No son barracas y tampoco restaurantes: los 'merenderos' de Murcia en plena huerta donde se come como en 1880
Se trata de locales repletos de historia y gastronomía típicamente murciana

No son barracas y tampoco restaurantes los 'merenderos' de Murcia en plena huerta donde se prepara comida tradicional
Con la Feria de Septiembre y los huertos del Malecón todavía frescos en la memoria surge como cada año la pregunta sobre dónde seguir disfrutando de la cocina murciana más allá de esas fechas señaladas en las que las peñas huertanas levantan barracas y huertos efímeros.
Aunque la innovación gastronómica está a la orden del día en la ciudad, la respuesta no está en los bares de moda ni en los restaurantes de mantel almidonado: sino en una tradición que se mantiene casi como reliquia viva, los merenderos de la huerta.
Espacios a medio camino entre taberna y casa de comidas, los merenderos son locales populares donde antiguamente el vino de Jumilla se servía en botellas a quince céntimos y la carne de cordero se cobraba “a 45 céntimos la libra”, según recogía la prensa a finales del siglo XIX y estudian María Luján Ortega y Tomás García Martínez en la publicación 'Ventorrillos, tabernas, merenderos y cafés cantantes de Murcia'.
Estos lugares no eran barracas festivas ni restaurantes al uso: eran sitios de encuentro, de chuletas a la brasa, caracoles, pájaros fritos y partidas de bolos huertanos.
Precisamente hace un par de años la cuenta 'En un lugar de la huerta en X' les devolvía el protagonismo con un ranking de “los 35 bares, mesones, restaurantes, etc. con más encanto” dond se colaron estos espacios a los que aún hoy se sigue acudiendo a “comer como en 1880”.
El origen: de ventorrillos y tabernas a merenderos
El trabajo “Ventorrillos, tabernas, merenderos y cafés cantantes de Murcia”, firmado por María Luján Ortega y Tomás García Martínez y disponible en la web del Museo de la Ciudad, reconstruye la historia de estos locales gracias a más de 350 recortes de prensa histórica entre 1849 y 1931
En esas páginas aparece todo un mapa sentimental: el merendero de Funes en la carretera de Alcantarilla, donde sonaban guitarras mientras se servían chuletas; Los Palacios en Churra, con su juego de bolos; o el mítico Pantorrillas, que sobrevivió entre riadas y anécdotas de la Murcia decimonónica.
El libro recuerda que, a diferencia de posadas y ventas, los merenderos no eran paradas de camino para viajeros con caballerías sino que eran directamente lugares de ocio, “espacios típicamente murcianos” en los que familias enteras se reunían a merendar bajo los olivos, con música y baile incluidos.
Entre la tradición y la nostalgia
Hoy la palabra “merendero” suena a otra época, a carteles pintados a mano y ramas de laurel colgadas en la puerta como rótulo. Sin embargo el mapa de establecimientos recopilado por investigadores y divulgadores muestra que muchos de esos nombres (El Patio, El Churra, El Cornijial, La Esperanza) siguen vivos en la memoria colectiva o incluso en funcionamiento, adaptados a los nuevos tiempos.
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