Las constelaciones satelitales 'enturbian' el cielo nocturno canario
Un reciente artículo publicado en Nature pone de manifiesto que estos instrumentos están afectando ya a los telescopios espaciales

El cometa Lemmon ‘atraviesa’ un cielo repleto de macroconstelaciones de satélites. / Daniel López (IAC)

En 2019 el magnate multimillonario Elon Musk lanzó al espacio 60 satélites de su ambicioso proyecto: la megaconstelación Starlink. Un tren que tendría más de 10.000 satélites que prometía revolucionar las comunicaciones en la Tierra, llevando la cobertura 5G a los lugares más remotos del planeta. Siete años después, el entusiasmo por esta novedosa red satélites ha quedado deslucido por una realidad mucho más preocupante e imperante: su impacto en el cielo nocturno.
Sucede ya cada noche. Trenes con cientos de satélites se mueven en fila india a ritmos frenéticos durante la madrugada para emborronar los cielos. Ubicados en la denominada órbita baja (LEO) – entre los 160 y 2.000 kilómetros de altitud– son visibles incluso a simple vista. De hecho, desde 2019 los avistamientos de estrellas móviles se han convertido en algo habitual en aquellos rincones del mundo donde los cielos están más oscuros, como es el caso de Canarias. Pero no es lo normal ni lo ético. «En realidad tendrían que ser tan débiles que deberíamos ser incapaces de verlos», sentencia Olga Zamora, astrónoma técnica del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) especializada en la operación y tratamiento de datos sobre los Observatorios de Canarias. Por esta razón, esta circunstancia pone de manifiesto que, pese a los esfuerzos, estas instalaciones son incapaces de evitar reflejar la luz del sol.
Una órbita cada vez más saturada
Son miles. Y es que Musk ha abierto el camino a otras tantas empresas que buscan hacerse un hueco (and negocio) en esta pequeña porción de espacio. «Sobre la Tierra orbitan decenas de miles de satélites de órbita baja», expresa Olga Zamora. Gigantes como OneWeb, Amazon o Astra ya han empezado a desplegar sus propias constelaciones para copar una pequeña parte del mercado.
Pero la suma de cada uno de estos proyectos hace que cada vez la porción de cielo dedicada a la observación sea más reducida y la tendencia va a más. «Si en 2019 teníamos 2.000 satélites, la industria de telecomunicaciones estima que para 2037 ya sean 560.000», insiste Zamora, que admite que «nadie se esperaba esta vorágine».
Los problemas que acarrea son ya visibles. «Afectan al tráfico espacial, a la salud de la atmósfera y a la astronomía», revela Zamora. Desde la Tierra, el impacto de estos satélites se puede ver en cualquier observación astronómica, ya que su luz se cuela en observaciones tan rutinarias como las que el Observatorio del Teide ha estado realizando estas semanas del cometa Lemmon. «No podemos tomar ninguna imagen que tenga más de 15 minutos de exposición», replica.
La contaminación lumínica llega al espacio
Pero el problema ya trasciende a la observación desde la Tierra. Un reciente artículo publicado en Nature demuestra que la observación astronómica desde el espacio también está en peligro. Tal y como señala este estudio, si se completan los lanzamientos previstos, el telescopio espacial Hubble podría ver más de un tercio de sus imágenes afectadas por la contaminación lumínica de estos satélites, al compartir el mismo espacio orbital, mientras que otros telescopios tendrían más del 96% de sus imágenes dañadas, calculan los autores.
«Los resultados demuestran que una parte muy importante de los satélites son detectables para los telescopios incluso sin ser iluminados directamente por el Sol y, excepcionalmente brillantes en el infrarrojo, debido a la emisión térmica de sus componentes electrónicos», explica Zamora.
«No solo nos estamos quedando ciegos en los telescopios terrestres, sino también en los telescopios espaciales, lo que producirá un sobrecoste para elevar por encima de esta capa de basura espacial los futuros telescopios, sin contar el riesgo de recibir impactos de la basura espacial», añade, por su parte, Alejandro Sánchez de Miguel, investigador de la Oficina de Calidad del Cielo del Instituto de astrofísica de Andalucía -CSIC, en declaraciones a Science Media Center.
Riesgos de seguridad y daño ambiental
Y es que aunque los impactos para la astronomía son visibles y preocupantes, no menos lo son los problemas de seguridad y el impacto en el medioambiente que están generando. Por un lado, como advierte Zamora, estos pequeños satélites ya han supuesto un problema para el tráfico espacial. «La Estación Espacial Internacional (ISS) tuvo un incidente de seguridad relacionado con estos satélites», revela. En concreto, la ISS ha tenido que realizar varias maniobras para evitar las colisiones con deshechos en su trayectoria, un problema que no comenzó hasta que el espacio no se había llenado completamente de basura.
Pero no es el único riesgo. El alto coste ambiental del lanzamiento de este tipo de satélites también ha empezado a hacerse patente. «Los propulsores de los cohetes pueden generar hollín, lo que daña la capa de ozono y la atmósfera», sentencia Zamora, que recuerda que los lanzamientos recurrentes suponen un paso atrás en los esfuerzos realizados por parte de la comunidad internacional para reducir el agujero de la capa de ozono.
Aunque la advertencia de los astrónomos ha estado presente tan pronto se empezaron a desplegar los primeros Starlink, a día de hoy sigue sin haber ninguna regulación que reduzca su impacto en el cielo nocturno. «Los procesos diplomáticos están siendo muy lentos, demasiado para la velocidad a la que se lanzan nuevos satélites», indica. Y mientras no se ponga coto, la atmósfera seguirá siendo tierra de nadie, conquistable a toda costa y perturbable por un coste mayor a sus tan vendibles beneficio.
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