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Cada martes, me encuentro en un cuento

La zorra y el cuervo: prudencia frente al engaño

Ilustración de Auguste Delierre.

Ilustración de Auguste Delierre.

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Esther Murcia Gomicia

Esther Murcia Gomicia

Pedagoga, cuentoterapeuta acreditada por AICUENT y madre | @esther_murcia_gomicia

En las relaciones humanas, sentirnos valorados es algo importante. A todos nos gusta que nos escuchen, que reconozcan lo que hacemos y que nos digan cosas tanto bonitas como positivas. Sin embargo, esta necesidad puede convertirse en un problema cuando dependemos demasiado de la opinión de los demás. En el entorno escolar esto se observa cuando los alumnos buscan constantemente la aprobación, hacen cosas solo para encajar en el grupo o no se atreven a cuestionar lo que otros dicen. Hoy en día, además, esta situación se ve reforzada por las redes sociales, donde en ocasiones parece que el valor personal depende de los ‘me gusta’ o ‘likes’, así como de los comentarios que se reciben.

Ilustración de Auguste Delierre.

Ilustración de Auguste Delierre. / L.O.

El cuento de la zorra y el cuervo nos enseña de forma muy clara cómo funciona esto. El cuervo no pierde su comida por ser poco inteligente sino por dejarse llevar y engatusar por los halagos de la zorra. Él escucha lo que quiere oír, se lo cree sin pensar y actúa sin darse cuenta de la intención que hay detrás por parte de la zorra. Y al igual que en esta historia, esto ocurre en la vida real, cuando compañeros te elogian para conseguir algo, grupos que presionan sin que apenas se note o situaciones donde alguien dice lo que el otro quiere escuchar para influir en su decisión.

Cuanto más necesitamos que los demás nos aprueben, más difícil es escuchar nuestra propia voz. Por eso es tan importante conocerse a uno mismo, saber qué pensamos, qué sentimos y qué queremos. Cuando una persona tiene esto claro, es más difícil que otros la manipulen con palabras bonitas o con presión del grupo.

Como decía Sócrates: "Conócete a ti mismo", es una idea sencilla pero muy poderosa que te recuerda a que si sabes quién eres, no necesitas que otros te lo digan todo el tiempo.

En clase, esto se puede trabajar enseñando a los alumnos a pararse a pensar y ello me recuerda al artículo anterior en el que os compartía: el PPH (para, piensa y habla). No se trata de desconfiar de todo, sino de hacerse preguntas: ¿por qué me están diciendo esto?, ¿qué quieren conseguir?, ¿cómo me hace sentir? Por ejemplo, cuando alguien hace algo que no le apetece solo para que el grupo lo acepte o cuando comparte algo en redes buscando aprobación sin pensar en las consecuencias.

Una buena forma de aprenderlo es a través de ejemplos cercanos, en situaciones donde un elogio influyó en una decisión o en casos en los que las apariencias engañaban. Así, poco a poco los niños aprenden a reconocer estas situaciones en su día a día.

Por otro lado en casa, compartir experiencias propias resulta especialmente valioso. Hablar con los hijos de momentos en los que nosotros mismos nos dejamos influir o nos equivocamos, adaptando siempre el lenguaje a su edad, hace que el aprendizaje sea más cercano y comprensible. Además, reforzar su autoestima de forma sincera les ayuda a no depender constantemente de la aprobación externa. Todo ello no solo favorece el desarrollo del criterio propio, sino que también fortalece el sentido de familia, entendida como ese espacio seguro donde los niños pueden expresarse, compartir y reflexionar sin miedo a ser juzgados.

Insisto, ser prudente no significa desconfiar de todo, sino aprender a pensar antes de actuar, es saber escuchar, pero también analizar y confiar, pero sin perder el propio criterio. En el fondo, es enseñarles a no «soltar el queso» tan fácilmente y a no dejarse llevar solo por palabras bonitas.

En un mundo donde constantemente recibimos opiniones e influencias, aprender esto es fundamental, evitando engaños y aportándonos seguridad, autonomía y capacidad para tomar decisiones con criterio propio.

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