Cada martes, me encuentro en un cuento
Baba Yaga: Afrontar los miedos
Los cuentos tradicionales no solo entretienen como ya he comentado en otras ocasiones, también ayudan a los niños y no tan niños a comprender emociones complejas que muchas veces no saben expresar. La figura de Baba Yaga, personaje de la tradición popular eslava, representa precisamente aquello que provoca incertidumbre, inseguridad y miedo. Su imagen inquietante, su casa en medio del bosque y las pruebas que impone a quienes la encuentran simbolizan las dificultades que toda persona debe atravesar para crecer. Más allá de ser un personaje terrorífico, Baba Yaga representa el encuentro con aquello que nos desafía.
En la infancia, los miedos forman parte natural del desarrollo. Primero aparecen asociados a la oscuridad, a los monstruos o a la separación de las figuras de apego. Más adelante surgen otros más complejos y silenciosos: miedo al fracaso, al ridículo, a decepcionar a los demás o a no sentirse suficiente. En la escuela esto se observa continuamente, hay alumnos que no levantan la mano aunque sepan la respuesta, otros que se bloquean ante un examen y algunos que prefieren decir «no puedo» antes que arriesgarse a equivocarse.
Vivimos además en una sociedad que, quiero pensar que con buena intención, intenta evitar a los niños cualquier tipo de frustración. Sin embargo, protegerles constantemente del error o de la incomodidad emocional puede dificultar el desarrollo de herramientas fundamentales para la vida. La psicóloga Carol Dweck explica que la llamada «mentalidad de crecimiento» es la creencia de que las habilidades, la inteligencia y los talentos no son capacidades fijas, sino que pueden desarrollarse mediante la dedicación, el esfuerzo, el aprendizaje y la perseverancia, por ello cuando los niños comprenden que equivocarse forma parte natural del proceso de aprender y mejorar, el miedo al fracaso pierde parte de su poder y aumenta su confianza para afrontar nuevos retos.
Los cuentos de Baba Yaga muestran precisamente esta idea. Los protagonistas no superan las pruebas porque no tengan miedo, sino porque deciden avanzar a pesar de él. Esta enseñanza resulta profundamente educativa. Afrontar los miedos no significa dejar de sentirlos, sino aprender que podemos actuar aunque aparezcan.
El filósofo estoico Séneca afirmaba: «No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos». Esta reflexión sigue teniendo una enorme vigencia en la educación actual. Muchos niños renuncian a intentarlo antes incluso de descubrir si serían capaces. Por eso es tan importante enseñarles que el valor no consiste en no tener miedo, sino en enfrentarlo de poquito en poquito.
En el aula, este trabajo emocional puede desarrollarse creando espacios seguros donde el error no sea motivo de humillación. Frases como «equivocarse también enseña» o «vamos a intentarlo juntos» ayudan a disminuir la ansiedad y favorecen la participación. También resulta útil enseñar estrategias de regulación emocional, como identificar lo que sienten, respirar profundamente o dividir una tarea difícil en pequeños pasos.
En casa ocurre algo muy parecido. Muchas veces, los adultos resolvemos enseguida los problemas de nuestros hijos para evitarles sufrimiento, frustración o simplemente para terminar antes. Sin embargo, al hacerlo constantemente, les impedimos aprender a enfrentarse a las dificultades por sí mismos. Cuando les damos tiempo, les permitimos asumir pequeñas responsabilidades, les acompañamos sin hacer las cosas por ellos y confiamos en sus capacidades, les ayudamos a ganar autonomía, seguridad y confianza en sí mismos.
Los niños necesitan comprobar que pueden superar retos, que cuando consiguen afrontar situaciones que inicialmente les daban miedo, desarrollan confianza y resiliencia. Esa sensación de «he podido hacerlo» se convierte en una herramienta emocional muy poderosa para el futuro.
Baba Yaga, en definitiva, representa todos aquellos desafíos que parecen amenazantes pero que pueden ayudarnos a crecer. Como ocurre en muchos cuentos tradicionales, el verdadero cambio no sucede cuando desaparecen los obstáculos, sino cuando descubrimos la fortaleza que teníamos dentro para enfrentarlos.
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