La Unión Europea destina anualmente 12.500 millones de euros para intentar mitigar los efectos medioambientales y de salud pública derivados de esta situación. Es normal. Todas esas especies son consideradas las principales causantes de la pérdida de la biodiversidad en nuestro planeta. Las que más daño hacen en España son 112 especies que, sin descanso, están atacando la supervivencia de otras muchas autóctonas.

La cotorra argentina, la perca americana, el mapache, la codorniz japonesa, el cerdo vietnamita, el ganso del Nilo o el erizo egipcio son algunos ejemplos. Sin embargo, no se equivoquen, todas ellas no llegaron a nuestro entorno por circunstancias naturales o extrañas migraciones. Lo hicieron a través del comercio.

La cotorra argentina, por ejemplo, llegó en 1980. Los primeros ejemplares fueron introducidos a través de una gran distribuidora de ‘pequeños animales de compañía exóticos’. En principio, todo se hizo reglamentariamente. La multinacional pagó las tasas establecidas y los impuestos correspondientes por la importación de los animales. A partir de ahí y durante los años siguientes, más de medio millón entraron en nuestro país legalmente.

Sin embargo, poco a poco, entre las que se fueron escapando y las que abandonaron sus propios dueños porque no querían seguir teniéndolas, España se llenó de cotorras.

¿Y qué hicieron entonces las autoridades para impedirlo? Nada, absolutamente, nada. Durante más de 30 años permitieron que siguiera el negocio de su venta como si nada estuviera ocurriendo. Más de tres décadas, que se dice pronto, tardó el gobierno español en prohibir su venta y declararla especie invasora.

Actualmente, se calcula que más de 30.000 cotorras viven libremente en nuestro medio natural. Su presencia ha afectado directamente a la supervivencia de otras muchas aves y de multitud de cultivos que, sin remedio, desaparecerán en los próximos años.

Por eso, por mucho que ahora la Unión Europea destine fondos millonarios a intentar controlar su presencia, la expansión de estos animales resulta ya, prácticamente, imposible de contener. Es lógico, al fin y al cabo, el tiempo no tiene precio y no hay millones que puedan comprar 30 años de irresponsabilidad.