrando, de manera fija, antes de la Guerra Civil y ya, posteriormente, salió algunos años hasta desaparecer. Tenía lugar coincidiendo con las fiestas del barrio de Santa Eulalia y salía, a primeras horas de la tarde, desde la Glorieta para recorrer gran parte del centro de la ciudad y acabar, eso era obligado, en la plaza de Santa Eulalia en medio de la popular fiesta en honor a la Candelaria y san Blas.

Conocemos la composición de una de sus últimas salidas: «Grupos de hachoneros del Entierro de la Sardina que junto a una banda de música abrían el cortejo. Tras ellos una gran cantidad de coches de caballos que iban tripulados por miembros del Casino de Murcia con su bandera. Otro coche era de la Asociación de la Prensa que, casi siempre, iba adornado por un gran escudo corporativo de los periodistas con exorno floral. Asimismo, sacaban coches de caballos el Casino Carmelitano, Círculo de Bellas Artes, Círculo Mercantil, Cámara de Comercio, Junta Central Sardinera y Junta del Bando de la Huerta. Entre los coches de caballos participaban grupos y rondallas que llenaban de música y bailes típicos de la huerta toda la ciudad. También, algunos años, participaban dos carrozas una de los huertanos del Bando y la otra del colectivo sardinero. Asimismo, desfilaban cinco o seis bandas de música. Una abriendo y otra cerrando el festejo». Al llegar a la plaza de Santa Eulalia, tras un recorrido nunca inferior a tres horas, había bailes populares. De esta manera, nuestros bisabuelos y abuelos, anunciaban a la ciudad que las Fiestas de Primavera se iban a celebrar un año más. Una pena que esta cabalgata se haya perdido y lo que es peor que nadie la recuerde.

LA DEVOCIÓN A SAN BLAS EN MURCIA
Las raíces en Murcia del culto a san Blas (obispo de Sebaste en Turquía) se remontan a la conquista de Murcia por parte de las huestes catalano-aragonesas de Jaime I, don Jaume el Conqueridor, que entraron en esta ciudad el día 3 de febrero de 1266, precisamente en la festividad de San Blas y por la denominada Puerta de Orihuela. La ciudad se había rendido a don Jaime el 26 de enero después de un asedio a los territorios de Murcia que habían comenzado en el otoño del año anterior. Muchos años después de la conquista, en 1392, azotada la ciudad por la llamada «peste de anginas», lo que hoy conocemos como difteria, los murcianos volverían a invocar la protección del santo. El santo obispo de Sebaste es ´abogado´ contra los males de garganta desde el mismo momento que, según la tradición, salvó a un niño de morir ahogado con una espina de pescado. Desde ese milagro atribuido al santo (siglo IV d.C.) se tiene a san Blas como patrono contra los males de garganta. Bien, volvamos a la devoción en Murcia. Tras las plegarias y rogativas que la ciudad, con el obispo a la cabeza, hizo para que intercediera y curara a los murcianos de esa terrible epidemia del mal de garganta, dieron su fruto y las muertes cesaron.

A partir de ese momento, el Concejo hizo voto perpetuo de acudir cada año al convento trinitario y después a la ermita que se levantó dentro de los muros de la ciudad, donde recibía culto el santo, en acción de gracias por la curación de los murcianos. A partir del siglo XVII, la Orden Trinitaria se encargará de venerar a San Blas hasta el extremo de que en la conocida como Capilla Mayor se reprodujeron diversas escenas de la vida del obispo de Sebaste. El viejo convento de la Trinidad fue saqueado en 1835, tras la desamortización de Mendizábal, y el culto se trasladó a la cercana parroquia de Santa Eulalia, donde todavía hoy se siguen celebrando las fiestas en su honor. Son estas las más antiguas de la ciudad y se mantienen inalterables con el paso de los siglos, aunque, del voto perpetuo de agradecimiento por parte del Concejo, ya nadie se acuerde.

