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Cada martes, me encuentro en un cuento

‘El Cascanueces’, de E. T. A. Hoffmann: Aprender a aceptar el final de la ilusión y el valor de lo vivido

Esther Murcia Gomicia

Esther Murcia Gomicia

Clara recibe un Cascanueces como regalo de Navidad. Ese muñeco tan especial se convierte en la puerta de entrada a un mundo mágico lleno de soldados, ratones, batallas, reinos de azúcar y sueños. Esta historia fue creada por el escritor alemán E. T. A. Hoffmann, y nos invita a reflexionar sobre la magia de la infancia y el paso del tiempo. Durante una noche, la fantasía lo invade todo. Clara vive una aventura maravillosa donde la ilusión, la valentía y la esperanza son protagonistas. Sin embargo, como ocurre con todos los sueños, llega el amanecer. La magia desaparece, el Cascanueces vuelve a ser un simple juguete y las fiestas llegan a su fin.

Esta historia representa un momento muy importante en la vida, el final de una etapa bonita. Después de la Navidad, los niños vuelven a la rutina, a los horarios, al colegio y a las responsabilidades. Los regalos ya no sorprenden como el primer día, las luces se apagan y la emoción de las vacaciones se desvanece. Y con ello, aparece una sensación que muchos no saben nombrar: la nostalgia.

En la escuela, este sentimiento se nota claramente. Algunos niños regresan más callados, otros se muestran irritables o tristes, y muchos expresan que extrañan las fiestas, a la familia reunida o el tiempo libre. Es un pequeño duelo: despedirse de un tiempo feliz para regresar a la normalidad. El Cascanueces nos enseña que esta tristeza no es algo malo, sino una parte natural del crecimiento.

Clara vive la magia, pero también aprende que no puede quedarse a vivir en ella. Debe aceptar que el sueño termina, pero que lo vivido queda dentro de su corazón. Así ocurre con los niños cuando regresan a sus obligaciones. Aprenden, poco a poco, que la felicidad no solo habita en los momentos extraordinarios sino también en todos y cada uno de los días.

Este cuento habla del valor de soltar. Aprender a despedirse es un acto de madurez. Los niños, como los adultos, necesitamos acompañamiento para transitar estos cambios. Validar lo que sienten con frases como «Es normal que extrañes la Navidad, fue un tiempo muy bonito» les enseña que sus emociones son importantes y comprensibles.

También enseña que la ilusión no desaparece, sino que se transforma. El Cascanueces deja de ser un príncipe mágico pero sigue siendo un recuerdo lleno de significado. Así, las experiencias bonitas no se pierden: se guardan en la memoria y en el corazón, acompañando el crecimiento.

Volver a la rutina no es castigo, es continuidad. En el aula, los niños recuperan el aprendizaje, los juegos compartidos y los nuevos retos. Cada etapa tiene su magia, aunque no siempre brille igual que las luces navideñas. Aprender a valorar esa constancia es una enseñanza profunda que fortalece la resiliencia.

El Cascanueces, de E. T. A. Hoffmann, nos recuerda que la vida está hecha de comienzos y finales, de sueños que llegan y se van, pero que siempre nos dejan algo. Aceptar el final de las fiestas enseña a los niños a comprender el paso del tiempo, a manejar la nostalgia y a descubrir que la magia también puede existir en lo cotidiano.

Porque crecer no es olvidar la fantasía, sino aprender a llevarla dentro mientras seguimos caminando.

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