Clemente se aferraba a su vara con fuerza mientras alzaba la vista. Miraba a su Magdalena, a la que ha acompañado toda una vida, y le pedía que cuidara de su Flori, su eterna compañera, que ya está junto a su Santa. Ambas lo contemplaban desde arriba con orgullo, lo protegían y lo consolaban. La Magdalena iba repleta de flor, en su jardín celestial, que encandila a quien la contempla. Su Flori también lucía el ramo que estuvo a los pies de la Santa unos días antes y que Chema le entregó a Clemente para depositarlo sobre su sepultura.

Delante, su hijo Carlos abría camino en el sudario. No podía ver ni mirar a la Santa, pero también le pedía que cuidara de su madre y que ayudara a su padre en su nueva y dificll procesión de cada día.

Carlos se turnaba portando el estandarte, recién restaurado, con Antonio y con Rubén. Los tres caminaban al unísono, como toda la agrupación, dejando atrás en cada paso las diferencias y los desencuentros y centrándose en esa unión que, a la hora de la verdad, lo supera todo y hace que nuestra Semana Santa, la de Cartagena, la de todos, sea la más grande del mundo. ¡A ver quién se atreve a negárnoslo!

La magnífica y espectacular procesión que protagonizó la agrupación servía para olvidar un año difícil, con algunas despedidas dolorosas y con algunos plantones más serios que los que soportan los penitentes. Nada ha frenado a la agrupación, porque nada frena a la Magdalena ni nada frena a los marrajos para regalarle al pueblo de Cartagena el majestuoso y solemne cortejo del Entierro de Cristo, donde contrasta el respetuoso recogimiento por la muerte del Señor, con la alegría de las ovaciones y los vivas desde el público. Parece un sinsentido, pero el drama de la muerte de Dios es nuestra noche más festiva en Cartagena y el respeto y la alegria se mezclan entre lágrimas de emoción y de satisfacción.

Como las que trataban de contener Pedro o Chema a los pies del trono, con la Santa de los marrajos ya de vuelta, mientras repartían abrazos y recogían felicitaciones en el que para todos había sido el mejor año. Se reflejaba en las caras, en la frescura, en el propio asombro de lo increíblemente bien que había ido todo.

La noche fue un inmejorable preámbulo para encaminarse hacia el 25 aniversario de la primera salida a hombros de Santa María Magdalena en la procesión de la noche de Viernes Santo.

Con la mirada fija en el suelo, el ya veterano portapasos se topó con los pies de Lucas, con sus zapatos de charol y de punta fina, los mismos que le dejó a él para el desfile del año anterior in extremis, porque se rompieron los que iba a ponerse. Levantó la mirada y vio a Pedro, siempre sonriente, siempre positivo.

Media vida a hombros

«Ahí está mi hija», le había dicho henchido de orgullo al paso por la calle del Carmen. Pensó entonces en que esos 25 años sacando a la Santa a hombros no eran solo fruto de una noche, de 25 noches, sino de miles de noches, de sacrificios, de alegrías y de desvelos, de instantes y momentos tristes, pero también de otros inolvidables. Esa media vida a hombros en la que hemos pasado de salir casi descalzos a brillar como zapatos de charol pesa como un trono, pero es infinitamente más llevadera cuando la sufrimos y la disfrutamos en familia.

Así, unidos, da igual que la procesión salga una hora antes o después o que haya desajustes y cosas que mejorar. O que, como ocurrió anoche, las cartelas del trono de la Soledad se apagaran en el tramo final del recorrido. Fue un traspiés que a nadie pasaba desapercibido, pero que permitió a la Virgen de los marrajos brillar por sí misma en otra Salve multitudinaria, que siempre pone los pelos de punta.