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La Opinión de Murcia

Guerra en Ucrania

"Ya no temo por mi vida, pero estoy desesperada, no puedo hacer nada por mi familia"

Laura Pérez y Javier España, un matrimonio de Sabadell que acogía una niña de Chernóbil cada verano, abren las puertas de su casa ahora a Alla Yarmolenko, una hermana de su ahijada

"Me voy a Polonia". "¿Qué necesitas? Cuenta con nuestra casa". Son los dos mensajes que el sábado 5 de marzo se intercambiaron en Instagram Laura Pérez, una vecina de Sabadell, y Alla Yamolenko, una ucraniana de 20 años que, completamente sola, decidió abandonar el sótano de Kiev donde llevaba una semana escondida, sabiendo que dejaba atrás a sus padres, hermanos y sobrinos, que aún hoy desconocen su paradero. "Alla es nuestra familia, no dudamos ni un segundo en acogerla, no podíamos hacer otra cosa", asume Laura. Ella y su marido, Javier España, hace nueve años que pasan las navidades y el verano con Nastia Yamolenko, hermana de Alla. Una adolescente que vive en una aldea de Chernóbil, ahora zona ocupada por las tropas rusas. "Justo el sábado que nos escribió Alla fue cuando dejamos de tener comunicación con Nastya, no sabemos si está viva, si tiene comida...", cuenta Laura con los ojos vidriosos. Alla está instalada en la habitación que ha ocupado su hermana pequeña en Sabadell durante casi una década. "Ya no temo por mi vida, pero estoy desesperada, no puedo hacer nada por mi familia", asiente la chica, ya a salvo de la guerra

ANNA MAS

Una cinta de colorines sujeta el móvil de Laura Pérez que, desde la terminal 1 del Aeropuerto de El Prat, no saca los ojos de la pantalla. Espera ver los rizos de Alla Yamolenko entre las riadas de pasajeros que regresan a casa o vienen a hacer turismo. "Me dice que está dentro del aeropuerto pero no sabe como salir, es que es una chica muy tímida, que no habla inglés y jamás había salido de Ucrania", cuenta Laura. Al llegar, se funden en un abrazo aliñado con besos y achuchones. La chica, abrumada, solo puede que dar las gracias. Lo hace con la mirada y las manos, no habla español. Era la tercera vez que ve al matrimonio egarense. Los dos encuentros previos fueron en Musiyky, una pequeña aldea cercana a Chernóbil, que Laura y Javier habían visitado para conocer la familia Yamolenko. "El pueblo debe estar destrozado...es una barbaridad...", suelta Laura cuando recuerda los dos viajes a Ucrania. 

Una hija atrapada en la guerra

La relación entre este matrimonio del Vallès y la pequeña aldea ucraniana de Musiyky se remonta a 2013, a través de la ONG És Per Tu. Una de tantas entidades que, tras el desastre nuclear de Chernóbil, acoge a niños de la zona para que puedan descansar durante las navidades y el verano en Cataluña. Laia Morales, secretaria de la asociación, confirma que las peticiones de acogida han crecido de una forma abrumadora. "Tenemos más de 2.000 familias dispuestas a acoger refugiados, lo que pasa que la mayoría de los niños están en territorio ocupado y no pueden salir", explica. Nastya es una de ellos. "Nosotros nos apuntamos porque no podemos tener hijos. Nastya vino con seis añitos y un coletero naranja enorme. Ahora ya es toda una adolescente... Es como nuestra hija", cuenta Laura. Javier se la mira. Los ojos se le empañan. "Cuando estalló la guerra nos contactaba a diario, pasábamos juntos los ataques, los bombardeos... ahora su teléfono no da señal, no sabemos nada", insiste Laura. 

Harta de tener miedo

Un silencio que a Alla se le hace insoportable. El último día que vio a sus padres y sus hermanos fue el 20 de febrero. Cuando su vida era "feliz y tranquila". Era la más tímida de la familia, la que siempre se escondía cuando alguien hacía una foto. Trabajaba como operadora en Kiev y allí le pilló la guerra. "El primer día de las bombas me fui corriendo a casa de mi hermana mayor y nos escondimos en su sótano y ya no salimos. Vivíamos siete personas, dos eran niños", explica a través del traductor de Google. "Era aterrador. Un hombre iba algunos días a por comida. Hasta que un día me cansé de tener miedo, y decidí irme del país", prosigue. Su hermana, madre de un niño de dos años, se negó a acompañarla. "No quiso dejar solo a su marido", señala.

ANNA MAS

Una bolsa con cuatro prendas, el pasaporte, y la necesidad de dejar el miedo atrás. Con estas cosas Alla empezó una travesía que fue un infierno. Primero, en la estación de tren de Kiev. "Doce personas en un vagón de cuatro sillas, gente durmiendo en el suelo...", describe. Luego, caminar hasta Lviv. "Estuve 5 horas esperando para coger el autobús que me llevara a la frontera. Fue lo más difícil. Soportando la nieve, el frío, los niños y ancianos llorando, asustados... Yo lloré mucho. No sabes si dormirás en el suelo... es horrible", teclea. Finalmente, consiguió superar la frontera, donde unos voluntarios le dieron un billete hasta Varsovia. Y allí la recibió Montse, una catalana que vive en Polonia y que le abrió las puertas de su casa a petición de la asociación 'És Per Tu'. "Fueron muy amables conmigo", agradece. El pasado miércoles hizo la última etapa. Primero un vuelo de Varsovia hasta Bolonia (Italia), y a las seis de la tarde aterrizó en El Prat. 

Relata toda su historia desde el piso de Laura y Javier. Ya no hay bombas, ni hambre, ni miedo. Pero la sensación en casa es agridulce. "Solo respiraré tranquila cuando sepa que mi familia está bien", insiste la joven refugiada. Laura consigue seguir la rutina gracias a los tranquilizantes. Javi ha dejado de ver las noticias y confía en que pronto se hará la magia. La más tímida de la familia se aferró a la vida, sobrevivió a la guerra, al hambre, al frío y logró cruzar Europa sola. "Tampoco sabíamos si Alla conseguiría llegar hasta Sabadell y aquí está, seguro que en unos días Nastia vuelve a tener conexión y podemos hacer que la familia se reencuentre en esta casa", confía Laura. 

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