LA EPIDEMIA DE CÓLERA Y EL SEPULTURERO MATAGATOS

  • En la primera mitad del siglo XIX, Murcia sufrió una de las peores epidemias que ha padecido a lo largo de su historia. La del cólera de 1834 causó numerosas bajas entre la población y dejó sumida en la ruina a toda la provincia. La epidemia se había declarado en España un año antes, en 1833, con unos primeros casos detectados en Ayamonte. De ahí se tienen noticias que pasó a la zona de Extremadura: Olivenza, Badajoz, Cáceres y ya, más tarde, las muertes por cólera se contabilizaron en Huelva, Sevilla, Cádiz, Málaga, etc. A nuestra tierra llegó, concretamente, un año después, en el mes de junio. Curiosamente, las primeras víctimas mortales en Murcia fueron una mujer que presenciaba la procesión del Corpus y la de un soldado de Cartagena que en unión de su Batallón cubría la llamada ´carrera´ de la procesión eucarística. Ambos fallecieron en la calle en día tan señalado. Fue tal la virulencia de la epidemia que, el día 28 de ese mes, dieron comienzo las funciones eucarísticas y las procesiones de rogativas para pedir la intercesión divina. El manto de la Virgen de la Fuensanta se colocó en la torre de la Catedral para conjurar la enfermedad. El de la Virgen del Carmen también fue colocado en su iglesia y lo mismo se hizo con el de la Virgen de los Remedios. El día 5 de julio se decidió sacar en procesión de rogativa la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno titular de la cofradía del mismo nombre. Como todo esto no surtía efecto, el domingo día 9 el obispo ofició una solemne misa en la Catedral, concelebrada por gran número de sacerdotes de la Diócesis y, por la tarde, la ciudad, quedó paralizada con una magna procesión de rogativa con las imágenes de San Roque, San Antonio, San Sebastián, el arca con las reliquias de San Fulgencio y Santa Florentina, la Virgen de la Fuensanta (que había sido traída a la Catedral con el fin de que los murcianos la tuvieran presente durante la epidemia) y la venerada imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno. De nada sirvió todo el ritual eclesiástico pues el cólera seguía causando estragos entre la población. Hablan las crónicas que la ciudad quedó despoblada y solo sacerdotes, justicias y autoridades quedaron en ella para lo que fuera necesario hacer. El pueblo huyó en desbandada general buscando cobijo en otras tierras, pueblos y localidades donde se pensaba que la incidencia de la epidemia era menor. Pero las muertes no cesaban. El día más triste y luctuoso fue, precisamente, el 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen. En esa jornada falleció el Corregidor de la ciudad José Enjuto; el canónigo Jesualdo Aguado, responsable por designación del obispo de toda la liturgia durante la epidemia, y además se contabilizaron trescientas personas fallecidas en ese mismo día. Se improvisaron hospitales en casas particulares, como fue el caso de la conocida como ´Torre del Deán´, Palacio de los Riquelme o el del Marqués de Espinardo. La epidemia, asimismo, trajo la ruina económica a miles de familias y ahí estuvieron personas como José Zarandona y Prieto, Diego Melgarejo o Antonio Fontes Abad, que ordenaron repartir diariamente veinte fanegas de trigo entre la población o incluso elaborar grandes ollas con caldo y comida que daban a todos los que demandaban ayuda. Si bien no hay una estadística fiable, hecha en la época, si tenemos noticia de los fallecimientos en las actas capitulares y en las del Concejo que contabilizan diez y doce mil muertos, respectivamente, por efectos del temido cólera. La epidemia tuvo un mayor contagio en toda nuestra zona pues, los justicias, tuvieron que perseguir a muchos que arrojaban los cadáveres de sus familiares al cauce del Segura e incluso en las acequias al objeto, pensaban, que el río los llevaría cauce abajo hacia Guardamar y que se perderían en el mar con lo cual el riesgo de contagio sería menor. Es cierto, también, que no quedaron lugares de enterramiento e incluso se utilizaron las tierras arrendadas para dar sepultura a los difuntos. Un remedio, que se pensaba, podía ser un buen medicamento para frenar la virulencia de la enfermedad fue «la leche de pepino hervida». Lógicamente, aquel remedio huertano y casero no surtió efecto alguno y pese a que muchos lo tomaban, aquel brebaje, no sirvió para nada. Y aquí, en esta época de desolación que Murcia padecía, es donde aparece la figura del sepulturero mayor apodado ´El Matagatos´. Este personaje, sin escrúpulos, se aprovechaba del desconcierto de la población y del desorden a la hora de los enterramientos para saquear, literalmente, todos los cadáveres sin importarle a lo que parece que, estos, estuvieran infectados por la enfermedad. Era tal el número de cuerpos que llegaban diariamente al cementerio que quedaban amontonados en espera de sepultura a lo largo de toda la jornada. Por la noche, El Matagatos, aprovechando su cargo de sepulturero mayor entraba en el recinto donde esperaban, apilados, los cadáveres y los despojaba de aquellas ropas que todavía eran útiles, así como también de anillos, pendientes, collares, cadenas o cualquier alhaja que llevaran encima. Pero estos robos fueron descubiertos y El Matagatos fue conducido a prisión. Los justicias quemaron todo el botín confiscado, sus pertenencias personales y hasta su propia casa en el cementerio, ya que pensaron estaría infectada con los enseres de tantos cadáveres. Se celebró un juicio rápido, no estaban las cosas para perder el tiempo, y se le condenó a treinta años de presidio. Dada su edad, este siniestro personaje murió en la cárcel privado de libertad.


