Estudio

Investigadores de la UMU dan con un nuevo tratamiento contra la anemia congénita y la leucemia

Un grupo de investigadores de la Universidad de Murcia y el IMIB ha descubierto cinco fármacos que ayudan en el tratamiento de ambas enfermedades y que han patentado para su futura distribución en clínicas

Manuel Lozano, Sylwia Dominika y Victoriano Mulero observan varias muestras de pez cebra en el laboratorio.

Manuel Lozano, Sylwia Dominika y Victoriano Mulero observan varias muestras de pez cebra en el laboratorio. / L.O.

Las anemias congénitas son aquellas que los padres heredan a los hijos. Una condición genética se caracteriza por una deficiencia en el número o la calidad de los glóbulos rojos, lo que resulta en una capacidad reducida de la sangre para transportar oxígeno a los tejidos del cuerpo. Asimismo, la leucemia es un tipo de cáncer que también afecta a los tejidos formadores de sangre del cuerpo, incluyendo la médula ósea y el sistema linfático, y que se caracteriza por la producción anormal y excesiva de glóbulos blancos inmaduros que no funcionan correctamente.

Ambas patologías presentan retos únicos en términos de diagnóstico y tratamiento. Mientras que la anemia puede a menudo manejarse con intervenciones relativamente directas si se identifica correctamente la causa, la leucemia requiere un abordaje multidisciplinario intensivo y personalizado, lo que subraya la necesidad de avances continuos en la investigación y la práctica médica para mejorar los resultados de los pacientes.

Actualmente, los pacientes no tienen casi tratamientos curativos. El único efectivo que existe es el trasplante de médula ósea, al que se recurre cuando han fallado todas las posibilidades. Un tratamiento que tiene dificultades, pues hay que encontrar un donante y cabe la posibilidad de que el trasplante sea rechazado por el paciente.

En medio de este contexto plagado de dificultades, han sido unos investigadores de la Universidad de Murcia (UMU) y del Instituto Murciano De Investigación Biosanitaria (IMIB) los que han arrojado luz a la búsqueda de tratamientos efectivos para ambas enfermedades. Este grupo lo conforman Victoriano Mulero Méndez, catedrático de Biología Celular; Sylwia Dominika Tyrkalska, investigadora principal en el Instituto Murciano de Investigación Biosanitaria; y Juan Manuel Lozano-Gil, doctorando; Lola Rodríguez Ruiz; Diana García Moreno; y Alicia Martínez López.

En concreto, según explica Tyrkalska a La Opinión, los investigadores de la UMU y el IMIB han descubierto un nuevo mecanismo que regula la hematopoyesis (la formación de células sanguíneas) llamado inflamasoma. Una «diana terapéutica» sobre la que han encontrado cinco fármacos que ya existían, llamados inhibidores de cinasas de tirosina que ayudan al tratamiento de estas patologías, entre los que se encuentra el Nilotinib. La eficiencia de estos medicamentos la han probado gracias a la realización de pruebas en ejemplares de pez cebra, pues es un animal que presenta una gran similitud genética con nuestra especie. El paso que están siguiendo ahora es el de «reposicionar» estos fármacos, y para ello han hecho una patente que quieren licenciar a una empresa farmacéutica para poder culminar el último paso: llevarlo a las clínicas.

El inflamasoma

El inflamasoma está presente en el líquido interior de cada célula (el llamado citosol), y es capaz de detectar patógenos intracelulares e inducir la respuesta de defensa para eliminarlos. No obstante, advierten los investigadores, este complejo multiproteico «tiene una doble cara», pues «aunque normalmente nos defiende frente a infecciones, su activación crónica constituye un importante factor de riesgo para una gran variedad de enfermedades cuyos daños pueden ser irreversibles», como son la anemia y la leucemia.

Un puzle que salva vidas

El inflamasoma, explican los expertos de la UMU y el IMIB, está formado por tres tipos de componentes: un sensor (que ‘siente’ el peligro), un adaptador (ensambla las piezas del inflamasoma, a modo de pegamento molecular) y un efector (el encargado de mediar la respuesta).

Los sensores «identifican una amplia gama de patógenos y las señales de daño producidas por las propias células infectadas, que pueden atravesar las membranas celulares y alcanzar el citosol». Divididos en tres grandes grupos, aclaran los investigadores, «todos los sensores poseen la capacidad de formar inflamasomas y desencadenar la activación de la respuesta inmune». «En la actualidad, el más estudiado se llama NLRP3, pero otros están empezando a acaparar la atención debido a su importante papel en la regulación y desarrollo de diversas patologías», añaden.

