20 de marzo de 2020
20.03.2020
Crisis del coronavirus

Coronavirus España: Cómo vivir confinados en una isla

Los vecinos de Tabarca charlan de ventana a ventana e intercambian alimentos a distancia

20.03.2020 | 16:14
Dos vecinos de la isla de Tabarca se asoman a la puerta de su casa.

Doble aislamiento. Una vez superado el nerviosismo inicial de quedarse en medio del mar sin transporte con la península tras autorizar Capitanía Marítima un barco en el que podrán ir una vez a la semana a Santa Pola a por víveres y medicinas, las cerca de 70 personas a las que la pandemia ha pillado en Tabarca intentan hacer vida normal.

Pasar el estado de alarma por la pandemia en una isla puede asustar porque es un doble confinamiento, en medio del mar y lejos de la ciudad. Pero para muchas de las cerca de 70 personas que se han quedado "atrapadas" en la isla, el encierro es una oportunidad para recuperar la vida familiar de antaño que se perdió entre los horarios laborales y de estudios, y compartir tertulias, juegos de mesa y estar más tiempo con los hijos. Eso dentro de casa, como señala el periódico 'Información'.

Y de puertas afuera, dado que no se puede salir a pasear ni charlar, las conversaciones son ahora de ventana a ventana. También se aprovecha el paseo al perro para dejar alimentos que necesita otro vecino en algún punto de la isla y que éste pueda recogerlos más tarde, dado que la única tienda de comestibles que existe está cerrada y aún se está organizando el viaje semanal que los vecinos harán por turnos en una embarcación autorizada por Capitanía Marítima a Santa Pola para que puedan comprar alimentos y medicinas.

Ana Valera y David Blasco están en su casa de Tabarca con sus hijos de 19 y 21 años, a los que recogieron en la península y se llevaron a la isla cuando se cortaron las clases. El matrimonio, que regenta una tienda de souvenirs, se había marchado a Tabarca para empezar a preparar el negocio para el verano.

Habían recibido el 30% de la mercancía antes del parón de la vida por el coronavirus y estaban poniendo a punto el establecimiento para la temporada turística. "No sé cómo vamos a salir este verano, la cosa está complicada", señala David, que le busca el lado positivo. "Con los trabajos y los estudios de ellos, la vida familiar de juegos y tertulias se resiente un poco, en ese sentido nos ha venido bien para compartir, trabajar juntos un poquito, ver pelis...Eso sí, fastidiados por el coronavirus, a ver si tenemos un final feliz y entre todos logramos volver a tener una vida normal. Sí que echamos de menos salir, porque estamos acostumbrados a dar una vuelta y a charlar con los vecinos, para arriba y para abajo, pero en Tabarca se está muy bien".

Su mujer corrobora que no están viviendo mal el doble aislamiento porque están en familia, todos juntos. "La vida en Tabarca es muy tranquila y estamos acostumbrados. Nos preocupaba la impotencia de no poder bajar a la península a comprar porque hay personas que no tienen familia en Santa Pola para que la hagan y se la envíen pero gracias a las gestiones de Carmen Martí (la presidenta de la asociación de vecinos) tendremos un barco".

En su casa la rutina estos días es limpiar por la mañana, jugar por la tarde al parchís y a juegos entretenidos con la consola de sus hijos. "Me traje un poco de pintura para las humedades que el último temporal dejó en las paredes y estamos arreglándolo. Se echa de menos el paseíto. Aquí en la isla no hay ningún caso (contagio) pero los vecinos mantenemos mucho margen de distancia. Venimos de Alicante y Santa Pola, y hay que pasar la cuarentena. La gente lo está cumpliendo", afirma Ana Valera.

A sus 92 años, la madre de Carla López lleva unos 10 días encerrada. "Está bien pero ya no quería salir antes de que la cosa fuera tan grave. Tiene miedo, está muy pendiente de todo lo que dicen en la tele», explica la hija, que se ha visto obligada a cesar temporalmente, por el estado de alarma, en su trabajo en un hotel de la isla. «Hay más gente de lo normal en Tabarca a estas alturas del año. Han venido personas de aquí que estaban fuera a encerrarse en su casa, y a los que estaban preparando los restaurantes para la temporada turística la parada forzosa les ha pillado aquí. Gente ajena al pueblo hay poca, solo algunas personas que estaban de fin de semana y han decidido quedarse". La vida de esta vecina también ha cambiado: se levanta más tarde porque no tiene que trabajar, desayuna, cuando se levanta su madre se lo prepara aunque a veces la señora prefiere hacérselo ella -explica-, limpia la casa, lava la ropa.

"Está cada uno en su casa, sales con el perro, quien lo tiene, vuelves. Pese a haber más vecinos de lo normal para marzo, lo que daría más vidilla al pueblo, las calles están muy desiertas. Todos se encuentran en casa, salvo el enfermero o la policía local, o los que tienen mascotas. Si alguno pasa por la calle a veces otro abre la puerta, porque aquí casi todo son plantas bajas, y nos saludamos de lejos. Te preguntan cómo estás, o hablamos de ventana a ventana. No hay reuniones. Si te cruzas con alguien con el perro o sales a dejar un producto de comida que otro vecino te deja en un sitio porque te hace falta, se mantienen las distancias por coherencia", explica esta tabarquina.

Carla está acostumbrada a abrir la puerta y ver la calle, algo que no sucede en la ciudad, por lo que se siente afortunada. "Ahora abro y está desierto, solo algún gatito por la calle, y nada más". Los vecinos agradecen su esfuerzo a la gente solidaria que quiere ayudar, como la policía, la asociación de vecinos que ha luchado para que se flete un barco de abastecimiento de alimentos, y el restaurante que este jueves, día de San José, dará raciones de arroz a banda a los vecinos, con las precauciones necesarias para no romper la distancia de seguridad establecida.

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