Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Historia

Las reliquias del apóstol Santiago

Una (ignorada) historia de la hermandad del Socorro (1775-1809)

Óleo sobre madera representando a Santiago el Mayor, siglo XVI. En la actualidad, en el  Museo Arqueológico Nacional (Madrid).

Óleo sobre madera representando a Santiago el Mayor, siglo XVI. En la actualidad, en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid). / Catedral Santa María la Mayor de Cartagena

José Luis Carralero

José Luis Carralero

Mucho se ha hablado sobre la leyenda de la entrada del apóstol Santiago a Hispania por el puerto de Cartagena, en pugna con otras localidades españolas que también detentan tan simbólico gesto. La realidad es más que evidente: el hecho de realzar la historia de la Diócesis Carthaginense integrando en ella la presencia de tan excelso personaje dentro de las páginas más desconocidas de las primeras comunidades cristianas de todo el sureste español.

En este sentido sí evidenciamos en el siglo XVI la existencia de cierta tradición oral con la llegada del apóstol a nuestra costa, tal como se refleja en el cabildo del Concejo de Cartagena en 1562: «…que siendo la tradición antiquísima transmitida de padres a hijos, durante muchos siglos que el glorioso apóstol Santiago el Mayor […] vino a España y desembarcó en Cartagena, se hagan solemnes fiestas […] en el barrio extramuros de Santa Lucía en memoria de haber sido su playa donde desembarcó».

Sin embargo, habrá que esperar al año 1608 para ver publicado por primera vez tal aseveración en obra escrita, en este caso por Diego del Castillo -prior de la iglesia de Palencia- en su título ‘Defensa de la venida y predicación evangélica de Santiago en España’, basándose en un breviario armenio transcrito por el político y obispo Pedro Pacheco Ladrón de Guevara (1488-1560).

Pese a ello, el texto magno que redefinirá la leyenda de la entrada de Santiago el Mayor por Cartagena lo encontramos en la ‘Mística Ciudad de Dios’ (1670), escrito por la madre María Jesús de Ágreda, todo un antes y un después en la literatura religiosa inmaculatista de su tiempo. En ella, la religiosa, sobre la cual giraba cierto halo de santidad y revelación, cita lo siguiente: «De Jafa vino Jacobo [Santiago el Mayor] a Cerdeña, y desembarcó en el puerto de Cartagena, donde comenzó su predicación en estos reinos».

A raíz de dicha publicación, fueron varias las obras que abordaron los orígenes de la diócesis, agarrándose a la supuesta llegada del apóstol por la histórica Carthagonova. Hasta incluso algunas reivindicaciones del concejo cartagenero solicitando la vuelta del prelado a su legítima silla (1684 y 1752) aludieron al origen jacobino del episcopado.

Entretanto, la cabeza diocesana residente a orillas del Segura ignoró durante algún tiempo dicha tradición cartagenera (s. XVII), obviando unos hechos que al margen de realidades sumaban -más que restaban- en prestigio de la historia episcopal.

Girando alrededor de todo este contexto, encontramos a la Ilustre Cofradía de la Hermandad de Caballeros del Santísimo Cristo del Socorro, quienes inmersos en el siglo XVIII y dentro de su primera época (1691-1821), darán un espaldarazo a tan bella tradición, incorporando a finales de 1775 en su patrimonio sacro y devocionario unas supuestas reliquias del apóstol Santiago.

Siguiendo a quien fuera cronista de Cartagena Isidoro Martínez Rizo localizamos la interesante referencia, donde en cabildo de 29 de noviembre celebrado en nuestra catedral «…se da cuenta de haberse hallado guardada en la capilla [del Duque de Veragua] una reliquia del Señor Santiago, cuya donación la hizo a la cofradía D. Joaquín Tacón, canónigo de Lorca y natural de Cartagena, acordándose que se entregará a D. Gerónimo García Mínguez, capellán de la cofradía, para que pasado por el ordinario se pusiese en un relicario de plata para la adoración de los fieles».

Ahora bien, ¿qué fue en el tiempo de dichas reliquias? La respuesta la encontramos a principios del siglo XIX. La cofradía, pese a la carencia a esas alturas de las pensiones de la Casa de Veragua y el estado lamentable del templo, aún sigue latiendo, permaneciendo el mantenimiento de la capilla a cargo del portero y el sacristán. Este último, Juan Bautista Espinosa, llevaba en 1806 veintinueve años ostentando dicha responsabilidad, toda una casta de sacristanes -los Espinosa- al servicio de la Hermandad del Socorro, recogiendo el testigo de su padre, también sacristán durante treinta años. Juan Bautista ante la ausencia de remuneración económica por su desempeño y la imparable acumulación de seis años de atrasos, tomará la decisión de forzar el pago requisando las alhajas de la cofradía, institución a la que califica en su desesperación como ‘inexistente’.

Tras varias vicisitudes, donde la cofradía movió cielo y tierra por recuperar las preseas y tras tres meses ‘requisadas’, las alhajas volverán a manos de sus legítimos dueños, desconociéndose si finalmente nuestro sacristán lograría satisfacer sus honorarios atrasados tras su devolución.

Sin embargo, lo que no pudo la discutible acción de un sacristán sí lo consiguió con las vicisitudes políticas de la invasión francesa de España. Inmersos en plena guerra de la Independencia (1808-1814) y consciente el obispado y demás autoridades de los desmanes y saqueos de las tropas francesas, la diócesis de Cartagena, a instancias del Primer Secretario de Hacienda, establecerá una serie de medidas dirigidas a recoger parte del tesoro artístico de templos y conventos para su conversión económica. En este sentido, la campaña en pro del sustento de las tropas españolas (abril de 1809) se centrará sobre todo en la recopilación de toda clase de alhajas de plata y demás objetos religiosos, siendo comunicada la Cofradía del Cristo del Socorro mediante escrito con fecha 8 de mayo de 1809. En dicho texto, el sacerdote Bernardino Rolandi, tras exponer los hechos a la Hermandad de Caballeros aludirá lo siguiente: «…por tanto espero que V. S. con la misma eficacia me dirija noticia de las [alhajas] que posea esa Cofradía del Santísimo Cristo Moreno, para que uniéndola con las demás de igual clases las mande a Dicho Sr. Ilstmo. [prelado José Jiménez Sánchez] para los fines que quedan indicados: siendo de mi cuidado el entregarle el competente resguardo para que mejorando las circunstancias acuda V. S. a percibir el valor de las alhajas que entregue…».

Sea como fuere, la realidad es que de las alhajas entregadas a la causa que atesoraba el patrimonio del Socorro nunca más se supo, perdiéndose para siempre su destino final y/o paradero. Desconocemos si entre esta sacra remesa se encontraba el relicario de plata del apóstol Santiago formando parte de la partida que marchó camino del palacio episcopal de la capital del Segura. Lo que sí es seguro es que tras treinta y cuatro años expuesto a la devoción de los fieles en el altar de la capilla del Duque de Veragua (1775-1809), finalmente en la oscuridad de los tiempos desapareció para siempre.

Tracking Pixel Contents