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  • 25
    Marzo
    2015

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    Las mujeres machistas 1

    mm-derechos-de-las-mujeresAsisto a una discusión típica de las redes sociales porque alguien me cita en ella y recibo una alerta que despierta mi curiosidad. Se trata de la típica polémica sobre la igualdad o no de las mujeres en la cultura, un asunto que trato con relativa frecuencia aquí, mostrando la desigualdad con datos objetivos (hay estudios en casi todas las áreas), pero en el que hoy no viene al caso entrar, pues lo que pretendo analizar es el tipo de argumentos ingenuos que algunas mujeres utilizan para negar esas diferencias. Veamos, al menos, cuatro: - Yo no me siento mujer, me siento persona. - Somos iguales, si los hombres están ahí (publicando, pintando, en jornadas, mesas redondas, seminarios o puestos de gestión) es porque son los mejores. - Las mujeres hacen lo que quieren. - Yo no soy feminista ni machista. Son argumentos ingenuos, por poco informados, que muestran justamente que quien los esgrime está hablando desde las determinaciones de género que el patriarcado ha impuesto a las mujeres, y que no es consciente siquiera de ello (a este hecho se le llamaba “alienación”, un concepto muy explicativo que está volviendo al ensayo político y filosófico). Veamos el primero de ellos. La mujer en cuestión, gloriosa en su apoteosis de autoconciencia, afirma lo siguiente: Yo no me siento mujer, sino persona. En primer lugar, opongámosle una objeción lógica, pues con él se pretende rebatir un hecho general, la desigual presencia de las mujeres en la cultura y los obstáculos añadidos que existen para que la tengan, con un argumento singular: Yo no me... Nadie duda de que una mujer en concreto no sienta la desigualdad en su carne (aunque forma parte de la violencia simbólica impuesta por la dominación masculina que “no se sienta tal violencia en la carne”, sino que se viva como algo “natural”), pero este hecho sigue siendo anecdótico en cuanto que la desigualdad afecta al grupo de mujeres en su conjunto. El dato no se invalida por este recurso a lo personal y anecdótico (muy típico de la lógica femenina ingenua, por otra parte). Aunque quien afirme este ser “persona y no mujer”, se sienta muy reconfortada con su respuesta, al resto de mujeres que sufren de discriminación salarial, que emplean más tiempo que su compañero en las tareas domésticas, que son despedidas antes con mejores currículum, entre otras muchas desigualdades, no les modifica un ápice su situación flagrantemente injusta, por más que la mujer en cuestión no la sufra, o no la identifique. Vayamos al segundo: Somos iguales, si están ahí los hombres(si publican, exponen, dirigen películas u orquestas) es porque son mejores que las mujeres. Pongamos como ejemplo a María Moliner, autora del mejor diccionario de uso del español que existe en nuestra lengua, que nunca logró entrar en la Academia de esta misma lengua, para rebatir que están los mejores, independientemente de su sexo. Sabemos que sobre las mujeres pesa lo que se ha denominado “techo de cristal”, un obstáculo invisible pero eficaz que las discrimina y les impide llegar adonde se proponen con la misma facilidad con la que lo hacen los hombres, aún con idéntica o mejor formación y capacidad que ellos. Las instituciones gestionadas por hombres tienden a reproducirse (véase, precisamente, la Real Academia de la Lengua, donde solo 7 mujeres, entre más de 1.000 hombres, se han sentado en sus sillones en sus más de 300 años de existencia). Formando parte de este “techo de cristal”, existen otros dos obstáculos que creo que es preciso describir aquí. Por una parte, es una evidencia la renuncia voluntaria de las mujeres al poder, debido a una educación que privilegia el cuidado sobre el poder, las relaciones humanas sobre las productivas y, sobre el ascenso y el logro personal la entrega a los otros; por todo lo anterior, las mujeres se muestran reacias a ocupar espacios de poder, o a desarrollar tareas que impliquen una presencia en el espacio público que interfiera demasiado esas funciones (muchas mujeres escritoras no tuvieron hijos o renunciaron a su crianza, véase Doris Lessing, por este motivo). De ahí que, hasta que no se modifiquen las prácticas de dedicación absoluta que ciertas responsabilidades implican en el actual sistema social, muchas mujeres capaces seguirán inhibiéndose de participar en él, para priorizar otro tipo de relaciones menos competitivas. El feminismo ha fracasado en su lucha contra el statu quo patriarcal en este sentido, y la conciliación es una política que está en pleno retroceso, imponiéndose el modelo de “entrega” al trabajo que perjudica directamente a las mujeres y sus valores de cuidado, haciendo incompatibles dedicación profesional y familiar plenas. El otro obstáculo es una sutil educación estética claramente patriarcal. Los varones han creado un canon cultural varonil, excluyendo a las mujeres de sus gustos, excepto algunas pocas que como el caso de Marguerite Yourcenar, comparte con ellos la voz patriarcal en sus novelas. Lo masculino sigue siendo universal (gran literatura), mientras que lo femenino es particular (literatura de o para mujeres). De ese modo, quienes ostenta el poder de seleccionar un artista plástico, por ejemplo, pensarán de forma automática en varones. Solo pensarán y elegirán mujeres si se trata de un tema ligado a la condición femenina. Esto es, precisamente, lo que sucede en la exposición que actualmente puede verse en La Conservera, Felicidad clandestina, comisionada por Eduardo García Nieto, que toma como pretexto el famoso relato de Clarice Lispector del mismo nombre para interrogarse sobre si, cito la hoja de sala: “¿Son idénticos los aprendizajes masculinos y los femeninos?” y elije seis artistas varones para responder a dicha pregunta. Imagino que porque las mujeres no tienen nada que decir al respecto. Las mujeres hacen lo que quieren, este es argumento el más sibilino, el más neoliberal, y muestra bien a las claras que el neoliberalismo ha ganado la batalla en la penetración y conformación de las mentes de hombres y mujeres: se enarbola la bandera de la libertad como argumento máximo, tautológico, que cierra el debate. Pero para no cansarles, ya sabemos que los tiempos no están para leer artículos demasiado largos ni sesudos, a él y al último les dedicaré mi próxima entrada.

     

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