Educación
Ana Aznar, psicóloga: "No hace falta que tu hijo duerma pegado a ti para desarrollar apego"
Publica su primer libro, ‘Educar también es decir no’, un manual sobre cómo poner límites a los hijos

Ana Aznar, psicóloga y autora de ‘Educar también es decir no’.
Olga Pereda
Psicóloga especializada en infancia, profesora universitaria en John Cabot (Roma) y madre de cuatro hijos, Ana Aznar acaba de publicar su primer libro, Educar también es decir no (Vergara), una manual sobre cómo poner límites a los hijos. Consciente del «ruido y la desinformación» que existe en el mundo de la crianza y la cantidad de mamás ‘influencers’ con hijos perfectos y casas perfectas, la hija del expresidente del Gobierno José María Aznar y de la exalcaldesa de Madrid Ana Botella hace un llamamiento a las familias para reflexionar sobre qué es, de verdad, la maternidad y la paternidad.
Dedica el libro a su marido y a sus hijos. También a sus padres. ¿Qué aprendió de ellos?
El libro está dedicado a las personas más importantes de mi vida. A mis padres solo les puedo estar agradecida por estar siempre ahí para mí y ahora también para sus nietos. Creo que ese es el mejor regalo que le puedes dar a un hijo.
¿Que un niño ‘salga bien o salga mal’ depende de los padres? ¿Qué pasa con su temperamento, el que trae de serie?
Como padres queremos creer que tenemos control sobre cómo ‘salen’ nuestros hijos. Ojalá pudiéramos decir que, si hacemos esto y lo otro, nos garantizamos que ‘salgan bien’, pero la realidad es otra. No hay una receta mágica porque su temperamento, con el que nacen, influye mucho. El temperamento es la arcilla y los padres podemos moldearla, pero la arcilla es la que es. No olvidemos que, además de los padres, los niños tienen muchas otras influencias: amigos, profesores, abuelos, hermanos, la cultura en la que viven... No somos ni de lejos el único factor que influye en ‘cómo sale’ un niño. Con esto no quiero decir que los padres no importamos nada. Importamos, pero no tanto y no de la manera que muchos creen.
Asegura que hay dos elementos imprescindibles en la crianza: amor y límites. Sin embargo, el empuje de la llamada crianza positiva ha hecho que la palabra «no» desaparezca del mapa en muchas familias. ¿Por qué?
Como en todo tema complejo, no hay un único factor que lo explique. Muchos padres, en un intento por alejarse de un modelo autoritario de familia, se han ido al polo puesto, la permisividad. Lo hacen desde el amor, pero un niño que crece sin límites es un niño que crece desprotegido. Al mismo tiempo, han ocurrido más cambios en la sociedad que explican esta reticencia a decir que no.
¿Qué cambios?
Hay dos que me parecen muy relevantes. Uno es que tenemos menos niños y más tarde, así que se convierten en los reyes absolutos de la casa. Si mi hijo es el centro de todo, es probable que yo vaya eliminando límites. El segundo cambio es la idea de que «yo quiero que mi hijo sea feliz», con lo cual no le digo que ‘no’ a nada. Nace del amor, pero no es bueno. Nuestro objetivo no debería ser que nuestro hijo sea feliz, sino que desarrolle las herramientas necesarias para enfrentarse a los problemas que le traerá la vida y para forjarse su propia felicidad.
La crianza positiva o con apego también está alargando el colecho. ¿Cuándo deja de ser natural o beneficioso que una madre duerma con su hijo?
Es importante reflexionar sobre la crianza con apego desde la evidencia científica. Este estilo de crianza fue acuñado por un doctor americano llamado William Sears y su mujer, Mary, enfermera. Muy hábilmente llamaron a este estilo de crianza ‘crianza con apego’ para darle un toque científico, relacionándola así con la teoría del apego de John Bowlby. Pero la realidad es que la crianza con apego tiene que ver poco con la teoría del apego. La evidencia dice que todos los niños, sí o sí, van a desarrollar apego hacia sus padres. No hace falta que el niño duerma pegado a ti para desarrollar ese apego. Hay millones de niños en el mundo apegados a sus padres que nunca han practicado el colecho. Por lo tanto, si como familia os funciona el colecho, adelante, siempre y cuando lo hagáis de manera segura. Pero si no te funciona no pienses que estás perjudicando a tu hijo, ni te sientas culpable, ni creas que eres una mala madre porque sencillamente no es verdad.
Hemos pasado de «ser padres» a que el ‘parenting’ sea un trabajo altamente competitivo. ¿Qué opina de las madres a «tiempo completo»?
Esa etiqueta siempre me ha dejado un poco perpleja. Todas las madres, trabajen o no fuera de casa, son madres a tiempo completo. ¿O es que, al poner un pie en la oficina, te olvidas por completo de tus hijos hasta que sales? No caigamos en el error de ver la paternidad y la maternidad como un trabajo. Cuando lo hacemos, convertimos a nuestros hijos en nuestra cuenta de resultados y eso no es bueno ni para ellos ni para nosotros. La crianza no debe ser una competición para ver quién tiene el hijo más listo, más deportista y más alto. El objetivo de la crianza debe ser crear una relación sólida con nuestro hijo basada en el amor y en los límites.
Insiste en que debemos hacer que nuestros hijos se sientan queridos. ¿Algunas recetas para aplicar esto en el día a día que no sean estar constantemente diciéndoles lo buenos y lo listos que son?
Todos los padres sabemos que nuestros hijos necesitan sentirse queridos, pero a veces nos equivocamos en la manera de llevarlo a cabo. Lo conseguimos interesándonos por su vida e involucrándole en la nuestra, pasando tiempo con él y compartiendo aficiones. Pero también lo conseguimos poniéndole límites. Los límites se ponen porque el niño nos importa y queremos lo mejor para él. Poner límites es una muestra de amor. Tampoco hay que decirle todo el día lo listo y lo guapo que es porque de esa manera lo único que hacemos es inflarle su ego de manera artificial. Es mejor valorar el esfuerzo, el buen comportamiento y la responsabilidad.
Los límites son imprescindibles, pero hay niños realmente imposibles. ¿Qué hacemos?
Creo que es mejor pensar en niños con comportamientos imposibles que en niños imposibles porque las etiquetas no son buenas. Dicho esto, está claro que hay niños que son más fáciles que otros. Es mucho más fácil educar a un niño que siempre está sonriente, que obedece a la primera y que es cariñoso que a uno que es todo lo contrario. Porque no olvidemos que nos centramos mucho en cómo influimos los padres en los niños, pero los niños también influyen en los padres. La mejor manera de evitar comportamientos ‘imposibles’ es poniendo límites y estableciendo una rutina clara y consistente desde el principio.
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