La Murcia que se nos fue

La luz y la conjura de la langosta

La costumbre de salir a cenar para despedir el año y, posteriormente, tomar las uvas a los sones de las doce campanadas se fue implantando en la ciudad de Murcia a partir de los años veinte del pasado siglo

29.12.2015 | 13:49
La luz y la conjura de la langosta

LA NOCHEVIEJA DEL CASINO CON EL HIMNO DE RIEGO
La costumbre de salir a cenar para despedir el año y, posteriormente, tomar las uvas a los sones de las doce campanadas se fue implantando en la ciudad de Murcia a partir de los años veinte del pasado siglo. Encontramos documentación al respecto de establecimientos, ya desaparecidos, donde se ofrecía la cena, el célebre cotillón e incluso baile por el módico precio de ocho pesetas. Claro que, en aquellos años, ese ´dineral´ no estaba al alcance de todas las economías y eran las familias más acomodadas de la sociedad las que abandonaban sus hogares para trasladarse a los salones de hoteles, preferentemente, donde se celebraban estas cenas. Curioso también que el precio variaba si los comensales elegían sidra, más barata, o champan, bastante más caro, y considerado ´artículo de lujo´.

Entre las más famosas cenas de la época estaban las del hotel Amat, en la calle de Trapería esquina Montijo. Las del Nido en calle Jara Carrillo. El Hotel Victoria y las del Hotel Patrón frente al Casino. Se celebraba otra fiesta que gozó de justa y merecida fama en el Circulo de Bellas Artes, menos aristocrática si se quiere, pero donde se daba cita toda aquella feliz bohemia de la Murcia de comienzos de siglo.

Acudían a esta Almela Costa, Joaquín, Perico Flores, Clemente Cantos, Luis Garay, Antonio Garrigós, Sánchez Picazo, Julián Alcaraz, etc. Aparte del ambiente mucho más desenfadado y menos encorsetado que en otras fiestas de fin de año en esta, aquellos artistas, donaban alguna de sus obras de pintura o escultura que a lo largo de la velada se sorteaban entre los asistentes con un número que llevaba la entrada a la fiesta de fin de año. Conozco, y he visto, un precioso cuadro de Luis Garay en poder de una familia murciana que en aquellos años le tocó al abuelo en uno de esos sorteos de Nochevieja. Una verdadera preciosidad hoy con un valor económico extraordinario.

También merecen especial mención las funciones teatrales que se programaban en el Teatro Romea donde, todos los años, se representaba alguno de los éxitos que recorrían los escenarios de España para, aprovechar, y tomar las uvas a los sones de un carrillón que se instalaba sobre las tablas del emblemático teatro murciano. La función comenzaba sobre las once de la noche para hacer coincidir algún entre acto con las campanadas. Previamente, a la entrada, se habían repartido bolsitas con las doce uvas a cada uno de los espectadores y, cuando faltaban cinco minutos para que dieran las campanadas, la representación se detenía. Salía toda la compañía y tomaban las uvas con los espectadores. Acto seguido, si los actores no ponían pegas al respecto, bajaban por la boca del escenario y se mezclaban con el público al que regalaban abrazos, besos, sonrisas y bromas. Sobre las doce y cuarto continuaba la representación como si nada hubiera ocurrido. Eso sí, casi siempre, se programaba alguna comedia, zarzuela o revista. Tampoco era plan de representar un drama calderoniano en noche tan alegre y especial. Pero quizá la fiesta más deslumbrante y atractiva para la aristocracia murciana era la que se celebraba en los salones del Casino de Murcia en la calle de Trapería.

Con un salón Luis XV bellísimamente decorado para la ocasión y con el patio pompeyano convertido en un improvisado salón palaciego con candelabros y decenas de velas, cortinas y tapices, los empleados vestidos de época y el lujo como nota más destacada. A esta fiesta, en lugar tan emblemático, asistían las clases sociales más acomodadas que aprovechaban la noche para presentar a sus hijos en edad ´casadera´, lucir las mejores galas e incluso aprovechar para hacer tratos y negocios. Era, como queda dicho, la del Casino, la fiesta de las fiestas, dándose el caso, también, que mucha gente se agolpaba a sus puertas para ver entrar a aquellas familias con galas deslumbrantes que, más tarde, serían la comidilla de toda la ciudad. Y fue precisamente en ese escenario donde tuvo lugar la anécdota que da pie al título de esta noticia.

Existía la costumbre que, nada más dar las doce campanadas, la orquestina arrancaba la noche con los sones del Himno Nacional momento que se aguardaba con gran silencio y respeto. Era la forma que tenían de ´entrar en el año nuevo´ dedicando sus primeros minutos a España y rindiéndole homenaje. Después ya comenzaban polkas, valses y mazurcas que duraban toda la noche hasta la salida del sol. El año 1931, tras proclamarse la República en el mes de abril, la Nochevieja del Casino se vio igual de concurrida que en años anteriores. Para nada, el radical cambio político de monarquía a república, impidió que faltaran a la cita lo más granado de la sociedad murciana. Esa noche, la orquestina, obedeciendo órdenes de los directivos del Casino y para no herir susceptibilidades cambió la partitura del Himno Nacional por la de un pasodoble. Así nada más acabar las doce campanadas arrancaron con las notas de la alegre partitura, imaginamos que el público también estaba expectante para ver que ocurría ya que el Himno Nacional del periodo monárquico estaba prohibido.

