Ciencia y sociedad
La edad informa, pero no sentencia: por qué la fecha del DNI es una verdad incompleta
Tal vez seguimos usando categorías antiguas para nombrar una vida que ya no encaja en los esquemas de antes

La edad ya no es lo que era, ni es lo que será. / EUROPA PRESS/JCCM
Tomás Arrieta (*)
Quizá la pregunta más importante ya no sea solo cuántos años tienes, sino qué relación mantienes con el tiempo que aún puede ser vivido, porque la vida ya no se mide únicamente por las edades acumuladas.
Durante mucho tiempo, la edad cronológica funcionó como una especie de instrucción silenciosa. No solo decía cuántos años habíamos vivido, sino también qué se esperaba de nosotros en cada momento. Había una edad para iniciar un proyecto vital, otra para consolidarlo y, más adelante, una edad en la que parecía razonable empezar a retirarse poco a poco de lo que uno había sido. La edad era, en cierto modo, un calendario social que organizaba la vida antes incluso de que pudiéramos preguntarnos qué queríamos hacer con ella.
Pero esa lógica vital está cambiando. Hoy una persona puede seguir estudiando, cambiar de trabajo, emprender, separarse, enamorarse o volver a empezar en momentos que antes habríamos considerado fuera de lugar. Y quizá el problema está precisamente en esa expresión: “fuera de lugar”. Tal vez seguimos usando categorías antiguas para nombrar una vida que ya no encaja en los esquemas de antes. Tal vez no sea tarde. Tal vez sea, simplemente, ahora.
La vida se ha alargado y las trayectorias se han vuelto más diversas. Las etapas han dejado de tener unos límites fijos, se han desdibujado. Los cuarenta ya no significan lo mismo que antes. Tampoco los sesenta, los setenta o los ochenta. Y, sin embargo, seguimos midiendo a las personas por su edad cronológica, aunque esa cifra explique cada vez menos. Dice cuántos años han pasado, pero no dice qué capacidad de deseo, de aprendizaje o de decisión sigue viva.
En La dama del alba, Alejandro Casona recoge un diálogo tan breve como revelador. Cuando la Muerte pregunta: “¿Cuántos años tienes?”, la respuesta parece evidente: “65”. Pero la réplica cambia por completo la perspectiva: “No, esos son los que ya no tienes”.
Nota sobre el autor
(*) Tomás Arrieta es Ingeniero, Doctor en Economía y Presidente de la Fundación AGE (Activos de Gran Experiencia)
La pregunta más importante
La frase incomoda porque desplaza la edad del territorio de la posesión al de la conciencia. Creemos decir cuántos años tenemos, cuando en realidad nombramos los años que ya han pasado junto a nosotros. La edad cronológica mira hacia atrás y cuenta lo vivido; la aritmética vital, en cambio, mira hacia delante y nos obliga a preguntarnos qué queremos hacer con el tiempo que todavía queda, sea el que sea.
Por eso quizá la pregunta más importante ya no sea solo cuántos años tienes, sino qué relación mantienes con el tiempo que aún puede ser vivido. Porque la vida no se mide únicamente por los años acumulados, sino por la lucidez con la que decidimos orientar el tiempo que todavía tenemos por delante.
Tu edad informa, pero no sentencia. Tu cuerpo habla, pero no lo dice todo de ti. Tu biografía pesa, pero no decide todo lo que aún puede nacer en tu interior. La verdadera madurez quizá no consista en aceptar que ya es tarde, sino en aprender a distinguir qué merece todavía tu atención y tu energía.
Al final, no somos solo los años que tenemos. Somos también la vida que todavía nos atrevemos a vivir con intensidad y propósito. La edad ya no es lo que era, ni es lo que será.
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