El pez cebra es un animal que presenta una gran similitud genética con nuestra especie.

El pez cebra es un animal que presenta una gran similitud genética con nuestra especie. / L.O.

El inflamasoma funciona así: «Cuando los sensores detectan un peligro, interaccionan con la proteína ASC, que tiene una función adaptadora y recluta otras proteínas con función efectora, las llamadas caspasas. Los distintos componentes del inflamasoma presentan dominios (las unidades básicas de las proteínas, que pueden plegarse, funcionar y evolucionar de forma independiente) que encajan entre sí como si fueran piezas de un puzle. De esta manera, la interacción es escalonada y específica. Por ejemplo, ASC presenta un dominio denominado PYD capaz de encajar con otro dominio PYD presente en el sensor. Y, a su vez, ASC presenta un dominio CARD que interacciona con el correspondiente dominio CARD de la caspasa».

Las caspasas, continúan explicando, «se encuentran inactivas en el citosol, en lo que se llama ‘estado de zimógeno’. Pero cuando son incorporadas al inflamasoma, sufren cambios en su estructura que las convierten en proteínas efectoras y activas. Su función es proteolítica, es decir, actúan como tijeras que rompen las proteínas para activar otras proteínas llamadas gasderminas y las citoquinas proinflamatorias».

Las gasderminas se ensamblan para crear poros en las membranas de las células. Esto permite la liberación de las citoquinas al exterior celular, induciendo más inflamación y, finalmente, la muerte de la célula. Sin embargo, la activación del inflamasoma no siempre desemboca en la muerte celular: también puede conducir a un estado de activación prolongada de las células inmunitarias. Y entonces empiezan los problemas.

Numerosas publicaciones científicas, entre las que se encuentran la de la UMU, demuestran que la desregulación del inflamasoma está implicada en múltiples enfermedades. No sólo en patologías infecciosas o agudas, sino también en las dolencias inflamatorias crónicas.

«Esta personalidad ‘oscura’ de nuestro protagonista puede precipitarse por culpa del microambiente que se genera en el órgano enfermo y los tipos celulares implicados en el proceso inflamatorio», explican los investigadores.

Enfermedades crónicas

Las enfermedades inflamatorias crónicas son aquellas que implican procesos inflamatorios lentos y prolongados, que duran desde semanas hasta años. Generalmente, su alcance y efectos varían según el origen de la lesión y la capacidad del cuerpo para reparar y superar el daño.

Entre las causas más comunes, aseguran los expertos de la UMU y el IMIB, destacan los trastornos autoinmunes o autoinflamatorios, la exposición recurrente a sustancias tóxicas y episodios recurrentes de inflamación aguda. «Este proceso afecta a muchas enfermedades, como las cardiovasculares, las gastrointestinales, las metabólicas, las neurodegenerativas, las psicológicas y el cáncer», subrayan.

Además, «los hábitos poco saludables también contribuyen al desarrollo de la inflamación». «Su condición crónica es más frecuente en aquellas personas que consumen alcohol, fuman, presentan sobrepeso, llevan una vida sedentaria o, especialmente, experimentan estrés crónico, algo bastante frecuente en la sociedad actual», advierten.

Las enfermedades no transmisibles, entre las que se encuentran las inflamatorias crónicas, son la causa de muerte más frecuente en el mundo. De hecho, son consideradas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la mayor amenaza para la salud, tres de cada cinco personas fallecen debido a estas patologías.

Hábitos saludables

En general, la inflamación crónica no tratada tiene un pronóstico desfavorable, según afirman los investigadores de la UMU Victoriano Mulero, Sylwia Dominika y Juan Manuel Lozano. «Su mortalidad y sintomatología», recalcan, «dependen tanto de la causa específica como de factores externos». Es por ello que, a su juicio, «el tratamiento precoz de la inflamación ayuda a prevenir o mejorar el pronóstico de multitud de enfermedades, pero también resulta fundamental la prevención: llevar una dieta saludable, realizar actividad física, dejar de fumar y disfrutar de una buena rutina del sueño ayudan a que el inflamasoma solo se active para cumplir su papel de eliminar agentes infecciosos».