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CADA MARTES, ME ENCUENTRO EN UN CUENTO

El rey Midas: Reflexión sobre la ambición

Ilustración del Rey Midas

Ilustración del Rey Midas / Freepik

Esther Murcia Gomicia

Esther Murcia Gomicia

Pedagoga, cuentoterapeuta acreditada por AICUENT y madre | @esther_murcia_gomicia

Había una vez un rey llamado Midas, que deseaba tener todo convertido en oro. Al principio, la idea le parecía maravillosa: podía tocar cualquier objeto y verlo transformarse en oro brillante. Pero pronto se dio cuenta de que su deseo no le traía felicidad. No podía comer, porque la comida se convertía en oro, no podía abrazar a su hija, porque ella también se transformaba. Su ambición lo aislaba y lo llenaba de tristeza, a pesar de todo el oro que poseía.

En la escuela, los niños también pueden sentir deseos de ser los mejores en todo: sacar siempre la mejor nota, ganar todos los concursos, ponerse los primeros en la fila, ser los más rápidos o los más reconocidos. La ambición, cuando se maneja con equilibrio puede motivar y ayudar a esforzarse. Pero, al igual que Midas, si no se controla, puede generar ansiedad, frustración y sensación de vacío. Buscar logros a toda costa, sin disfrutar lo que ya se tiene, es un riesgo que muchos niños enfrentan, aunque sea de manera pequeña.

Imaginemos a Javier, un estudiante que siempre quiere ser el mejor en matemáticas. Estudia mucho, hace todos los ejercicios, pero nunca se siente satisfecho. Cuando otro compañero obtiene un resultado similar, se frustra y pierde la alegría de aprender. Es similar al rey Midas: todo lo que toca se convierte en un «oro» que lo aísla, porque su deseo de destacar sobre los demás le impide valorar su propio esfuerzo y crecimiento.

El rey Midas nos muestra un ego desbordado que busca reconocimiento y riqueza sin considerar las emociones, los vínculos y la verdadera satisfacción. El cuento nos recuerda que la verdadera riqueza no está en ser el mejor ni en acumular logros sino en disfrutar el aprendizaje, compartir con los demás y valorar lo que ya hemos conseguido.

Esta historia invita a los niños y no tan niños a reflexionar sobre sus propias metas y deseos. ¿Es más importante ser el primero o aprender con alegría? ¿Vale la pena perder la amistad, la diversión y la tranquilidad por alcanzar un premio o reconocimiento? Cuando un niño aprende a equilibrar sus ambiciones con gratitud y disfrute, su autoestima crece de manera saludable pues no depende de compararse con otros, sino de reconocer su propio esfuerzo y progresos.

En la escuela y en la vida, maestros y padres pueden ayudar con ejemplos concretos como felicitar a los niños por el esfuerzo y no solo por la calificación, animarlos a trabajar en equipo, compartir logros y enseñarles que equivocarse es parte del camino del aprendizaje. Así, los estudiantes descubren que la ambición puede ser positiva si se acompaña de respeto, solidaridad y valoración del presente.

El cuento de Midas nos enseña a mirar más allá de lo inmediato. A veces, los niños quieren resultados rápidos y medallas visibles pero lo más valioso está en los logros pequeños y constantes, en entender un concepto nuevo, en terminar un proyecto con dedicación y en mejorar día a día. Aprender a reconocer estas «riquezas invisibles» fortalece la autoestima y permite disfrutar del camino, no solo de la meta.

Midas deja un mensaje claro y emotivo: la verdadera felicidad y satisfacción no dependen de la acumulación ni de la competencia sino de valorar lo que se tiene, de disfrutar de los pequeños logros y de cuidar las relaciones que nos acompañan. Aprender a equilibrar la ambición con gratitud y alegría permite crecer con confianza, seguridad y un corazón contento.

El rey Midas nos recuerda que, aunque podamos desear mucho, lo más importante es no perder lo que realmente nos da valor: el cariño, la dedicación, la amistad y la capacidad de disfrutar cada momento.

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