Se acerca el día para el cambio de hora en España y en el resto de países de la Unión Europea. Este domingo 30 de octubre toca atrasar una hora las agujas del reloj, por lo que a las 3:00 horas de la madrugada serán de nuevo las 2:00 horas, mientras que en Canarias a las 2:00 será la 1:00 con lo que se ganará una hora más de sueño. España lleva desde 1974 cambiando la hora conforme lo marca la Unión Europea (UE). Pero todos los años también se produce el debate sobre la idoneidad de tener un horario de verano y otro de invierno, pero ¿qué ventajas tiene establecer el horario de invierno?

La principal ventaja que conlleva retrasar una hora el reloj desde la perspectiva económica es que se aprovechan mejor las horas de luz natural. El medioambiente es otro de los grandes beneficiados con este cambio. El ahorro económico en las casas y en los negocios reduce la contaminación que generamos al consumir energía. Cuanta menos energía eléctrica se utiliza, menos CO2 se emite. Es decir, se minimizan las emisiones de gases de efecto invernadero, que son las culpables de acelerar el cambio climático.

En cuanto a la salud, a pesar de que se producen alteraciones en nuestro organismo, cambiar la hora nos hará descansar más y mejor. Durante la temporada invernal, nuestro cuerpo recibe menos horas de luz y esto, según los expertos, favorece una mayor segregación de melatonina, una hormona que ayuda a conciliar el sueño. En cambio, en primavera el aumento de la luz solar genera varios cambios como la producción de serotonina (hormona de la felicidad) y la recepción de Vitamina D, que ayuda a ser menos proclives a sufrir depresión.

Por otro lado, con el horario de invierno, estamos más cerca de la hora solar que nos corresponde, pues solo hay una hora de diferencia con respecto a nuestro meridiano. Además, como anochece antes, la gente tiende a volver a casa más pronto, algo que podría ayudar a frenar los contagios por coronavirus.

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El origen del cambio de hora

El origen del cambio horario se remonta a la Antigua Roma, cuando las clepsidras o reloj de agua de los romanos tenían diferentes escalas en función del mes del año que fuera. Así, en la latitud de Roma, la tercera hora tras el amanecer, la hora tertia, empezaba (usando el horario moderno) a las 09:02 y duraba 44 minutos en el solsticio de invierno, pero en el de verano comenzaba a las 06:58 y duraba 75 minutos, según relata el historiador Jérôme Carcopino.