Entrevista
Director de escena. 

Azorín: «Cualquier artista debería asumir que para llegar lejos hay que arriesgarse»

El director y escenógrafo yeclano Paco Azorín estrena el miércoles en Madrid la ópera 'María Moliner'

12.04.2016 | 20:30
Azorín: «Cualquier artista debería asumir que para llegar lejos hay que arriesgarse»

Como «fanático» declarado de la ópera, considera que de toda gran historia se puede llevar al escenario un gran montaje. Por esta razón, Paco Azorín se embarcó en un gran proyecto para reivindicar la figura y la biografía de la filóloga y lexicógrafa María Moliner. El miércoles, el Teatro de la Zarzuela estrena esta ópera protagonizada por María José Montiel y en la que Azorín, tras triunfar en los últimos meses con los montajes de Otello, de Verdi, y de Don Giovanni, de Mozart, mostrará un mundo onírico del que surgieron todas las palabras.

El Teatro de la Zarzuela de Madrid estrena el próximo miércoles la ópera María Moliner, una idea que concibió Paco Azorín (Yecla, 1974) cuando descubrió la biografía de la filóloga hace ya cinco años y que en tan sólo tres días verá por fin hecha realidad. La obra, en dos actos, se centra en la segunda mitad de la vida de la lexicógrafa cuando, haciendo de la necesidad virtud, y utilizando el encierro cultural al que se vio abocada tras la victoria franquista en la Guerra Civil, decide realizar su idea asombrosa: hacer ella sola, en su casa, un diccionario que puso en evidencia al de los académicos.

Con libreto de Lucía Vilanova y música del compositor Antoni Parera, la mezzosoprano María José Montiel –de ascendencia abaranera– es la absoluta protagonista de esta ópera, en la que también ha participado como director de iluminación el murciano Pedro Yagüe. Al elenco se unen, entre otros, José Julián Frontal, quien interpreta al marido de la filóloga, el catedrático Fernando Ramón y Ferrando, al que conoció durante su estancia en Murcia; Sandra Ferrández, quien interpreta a Carmen Conde; Sebastián Peris (Goyanes) y Celia Alcedo (Emilia Pardo Bazán) y cuenta con la colaboración especial del barítono Juan Pons como 'sillón B de la RAE'. Este montaje, que estará cinco días en cartel, tiene entusiasmado al director de escena murciano, porque con él podrá acercar la ópera del siglo XXI al público de hoy.

¿Por qué decidió reivindicar la figura de María Moliner?

Hace ya cinco años que cayó en mis manos una biografía suya; hasta entonces, como la mayoría, solo conocía su diccionario, pero descubrí que era un personaje maravilloso. A raíz de ahí, como soy un fanático de la ópera y creo que de las buenas historias se puede hacer una buena ópera, pensé en llevar a escena la biografía de María Moliner. Ha tardado tanto en estrenarse porque había que dedicarle tiempo al libreto, a la composición y la orquestación, y también por las agendas de los cantantes y porque los teatros líricos cierran su programación con mucho adelanto.

¿Cómo es trabajar con un compositor de ópera vivo?

Es completamente diferente; es emocionante porque sabes que él está escuchando su ópera desde la platea y porque puedes contar con su opinión en cada momento. Mozart está callado, bien callado, por lo que es el equipo artístico el que habla por él, el que opina cómo a él le hubiera gustado, pero tener cerca al compositor, poderle preguntar a mí me parece fundamental y sobre todo en el caso de Antoni Parera, tan talentoso. Además, somos grandes amigos, por lo que es un placer poder trabajar con él.

Ha concebido una ópera «pensada, escrita y compuesta para el público de hoy». ¿Cómo es ese público? ¿A quién animaría a disfrutar de su montaje?

Principalmente, a los que se quieran acercar a la vida de María Moliner, que en un momento de su vida decide hacer un diccionario y es impresionante. Pero también a personas que no han ido nunca a la ópera y creen que este es un género de capas, coronas y espadas, de cosas lejanas que no nos llegan. Les invito a que vean vidas de gente reciente, que incluso pudieron conocer [Moliner murió en 1981], a través de una ópera próxima en el tiempo. En España era muy común contar nuestra historia reciente a través de la ópera y la zarzuela; si en Madrid cambiaban el nombre de una calle y le querían poner la Gran Vía, Chueca hacía una zarzuela hablando de eso. Creo que estamos en un buen momento para recuperar esa inmediatez y acercar al público historias recientes, historias de hoy.

