La vida no puede ser sólo imagen y publicidad. Los animales necesitan hechos y realidades, actuaciones concretas y no sólo palmaditas en el hombro. Asfixia que los gobiernos te digan siempre lo que hay que hacer, pero ellos no lo hagan.

Que en Canarias se haya detenido recientemente a una persona por tener la mayor colección privada de animales venenosos y peligrosos de España y que mantuviera 53 ejemplares procedentes de África, América, Asia u Oceanía en su casa, al parecer, para nuestro gobierno es normal.

Que se descubra que, junto a varios cocodrilos, tenía un caimán de grandes dimensiones en su jardín y que, además, poseía gran variedad de tarántulas y serpientes, entre ellas distintas cobras reales, varias víboras y algunas serpientes de cascabel, incluidos varios titis, también para ellos debe ser normal.

Que exista una persona viviendo desde hace años con un tigre albino y que, aunque el mismo dormía junto a una plantación de droga descubierta por la Policía Nacional, nunca llegara a ser retirado y siga en el mismo lugar en el que se encontró, se ve que para ellos es sólo una anécdota que contar una tarde de verano.

Igual que el hecho de que en el sur de España o en el norte, en estos momentos haya gente teniendo leones, panteras y otros animales enjaulados en el jardín de su casa. Simples chiquilladas de andar por casa.

Por eso, que cada año el SEPRONA, incansable en su tarea, incaute centenares de animales vivos sin que cuente con un solo lugar público en todo el país donde depositarlos y que, a menudo, tenga que dejarlos en manos de los mismos que los tienen ilegalmente, aunque suena a barbaridad, en nuestro país se llama normalidad.

De la misma forma que también resulta habitual que esos mismos animales incautados, sean «sorpresivamente» robados horas después del operativo, volviendo a circular su venta por el mercado negro. Simples gajes del oficio.

Por eso, por la cantidad de casos de este tipo que se dan sin que el gobierno haga nada, puede decirse que el modus operandi habitual en nuestro país usado por parte de los traficantes de animales, es reírse de la ley en tu cara y llamarte tonto sin reparo alguno. Lo malo es que, encima, los hechos les dan la razón.