DEVOCIÓN A SAN BLAS EN LA RIBERA DE SAN JAVIER
Fueron también los Trinitarios, primera orden religiosa que se asentó a orillas del Mar Menor, la que propagó en el siglo XVI la devoción a San Blas. En los numerosos escritos que hacen referencia a los orígenes encontramos estos apuntes: «San Blas, en el núcleo de La Ribera, es la población más antigua del actual municipio de San Javier y anterior a esta población capital de aquel. Actualmente la ermita de La Calavera está bajo el patronazgo de San Blas, que ha sustituido al patronazgo que tenía San Juan. Es posible que se trate, en un tiempo, de dos ermitas que al desaparecer una, la de San Blas, se llevara la efigie de este Santo a la más próxima que sería la de San Juan de la Calavera, acabando por olvidarse el primitivo patrono sustituido por el culto de la nueva imagen».

La población de San Blas se encontraba situada en la zona conocida en siglos anteriores por La Calavera, un paraje que actualmente se encuentra dentro del núcleo urbano de Santiago de la Ribera.
En este lugar se asentó la Orden de los Trinitarios en el siglo XVI, levantando casas y ermitas. Del asentamiento de los frailes, que tenían como único fin la redención de cautivos en manos de los moros y berberiscos, viene la propagación del culto a san Blas que al tratarse de monjes que, en su mayoría, procedían del convento de Murcia donde se rendía culto al santo obispo llevaron, hasta las orillas del Mar Menor, la misma devoción que profesaban en su convento matriz.

AÑOS DE DISPUTAS Y PROBLEMAS ENTRE OBISPO Y CABILDO DE LA CATEDRAL
El siglo XVIII en Murcia, conocido por muchos como el siglo de oro del viejo reino, se caracterizó también por diversas disputas y problemas entre el Cabildo de la Catedral y el titular de la Diócesis de Cartagena pues, a la mínima, surgían los enfrentamientos entre obispo y canónigos.
El origen de estas disputas lo encontramos ya en el mes de febrero de 1709. Los hechos tuvieron tal gravedad que el Concejo de la ciudad tuvo que tomar cartas en el asunto. Todo comenzó con la llegada a Murcia, repentinamente y sin avisar, de los obispos de Almería y Orihuela acompañando al electo de Segorbe que venía a ser consagrado aquí. El titular de la Diócesis de Cartagena, Luis Belluga y Moncada, ordenó que repicasen las campanas de la catedral anunciando la llegada de estos ilustres visitantes. El cabildo se opuso a ello y el deán, ante la negativa, le quitó las llaves al campanero. Este fue el chispazo que encendió la mecha pues, canónigos por un lado y sacerdotes de la Diócesis por otro, se enzarzaron en una multitudinaria pelea que fue de tal magnitud que, el Concejo de la ciudad que se encontraba reunido, tuvo que levantar su sesión para que el Corregidor se personase, acompañado de justicias, en la Catedral al objeto de imponer la paz entre ambos colectivos. Este encontronazo se tiene por el primero de los muchos que se sucederían con el transcurrir de los años entre el cabildo Catedral y el titular de la Diócesis de Cartagena.

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