Pero usted también defiende que los autores clásicos son universales porque sus historias siguen hablando de temas que aún son actualidad...

Absolutamente, pero no dejan de ser historias reinventadas, reinterpretadas, porque son adaptaciones de otras épocas que pasan a la historia por lo que producen de nuevo. Pero la ópera del siglo XXI tiene que contar con obras nuevas, cada temporada se deberían estrenar no una, como ahora, sino tres o cuatro montajes con historias cercanas a nuestro siglo.

¿Cómo ha sido el trabajo actoral con los cantantes, especialmente con María José Montiel?

Siempre digo que yo soy un melómano que vive del teatro, por lo que con los cantantes de ópera trabajo como si fueran actores, que además tienen un instrumento maravilloso que es su voz. Pero es cierto que la mayoría no están acostumbrados a que los traten como actores, sino como muebles que los colocan en el escenario para cantar; yo utilizo más la psicología, porque consigues resultados más profundos y, ahora que todo es tan superficial, me parece una obligación profundizar en las historias y en las personas. En el caso de María José Montiel es una suerte, se mueve como pez en el agua y esta ópera esta compuesta para ella. Parera y yo pensamos en ella, le contamos el proyecto y, cuando nos dijo que sí, la partitura se trabajó en función de su voz.

Si por algo destacan sus óperas es por sus escenografías, ¿cómo ha concebido la de María Moliner?

Desde un nivel muy simbólico y nostálgico, a partir de una escultura móvil de 14 metros de ancho y once metros de altura. Es un lugar donde habitan las palabras, un sitio mítico donde trabaja Moliner. Ella escribió el Diccionario en su casa, pero yo he trascendido ese espacio a un lugar mágico, como una especie de torre de babel donde nacen todas las palabras.

María José Montiel, Pedro Yagüe en la iluminación... coinciden muchos murcianos o relacionados con la Región en el montaje, ¿Murcia es 'cuna' de buenos artistas?

Muchos, hay una larga lista de gente que triunfa en todo el mundo o de compañías como Ferroviaria, de Paco Macià, o Alquibla, de Antonio Saura, que muestran la fertilidad artística que hay. Es algo que se debería celebrar y, sobre todo, que fomentar y promocionar más.

Y la ópera, ¿no se debería descentralizar más?

Sí, pero la ópera requiere un gran montaje y en estos momentos es difícil que se programe fuera de las grandes ciudades, como Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao o Valencia. Por ejemplo, María Moliner es una gran producción con un gran coro, numerosos solistas... Claro que me gustaría que se viera en Murcia y que se recuperara el ciclo de lírica que coordinaba Curro Carreres; siempre me llegan noticias de que se quiere volver a poner en marcha y sería una suerte llevar hasta allí esta producción.

Dice Parera Fons: «Compuse María Moliner sin miedo a rozar el peligro. Fue un salto sin red». ¿En estos tiempos hay que arriesgar, 'tirarse a la piscina'?

Absolutamente, no tenemos nada que perder; si nos equivocamos, no pasa nada. Porque para llegar lejos hay que arriesgarse y eso es algo que debe asumir todo artista. El salto de Parera ha sido espectacular, ha tardado cinco años y esta ópera, creo sin dudarlo, dentro de veinte años se seguirá representando, seguirá estando vigente; porque ha sido una ópera cocinada a fuego lento.

Estos últimos meses ha triunfado con otros montajes, como director o escenógrafo, como Don Giovanni, Otello y Tosca, ¿qué satisfacciones le da la ópera?

Me encanta la música, desde que de pequeño escuchaba discos de lírica; creo que empecé a montar óperas para poder cantarlas yo durante los ensayos (risas). Cuando comenzamos los ensayos con músicos y cantantes ya en los teatros siempre pienso: 'no podría estar mejor en otro sitio', no hay otro lugar. Es una satisfacción íntima y personal, profesional también, porque sí es cierto que he recibido reconocimientos, sobre todo por los últimos montajes y han sido del gusto de la crítica y del público, pero, más allá de eso, hay un placer íntimo en lo que hago que nadie me puede arrebatar.

Y, ahora, ante el estreno, ¿cómo se vive entre bambalinas?

Es un acto de fe. Los primeros días, cuando invitas a conocidos, vas mirando y, si ves en sus caras media sonrisa, es como si te hubiera tocado la lotería. Se nos ilumina a todos la cara. La finalidad siempre es llegar al público; gustar es distinto, pero lo que en ningún caso se puede consentir es que el trabajo no llegue, deben llegar a entender y comprender lo que están viendo.

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