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Rimacuentos, para divertirnos mientras te lo cuento

La princesa que estaba triste

LA PRINCESA QUE ESTABA TRISTE

LA PRINCESA QUE ESTABA TRISTE / Pixabay

Mayte Muñoz Fortuny

Sonatina, de Rubén Darío

La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa? 

Los suspiros se escapan de su boca de fresa, 

que ha perdido la risa, que ha perdido el color. 

La princesa está pálida en su silla de oro, 

está mudo el teclado de su clave de oro; 

y en un vaso olvidado se desmaya una flor. 

El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales. 

Parlanchina, la dueña dice cosas banales, 

y, vestido de rojo, piruetea el bufón. 

La princesa no ríe, la princesa no siente; 

la princesa persigue por el cielo de Oriente 

la libélula vaga de una vaga ilusión. 

¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,

o en el que ha detenido su carroza argentina 

para ver de sus ojos la dulzura de luz? 

¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes, 

o en el que es soberano de los claros diamantes, 

o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz? 

¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa 

quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, 

tener alas ligeras, bajo el cielo volar, 

ir al sol por la escala luminosa de un rayo, 

saludar a los lirios con los versos de mayo, 

o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, 

ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata, 

ni los cisnes unánimes en el lago de azur. 

Y están tristes las flores por la flor de la corte; 

los jazmines de Oriente, los nulumbos del Norte, 

de Occidente las dalias y las rosas del Sur. 

¡Pobrecita princesa de los ojos azules! 

Está presa en sus oros, está presa en sus tules, 

en la jaula de mármol del palacio real, 

el palacio soberbio que vigilan los guardas, 

que custodian cien negros con sus cien alabardas, 

un lebrel que no duerme y un dragón colosal. 

¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida! 

La princesa está triste. La princesa está pálida... 

¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil! 

¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe. 

La princesa está pálida. La princesa está triste... 

más brillante que el alba, más hermoso que abril! 

¡Calla, calla, princesa dice el hada madrina, 

en caballo con alas, hacia acá se encamina, 

en el cinto la espada y en la mano el azor, 

el feliz caballero que te adora sin verte, 

y que llega de lejos, vencedor de la Muerte , 

a encenderte los labios con su beso de amor! 

La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?

La tristeza, a veces,

se instala en nuestro corazón

sin avisar cómo ha llegado.

Se esconde en los rincones,

se cuela en los cajones

y entre las sábanas se acuesta conmigo

como una sombra silenciosa.

Anda suelta por mis bolsillos

y me deja el alma revuelta.

Cuando salgo a la calle

y me cruzo con alguien,

escondo la tristeza

y una perezosa sonrisa

se dibuja en mi cara.

Qué incómodo sería

que alguien descubriera

que he perdido la risa,

porque, si lo notaran,

quizá no sabrían qué hacer.

Al volver a casa,

mi perro sale a recibirme.

Me lame alegre,

y yo lo abrazo.

No necesito contarle nada,

solo sentir su compañía.

Ojalá encontrara a alguien

en quien confiar,

alguien que caminara a mi lado

sin preguntar demasiado,

y que supiera escuchar

si un día necesito hablar.

Porque la tristeza

también necesita voz.

Expresarla no debería incomodarnos.

Todos estamos tristes alguna vez,

y decirlo en voz alta

nos ayuda a sentirnos escuchados,

nos recuerda

que no estamos solos.

Pruébalo con alguien de confianza.

Yo solía hacerlo con mi abuela,

y ella escuchaba en silencio

durante largos minutos.

A veces basta eso:

un silencio que acompaña.

Pruébalo.

Expresar la tristeza

no tiene por qué avergonzarnos.

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