En ese momento una familia, que asistía al cotillón, comenzó una airada protesta por que la orquesta no estaba tocando, como era costumbre, el Himno Nacional español que era, lógicamente, el conocido como Himno de Riego. Se hizo el silencio. Momentos de desconcierto, pero el director de la orquestina atacó la partitura y el Himno de Riego, que era entonces himno nacional de España, comenzó a sonar. Se recrudecieron las protestas. Numerosas personas abandonaron airadas el salón de baile e incluso salieron a protestar a las puertas del Casino en la calle de Trapería. Total, que apenas diez o doce personas se quedaron escuchando respetuosas el himno de la República. Eso sí, pasados aquellos momentos de tensión política, cada cual volvió a su sitio y el baile continuó hasta el amanecer como era costumbre en aquellas veladas de Nochevieja sin que se registrara ningún otro incidente. Como si nada hubiera ocurrido.

PLAGA DE LANGOSTA
En el libro de actas capitulares de la ciudad de Murcia leemos que el día de la Virgen del Carmen 16 de julio de 1756, la ciudad, sufre una terrible plaga de langosta que obliga a hacer rogativas para que desaparezca. «A dieciséis días del mes de julio pasa por esta ciudad tal plaga de langosta que no se había visto pues estuvo pasando sobre nosotros desde las nueve de la mañana a las cuatro de la tarde. Era más espesa que cuando nieva. Ha venido desde la parte de Andalucía y hacía su fin por Levante». Se conjura desde la torre de la Catedral con el Santísimo Sacramento y repique de todas las campanas. Al tener noticia de la llegada de la plaga, el domingo anterior, se realizó una procesión general con san Agustín y se conjuró a la langosta desde un tablado que se levantó en el Arenal junto al río. Según las noticias que tuvo en su momento el Concejo, la plaga que causó enormes destrozos en la huerta, había entrado desde Portugal a Extremadura y de allí a Andalucía.

AQUELLA NAVIDAD DE 1778
Varias noticias llaman nuestra atención en aquellos días de diciembre. En primer lugar, que el domingo día 20, el Corregidor de Murcia, hizo colocar en el final del primer tercio, primeras piedras del Malecón (conocidas hoy como las cuatro piedras) cuatro canapés o asientos de madera labrada para que «los paseantes que hasta allí se lleguen» puedan descansar de tan larga caminata desde la ciudad. Por otro lado, la Nochebuena aquel año tuvo una ´curiosa´ prohibición: Las autoridades civiles y religiosas prohíben que «se pidan aguinaldos públicamente», no permitiendo ni a las cofradías ni a las hermandades hacerlo. Advierten, además, en el bando de prohibición que se abstengan de visitar los conventos de religiosas con tal fin y dado «el escándalo que organizan con sus músicas y cánticos». Por último nos hacemos eco de un acto social que tuvo lugar el domingo día 27. La conocida familia Moñino celebró «un suntuoso convite y baile posterior» (sic) para celebrar el nombramiento de consejero de Indias, con sueldo y honores de Consejero de Estado, a favor de don Francisco Moñino. El nombramiento lo realizó el propio Ministro de Estado, don José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca, tío carnal del nombrado consejero de Indias.

TRAGEDIA EN CARTAGENA
El domingo 2 de noviembre de 1755 la ciudad vivía en sus calles y plazas una jornada de asueto y disfrutaba de la bonanza de su clima. Muchas eran las personas que, a la una de la tarde, paseaban por Cartagena después de haber asistido a la misa mayor que se celebró a las doce. Pero una hora más tarde, sobre la una, la tragedia se cebó con la ciudad marinera. Un chispazo (las actas le llaman una centella) prendió en el polvorín principal ocasionando la voladura del mismo. Fueron muchos los edificios dañados en la ciudad, tras la deflagración, y a causa de la misma murieron siete soldados de la guarnición del polvorín, así como una mujer y dos niños de una casa próxima a la instalación militar. El suceso produjo onda consternación entre los cartageneros y su Concejo decretó luto oficial durante varios días. Los soldados fallecidos en el polvorín recibieron cristiana sepultura tras un solemne funeral donde se le rindieron honores militares.

LUZ EN LA CIUDAD
Aprovechando las festividades de Navidad del año 1799, y antes de la entrada del nuevo siglo, el Concejo de Murcia decidió acabar con la penumbra en la ciudad una vez que el sol se había ocultado tras el horizonte. Se quería también acabar con la oscuridad que sembraba de disturbios, duelos, cuchilladas, robos y asaltos las nada tranquilas noches murcianas. Se emprendió, aquel año, una amplia reforma para la instalación del alumbrado y con gran solemnidad, al anochecer del día de Navidad, se inauguró tan especial avance para la ciudad. Se colocaron, en puntos estratégicos, novecientos cuarenta y seis faroles de aceite que, aquella noche, se encendieron por primera vez.

CRIMEN ACLARADO: SU HERMANO FUE EL CULPABLE
Nos hacemos eco de un crimen acaecido en Murcia en la navidad de 1773 y que se esclareció el día de Reyes. En actas de la época encontramos esta curiosa noticia: «Hallaron herido de muerte a don Fulgencio Tapia, junto a un cañar en la Condomina. Este se dijo haber salido la tarde antes paseándose por aquel paraje con un marinero, el cual lo hirió de varias cuchilladas y lo dejó desangrándose toda aquella noche que fue especialmente muy fría. Y aunque vivió seis días no pudo hablar ni declarar quien le dio semejante castigo. Murió el día 25 de diciembre, día de la Natividad de Nuestro Señor, y lo enterraron en Santa María. Después, el día 6 de enero, trajeron preso desde Cartagena a dicho marinero. Confesó de haberlo herido y que creyó haberlo dejado muerto, así como que cometió tal asesinato por orden de don Pedro Tapia, vecino de Cartagena, hermano del difunto don Fulgencio y que le había pagado para ello. Don Pedro Tapia fue apresado en Cartagena junto a su mujer y cuñada del asesinado que fueron encarcelados y ambos murieron en prisión sin conocer la libertad».

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