CADA MARTES, ME ENCUENTRO EN UN CUENTO
El caballo de Troya

Tras las Fiestas de Primavera retomamos la rutina, y con ella no solo recuperamos horarios y responsabilidades, sino también algo esencial: la capacidad de detenernos si así lo buscamos. Después de días marcados por la emoción, la espontaneidad y el impulso, aparece un momento especialmente valioso: el de parar, pensar y volver a conectar.
Las Fiestas de Primavera de Murcia, y en especial el Entierro de la Sardina, nos sumergen en una vivencia colectiva donde lo inmediato cobra protagonismo. Decidimos rápido, sentimos intensamente y actuamos muchas veces sin filtrar, sin lugar a dudas, es un contexto donde figuras como Baco simbolizan perfectamente ese dejarse llevar: el placer, la desinhibición, el «ahora sin después». Y eso, en su medida, forma parte de la experiencia humana.
Sin embargo, este artículo nos debe recordar la idea del relato del Caballo de Troya, en el cual no todo lo que parece positivo lo es realmente, y no toda decisión tomada en el momento es una buena decisión a largo plazo.
Los troyanos no eran ingenuos por falta de inteligencia, sino por falta de pausa. Ante el caballo, actuaron desde la emoción del momento: el alivio, la aparente victoria, el deseo de cerrar un conflicto. No se detuvieron a pensar, no analizaron ni cuestionaron lo suficiente. Y ahí estuvo su verdadero error.
Esa historia no es lejana. Se repite, a pequeña escala, en nuestra vida diaria y también durante las fiestas. Cuando aceptamos sin pensar, cuando decidimos por presión del entorno o cuando priorizamos el impulso frente a la reflexión, estamos, de alguna manera, «introduciendo caballos de Troya» en nuestra propia vida.
Por eso, con estas líneas pretendo recordar que pensar antes de actuar, adquiere aquí toda su fuerza. No como una limitación, sino como una herramienta de libertad. Pensar implica crear una pausa consciente entre lo que sentimos y lo que hacemos, una pausa que nos permite ver más allá de lo evidente, anticipar consecuencias y elegir con mayor claridad.
Frente al impulso de Baco, aparece la necesidad de una mirada más reflexiva, más cercana a la sabiduría que representaría Odín: observar, cuestionar y comprender antes de actuar. No se trata de eliminar una parte en favor de la otra, sino de aprender a equilibrarlas.
La vuelta a la rutina es el escenario ideal para entrenar esta capacidad. Es el momento en el que podemos revisar lo vivido sin juicio, pero con conciencia. Preguntarnos qué decisiones tomamos, por qué lo hicimos y qué consecuencias tuvieron. No para castigarnos, sino para aprender.
Como señalaba Sócrates, una vida sin examen no merece ser vivida. Y en ese examen es donde aparece, el crecimiento personal: en la capacidad de transformar la experiencia en criterio, el impulso en aprendizaje y la emoción en comprensión.
Porque, quizá, la verdadera enseñanza no está solo en la historia del caballo ni en lo vivido durante unos días de fiesta, sino en lo que somos capaces de hacer con ello después. En ese instante casi imperceptible en el que decidimos si actuar como los troyanos, dejándonos llevar por lo inmediato, o si detenernos, aunque sea un segundo, para mirar más allá.
Ahí, en ese pequeño gesto invisible, empieza algo mucho más profundo: la construcción de una vida consciente, elegida y sentida. Y es precisamente esa forma de mirar, serena, reflexiva y profundamente humana, la que nos invita a seguir leyendo, a seguir pensando y, sobre todo, a seguir descubriéndonos en cada palabra.
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